Promesas

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Gèn. 50:24 “Y José dijo a sus hermanos: Yo voy a morir, pero Dios ciertamente os cuidará y os hará subir de esta tierra a la tierra que El prometió en juramento a Abraham, a Isaac y a Jacob.

Luego José hizo jurar a los hijos de Israel, diciendo: Dios ciertamente os cuidará, y llevaréis mis huesos de aquí. Y murió José a la edad de ciento diez años; y lo embalsamaron y lo pusieron en un ataúd en Egipto.”

Hacer promesas es muy delicado. Hacer votos compromete muchas cosas, especialmente la fe y la confianza de otros que dependen de esas promesas u ofrecimientos que muchas veces les hacemos.

José, el que salvó a su familia y a Egipto de la hambruna relatada en el libro de Gènesis, cerca ya de su final, hace que sus hermanos le juren que cuando Dios los liberte llegado el momento, que lleven sus huesos con ellos a la Tierra que les ha prometido a sus padres. Lógicamente sus hermanos por la emoción del momento o porque estaban en deuda con èl hicieron la promesa que cumplirían el deseo de su hermano.

…Han pasado varios años. Dios llama a Moisés a su servicio para que liberte a su pueblo de la esclavitud y opresión de los egipcios. Llegan las plagas y se da el momento cumbre de la salida del pueblo de Dios a la Tierra prometida.  Moisés, por instrucciones del Señor, le dice a los hebreos que tomen de sus vecinos que están llorando la muerte de sus primogénitos todo el oro, la plata y joyas que tengan, antes de salir a su liberación. En ese instante vemos la ingratitud y la amnesia del corazón humano a su más alto nivel. Todos los hebreos están despojando a sus vecinos de sus prendas de oro. Mientras los egipcios lloran, ellos se llenan sus manos de oro, plata y joyas. Todos, menos uno…

Moisés.

¿Què hace Moisés mientras sus hermanos se están ocupando de llenar sus manos y sus bolsos de oro? Permitamos que la Biblia nos diga que está haciendo este gran hombre: “Y Moisés tomó consigo los huesos de José, pues éste había hecho jurar solemnemente a los hijos de Israel, diciendo: Ciertamente os visitará Dios, y entonces llevaréis de aquí mis huesos con vosotros.” Exodo 13:19.

¿Ya lo vio? Mientras todos se están llenando las manos de oro, Moisés está llenando sus manos de huesos. Moisés, quien no fue quien hizo la promesa años atrás, es el único que está ocupado en cumplirla. No fue èl quien juró, fueron sus ancestros. Èl no estuvo presente cuando se hizo ese juramento. Pero alguien tuvo la confianza de contarle lo que José pidió años atrás.  Y Moisés tuvo en mente ese juramento. Mantuvo vivo ese recuerdo, ese pedido de su familiar lejano de no dejar sus huesos en Egipto. Hoy, la noche de la liberación, este líder forjado en el yunque del dolor y la soledad recuerda la promesa. Y la cumple. No le importa la plata. Lo que le importa es cumplir la palabra dada años atrás.

No culpemos a los hermanos de José porque le fallaron. No los podemos culpar porque lo mismo hemos hecho nosotros. Le hemos fallado a muchas personas a quienes les prometimos muchas cosas hermosas en momentos de ilusión, de pasión o de emoción. Le prometimos al Señor que siempre le adoraríamos pero cuando llega la crisis nos olvidamos de hacerlo. Somos personas que no sabemos cumplir nuestras promesas. Y esto no es solo del pueblo evangélico. Ese mal está arraigado en nuestros corazones debido al pecado. Somos rápidos para prometer pero lentos para cumplir. En este rango entramos todos. Incluyendo pastores. Hombres o mujeres ungidos por el Espíritu Santo que predicamos que debemos ser leales y fieles a nuestra palabra pero llegado el momento de decidir tomamos la salida más fácil: fallar. Negarnos a cumplir lo que hemos ofrecido.

