Leproso

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“También el hombre era un guerrero valiente, pero leproso”

2 Reyes 5:1

¡Qué pena¡

Todo el orgullo de este valiente general Naamán caía cuando entraba en su casa y se mostraba lo que realmente escondía bajo su elegante uniforme: lepra…

Todos sabemos lo que eso significa: Hedor. Llagas. Pus supurando constantemente. Ropa con manchas sanguinolentas. Incomodidad delante de los demás. Escondiendo diariamente su ropa sucia para que nadie se diera cuenta de su realidad. Era leproso. Aunque un valiente guerrero dice la Escritura, pero leproso.

No quiero ser ofensivo pero tenemos que ser pragmáticos y volver a la sindéresis. Todos somos una copia del General Naamán:

El alto ejecutivo que da órdenes en una oficina de un catorce nivel del edificio más alto de la ciudad, rodeado de elegantes secretarias y ayudantes, que todos tiemblan ante él pero al llegar a su casa ni el perro le hace caso.

El empleado del gobierno que soborna, espanta y asusta a los que buscan su ayuda porque tiene un puesto de alta jerarquía pero cuando entra por las puertas de su casa se convierte en un gatito.

El pastor que ante su congregación  es un gritón de primera, impositivo, que exige que su parqueo no lo use nadie, que tiene un séquito de diaconisas a su servicio que le lleven la Biblia y su elegante maletín de piel de Napa, que nadie puede ingresar a su oficina sin previa cita quince días antes… Pero al llegar a casa y dejar toda esa parafernalia se muestra realmente como es: leproso…

Dice la historia de este General condecorado con cinco estrellas que su rey lo tenía en gran estima. Era un guerrero intachable. Valeroso en extremo. Sus soldados lo respetaban y lo seguían ciegamente. Dios lo había favorecido con un carácter a toda prueba. Pero, ¡pobre General! al llegar a casa y quitarse todas sus medallas, su uniforme, sus botas de combate y guardar su espada, se escondía en el baño para limpiarse sus llagas. Pienso que solo dos mujeres conocían de su triste realidad: su esposa y la sirvienta que los atendía. Piense en las noches cuando se acostaban a dormir. Piense en la incomodidad de la esposa al tener que respirar esos olores fétidos que exhalaban del cuerpo del esposo. Piense en la incomodidad de tener que soportar a veces cuando él, sin darse cuenta, quizá la abrazaba a media noche entre sus sueños. Piense en las mañanas cuando se despertaban y ella tenía que ver esa cama llena de líquidos que emanaban del cuerpo enfermo de su esposo.

No se nos dice mucho de ella, pero no hay que tener muchos dedos de frente para imaginar la incomodidad que eso causaba en el matrimonio. ¿Y qué a la hora del desayuno? Soportar lo mismo cada mañana, cada día y cada año. ¿Y qué decir durante los días de calor? ¿Y qué pensar en esa esposa cuando tenía que atenderlo en privado para lavarle las llagas de su cuerpo que èl no podía atender?

¿En donde quedaba todo el orgullo de ese valiente guerrero? ¡Qué admirable la paciencia de esa mujer que había decidido ser fiel al matrimonio sin importar lo que llegara! Porque, sin darse cuenta, de la noche a la mañana, su elegante esposo empezó a mostrar cosas que ella ignoraba que estaban allí. En el alma, en el cuerpo de su esposo vivía un virus que no se había mostrado antes pero durante su vida en común empezó a salir a la luz… Era la lepra que estaba en su interior que empezaba a amenazar la seguridad de sus vidas.

No era agradable vivir con Naamán. No era fácil soportar sus momentos incómodos. No era agradable tener que escuchar sus quejas, sus estallidos de ira cuando èl se daba cuenta que toda su gloria militar se iba por la borda cuando veía su cuerpo lleno de llagas. No era agradable para ella tener que pasarle algodones con algún medicamento por su cuerpo lleno de pedazos de piel que se caían constantemente.

¿Y qué decir de la sirvienta? Piense en esa pobre muchacha que tenía que lavar la ropa de su cama todos los días. Tenía que soportar el hedor de esa ropa, las sobrefundas manchadas, sábanas que diariamente tenía que lavar con sus propias manos para tenerlas listas a la noche y repetir ese rito día tras día… Y todo eso, con la boca callada. Soportar en silencio.

Víctimas de la lepra de un hombre. Víctimas inocentes de la condición real de un elegante militar.

Es lo mismo de hoy: Esposas maltratadas por un pastor que cuando llega a casa lo hace exigiendo sexo sin importar si su esposa está en su periodo o no. Un ministro de Dios que llega pidiendo silencio a sus hijos porque está cansado de atender “su ministerio”. Elegantes siervos de Dios que después de varios cultos en su congregación llegan a casa y al despojarse de sus galardones empieza a mostrar su verdadero carácter: Gritos, insultos, palabras soeces, exigencias incomprensibles. Llega cansado de tanto orar. De tanto dirigir y de tanto predicar. Ahora quiere que lo dejen tranquilo. Que no le hablen y que le dejen ver sus programas favoritos de televisión. Que no lo importunen con quejas ni pedidos para que lleve al parque a sus pequeños. Tiene que relajarse. Tiene que descansar y que sus cuerdas vocales reposen.

Pensemos en esa esposa maltratada que no puede creer en un Dios que respalda a un hombre como su esposo. Que no se explica cómo es que una congregación lo respeta, lo admira y le piden consejo, pero que con ella es un malhablado e intolerante que no le brinda el menor gesto de amor y comprensión. Pensemos que esa mujer no puede entender cómo es que ese hombre fuera de su casa es un paradigma de la santidad y consagración pero dentro de sus cuatro paredes supura rencor, ira, desprecio y carnalidad. Pensemos cómo podemos esperar que esa mujer crea en ese Dios que él predica. Esa mujer no tiene con quien compartir las molestias de la educación de sus hijos, ella no tiene con quien quejarse de sus propias necesidades internas, ella no tiene el privilegio que tienen las hermanas de su congregación porque el pastor que ellas tienen no es el esposo que su corazón esperaba tener.

Y, lectores, pensemos en esos pequeños que no pueden ver a su padre con amor y respeto. Que tienen miedo de su llegada porque el hombre que tendría que amarlos, ayudarles en sus tareas, soportar sus juegos y compartir con ellos su tiempo infantil, llega exigiendo silencio, exigiendo pleitesías que ellos no entienden. Pensemos en esos hijos que no están viendo la Imagen de Dios en el hombre que debiera reflejar esa Imagen y Semejanza.

He tenido la tristeza de escuchar estas historias de boca de esas mujeres que necesitan abrir sus labios y derramar su corazón ante alguien que les diga qué hacer. Hay cosas que no se arreglan con oración, pastores, se arreglan con valentía y dignidad. Se arreglan sentándose con sus esposas y sus hijos y escuchar gallardamente qué clase de lepra estamos escondiendo y que solo ellos han visto.

Lepra. Todos tenemos un poco de lepra. Es lo que ven nuestras esposas en privado. Quienes somos en realidad. Como actuamos cuando estamos en esas cuatro paredes. Cuando nos desvestimos de nuestros uniformes evangélicos y nos mostramos tal y como somos internamente. Lepra que ofende a los que viven con nosotros. Lepra que no ven los “soldados” que se sientan frente a nosotros domingo tras domingo a escuchar embelesados lo que nuestra esposa e hijos no quieren escuchar.

No hay ninguna diferencia entre Naamán y nosotros, ¿verdad?

 

 

 

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