Trump y los niños migrantes salvadoreños

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Por: El Pastor Mario Vega

Las deportaciones masivas desde México y los Estados Unidos no han podido frenar la avalancha de salvadoreños que huyen de la pobreza endémica y de la violencia epidémica en nuestro país. Las medidas adoptadas han empujado a los migrantes indocumentados a tomar rutas más caras y peligrosas exponiéndoles a serias vulneraciones a sus derechos a la vida y a la integridad física.

La crisis humanitaria de 2014 de los niños migrantes nunca fue resuelta, solamente se la empujó más al sur. En 2015 México deportó a Centroamérica a alrededor de 35,000 niños y adolescentes, mientras que los Estados Unidos deportó a más de 75,000.

Las peticiones de asilo se han más que duplicado llevando el proceso a niveles de retraso e ineficiencia. Los desplazamientos forzados se incrementan en la medida que la violencia alcanza niveles de guerra civil. La proporción de víctimas de homicidios debajo de la edad de 20 años en El Salvador es más alta que en cualquier otro país del mundo. En este panorama es que el señor Donald Trump se convierte en presidente electo de los Estados Unidos.

Aunque existe una diferencia entre lo que un político ofrece y lo que en la realidad puede hacer, el señor Trump hizo descansar de manera importante su oferta electoral en el tema migratorio. De sostener su visión propuesta se podría esperar que se produzca un descuido de los procesos de refugio y de libertad condicional humanitaria para salvadoreños, particularmente los menores. De igual manera, los procesos de asilo podrían reducirse o eliminarse al mismo tiempo que no habría posibilidades de refugio adecuado para quienes aguardan las resoluciones.

Como hombre de negocios pragmático es posible que, sin ayuda, no logre visualizar la necesidad de ampliar el apoyo a la Alianza para la Prosperidad del Triángulo Norte y atender a las causas que mueven a las personas a salir de esos países. Eso, en la práctica, se traduciría en una reducción o abandono de los programas de atención a la prevención de la violencia en las comunidades, la reforma institucional y la pobreza; factores de riesgo que generan violencia.

Habiendo dado la promesa de no deportar a los indocumentados que se encuentran dentro del territorio estadounidense, podría esperarse, en la contrapartida, que no mostrara interés en otorgar estatus temporales de protección a jóvenes y niños indocumentados; como tampoco evitar enviarlos de regreso a sus vecindarios violentos con la amenaza de ser reclutados por las pandillas.

En el tema de política exterior Trump ha expresado un enfoque menos intervencionista en asuntos extranjeros, a menos que los mismos produzcan un beneficio neto para la economía estadounidense. Bajo esa lógica es posible que también exista una reducción de los programas de asistencia humanitaria para intervenir en comunidades en conflicto con programas de desarrollo.

Si en verdad Trump hablaba en serio, ese sería el panorama aproximado que se vislumbraría a futuro. Sabiéndolo, deberíamos levantarnos en solidaridad con aquellos más vulnerables: los niños y jóvenes indocumentados que huyen de la violencia y la pobreza. Los mismos que han sido deliberadamente no escuchados, ignorados y olvidados por décadas. Aquellos que necesitan las manos solidarias de los cristianos.

Podríamos estar al inicio de una crisis humanitaria grave y no hay que olvidar que la anticipación es esencial cuando de crisis humanitarias se trata.

 

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