Cuando no cumplimos nuestras promesas destruimos a la sociedad. Provocamos caos moral. Provocamos desorden y apatía. Provocamos pérdida de fe. Destruimos la confianza de los que sufren nuestro engaño. Cuando no cumplimos nuestros votos estamos destruyendo nuestra propia vida. Destruimos la confianza en nosotros mismos. Morimos un poco cada vez que nos olvidamos de cumplir lo que hemos dicho que haríamos. Y morimos porque nos vamos quedando solos. Nos vamos quedando sin amigos, sin amor y sin respeto. Ya nadie nos cree cuando laceramos el alma de aquellos a quienes les ofrecimos algo y con el tiempo se nos olvida. Cuando llega el oro de la fama. El oro y la plata que el mundo ofrece. El oro del ministerio pastoral. El oro de la prosperidad.

En el altar prometimos ser fieles a nuestra pareja, que nada nos separaría de ella o de èl. Pero no pudimos sostener nuestra promesa. La rompimos con una facilidad espantosa y vergonzosa. Le fallamos a Dios, a nuestro cónyuge, a nuestros hijos y a nuestras familias.

Cuando no cumplimos nuestras promesas estamos destruyendo un mundo invisible y verdadero. Estamos exponiéndonos al fracaso.  No importa cuantos diplomas de logros teológicos tengamos o cuantos títulos académicos obtengamos y tengamos colgados de las paredes si nuestra palabra ha perdido valor. No vale nada si como pastor he ganado tantas almas que el cielo esté lleno de ellas si en mi casa no cumplo mi deber matrimonial. No importa lo brillante que sea un político, un buen economista, alguien que ha salvado al paìs de la quiebra financiera si en su casa no ha cumplido su papel de esposo, padre y protector de su familia.

Moisés nos da una buena lección. Una lección de honestidad. Una lección que debe quedar impregnada en nuestros corazones y decidir ser diferentes. Ser leales a nuestras promesas. Fieles en nuestra palabra. Sostenerla a base de cualquier sacrificio. Quizá por eso dijo Jesus: Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón porque de èl mana la vida. También dice la Escritura: Mejor no prometas nada que no puedas cumplir.

Cuando un hombre no cumple su deber de ser proveedor para su casa está rompiendo sus votos matrimoniales. Cuando no cuida de su hogar y su familia, está rompiendo su palabra. Cuando se dedica a ver televisión cuando debe atender a sus hijos, les está destruyendo la imagen de Dios en sus corazones. Cuando un hombre golpea a su esposa está destruyendo no solo su propio cuerpo sino también su palabra de ser protector de ella. Cuando un hombre trata mal a la madre de sus hijos esta destruyendo la fe de ellos en el matrimonio.

Cuando una esposa no atiende su hogar está rompiendo su palabra. Cuando no cuida a sus hijos y los deja abandonados en otros brazos esta rompiendo un voto. Cuando no alimenta adecuadamente a su familia está destruyendo la confianza de los suyos. Cuando una esposa no satisface a su esposo sexualmente esta fallando en su compromiso. Cuando lo deja abandonado y a la deriva, le está fallando a Dios que la puso como ayuda de ese hombre.

Cuando un pastor no alimenta adecuadamente su rebaño esta siendo desleal al Dios que le confió el cuidado de sus ovejas. Cuando un pastor, en vez de llenar sus manos con la Palabra de Dios las llena con el dinero ajeno esta siendo deshonesto a quien lo puso en el sitial de honor. Cuando un pastor no estudia la Escritura para encontrar las perlas que debe buscar y en su lugar se pone a ver televisión o a andar coqueteando con el pecado, es alguien que ha roto sus votos de ser fiel a su llamado. Cuando un pastor no es fiel con las ovejas que Dios le ha puesto a alimentar y se aprovecha de ellas está rompiendo sus promesas espirituales.

Moisés nos desafía con su ejemplo. Quizá por eso, a pesar de todos sus fallos y errores en el desierto, incluso haber dejado un egipcio muerto en las arenas de Egipto, Dios fue su amigo. Fue su confidente. Fue su aliado. Moisés no fue un ángel. No fue un ser divino. Fue un hombre como usted y como yo. Pero tomó una decisión: Ser fiel a las promesas. Aunque eso significara quedarse sin oro ni plata.

 

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