Superficialidad y desenfoque

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Una de las exhortaciones más comunes en la Escritura es el llamado de Dios a los creyentes para que pensemos. Pedro lo hace invitándonos a “ceñir los lomos del entendimiento” (1 Pedro 1:13), Pablo lo complementa diciendo que debemos hacerlo ciñendo “los lomos con la verdad” (Efesios 6:14) y luego indica lo que debería ser el centro de nuestros pensamientos: lo verdadero, lo honesto, lo justo, lo puro, lo amable y lo de buen nombre (Filipenses 4:8). Juan, en un pasaje poco comprendido, señala que “el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero”; utilizando un término para “entendimiento” que describe el tipo de pensamiento que no es fugaz y superficial sino intencional y profundo. Es interesante: según la Biblia, no conoces a Jesús por la vía de las emociones, sino de los pensamientos.

Pensar es una decisión en sí misma. A los Gálatas, el Espíritu Santo les dirigió fuertes palabras diciendo “¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad…?” en un señalamiento que podría ser hecho a ti y a mí -y a muchos cristianos- en nuestro tiempo. Según Pablo, en Galacia, aunque eran creyentes, también eran insensatos. El término usado en ese pasaje no tiene que ver con la incapacidad de entender algo (a causa de un bajo coeficiente intelectual) sino que señala la negligencia en el uso de su inteligencia para razonar la verdad. En otras palabras, es un reclamo por la superficialidad intencional de algunos cristianos en aquella época en el análisis de lo que estaba a su total disposición: la verdad de la revelación de Dios. Era un reclamo porque pocas cosas son tan cristianas como pensar; pero, en un mundo en el que la intensidad y la velocidad nos asedian constantemente, me temo que -al igual que sucedió con los gálatas- los cristianos nos hemos acostumbrado a la idea de que podemos darnos el lujo de reaccionar mucho y reflexionar poco. Es preocupante.

Si ves a tu alrededor (y, probablemente, si siendo honesto ves en tu interior) dos de los males más comunes entre los creyentes de nuestros días son la superficialidad y el desenfoque. No queremos pensar en lo que es demasiado profundo. Hemos perdido -quizás por el mal uso de la tecnología, quizás por la sobresimplificación producto de las redes sociales- la habilidad de concentrarnos y recordar los detalles de las cosas más esenciales de la vida espiritual. No es desacertado decir que una de las victorias más trascendentales del enemigo en nuestro tiempo ha sido producir una generación superficial y desenfocada. Entre los cristianos hay mucha bulla y poca sustancia. Podemos citar algunos pasajes -sin contexto- pero no hay evidencias tangibles de que tales pasajes guíen verdaderamente nuestro estilo de vida. Un cristiano que no está acostumbrado a pensar en su fe es el equivalente a un terreno estéril o a una planta que no produce fruto. ¿Te sucede? Piénsalo. Lo peor de todo es que, como se trata de pensar, ¡no queremos pensar que nos pasa a nosotros! Haz un ejercicio simple: trata de recordar la más reciente visita que hiciste a tu iglesia y establece qué aprendiste y cómo lo has traído a la práctica. Te sorprenderá darte cuenta que, a menudo, recuerdas lo trivial -una ilustración, una interrupción en el servicio o, incluso, un chiste del predicador- pero te darás cuenta que tu mente “no estaba totalmente allí” para lo más importante: asimilar la verdad de manera que produjera fruto permanente en tu corazón y en tu alma.

Probablemente, tu día comienza con el frenesí y la velocidad de los quehaceres regulares de nuestro mundo: familia, trabajo o estudios que no pueden esperar, pero con la excusa de que un rato de reflexión en la palabra si es algo que puedes hacer “más tarde”. No te engañes. Si no tomas tiempo para meditar la verdad de la Escritura, nunca pasará de las páginas de la Biblia a la vida diaria de tu realidad. Y, lentamente, te habrás convertido en otra victoria del enemigo: superficial y desenfocado. La decisión es tuya.

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