¿Me amas…? apacienta mis corderos, ¡ups, esto va a doler!

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Juan 21:15-16 “Entonces, cuando habían acabado de desayunar, Jesús dijo* a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éestos? Pedro le dijo*: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo*: Apacienta mis corderos. Y volvió a decirle por segunda vez: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Pedro le dijo*: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo*: Pastorea mis ovejas”

Érase una vez, en un país lejano…

Así empiezan los cuentos infantiles que leí en mi niñez. O, como se escribe en las novelas: Todo es pura ficción. Si hay algún parecido con la vida real es pura coincidencia.

Este escrito nació en mi mente cuando presencié un servicio en una Iglesia cristiana de algún país remoto. Celebraron una fecha en especial. Antes de la prédica, subieron al altar de donde habían removido el púlpito,  un grupo de jovencitas en ropas provocativas enseñando sus carnes y haciendo una “obra” de teatro junto con otros jóvenes disfrazados de delincuentes, homosexuales y pandilleros. Todo, aderezado de música extravagante, escandalosa y del más duro rock.

Bueno, vamos a ser francos mis respetados lectores que siguen este espacio. Especialmente aquellos que hemos sido nombrados por el Señor para hacernos cargo de sus corderos, sus ovejas. Porque lo primero que debemos saber es que no son “nuestras ovejas” sino del que fue a la cruz a entregar su vida por ellas, incluidos nosotros mismos.

La cuestión va mucho más allá de un simple acto para celebrar una fiesta a un grupo de asistentes a la congregación. Implica que no sabemos realmente qué estamos haciendo con el rebaño que Dios puso bajo nuestro cuidado. Por un lado oramos, entonamos cantos y hacemos hermosas y adornadas oraciones para abrir el culto dizque para el Señor, pero, acto seguido el altar se transforma en un escenario con luces de todos colores, y el famoso humo que tan en boga se ha puesto en algunas iglesias.

La expectativa de la congregación se nota cuando todos están atentos para presenciar un buen espectáculo. Todos están esperando a ver qué se le ha ocurrido al pastor para llevar a cabo su programa. Y escribo “su” porque no creo que sea el programa del Espíritu Santo. Por supuesto, todo eso no es de mi incumbencia, pero sí me afecta como cristiano, como pastor y como seguidor del Señor Jesucristo ya que a todos nos cortan con la misma tijera.

La tragedia más grande de algunos pastores es que creen que aman al Señor que los ha puesto a cargo de su rebaño. La tragedia más grande de muchos de nosotros será cuando nos presentemos ante el Tribunal de Cristo y tengamos que explicar qué hicimos con el Cuerpo de Cristo que nos fue encomendado a cuidar, alimentar y nutrir. Entonces caeremos en la cuenta que no fuimos fieles, que no cumplimos las expectativas del Espíritu Santo al habernos puesto en esos lugares de eminencia. Al que más se le dio, más se le demandará.

No soy un aguafiestas. Soy un chapín convertido al Señor y pertenezco a la escuela de un hombre que me formó en la Palabra Sola. Fui instruido desde los inicios de mi caminar cristiano pegado a los mandamientos del Señor. No soy legalista. Soy un hombre contento con lo que tengo, bien enseñado en los principios elementales del Evangelio de Jesucristo, no en el de los hombres. Es por eso que levanto mi voz ante lo que está sucediendo en la iglesia evangélica hoy en día.

Por supuesto no soy nadie para querer cambiar los programas ni ideas pastorales de nadie. Pero tengo el deber de poner un grano de arena en los zapatos de aquellos que hacen lo que quieren con la Palabra de Dios poniendo en grave riesgo a sus oyentes al no enseñarles lo que dijo Jesús sino lo que les dijeron en el seminario. Porque la instrucción de Jesús es: “…enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mat. 28:20)

Imaginemos por un momento esta escena: Un domingo cualquiera se aparecen Pedro, Pablo y Silas visitando uno de nuestros templos en donde se predica la Palabra del Señor y se alaba su Nombre. Escucharían la música, observarían el servicio y escucharían el mensaje. Entonces creo que se verían las caras con un enorme signo de interrogación preguntándose: ¿Es esto lo que les dejamos como instrucción a estas gentes? Y, como lo estamos imaginando, quizá le pregunten al pastor: ¿Qué es lo que haces? ¿Quién te enseño a hacer todo esto en el Altar del Señor? ¿De dónde sacaste estas ideas de lo que debe hacerse en la Iglesia de Cristo? Creo que el pastor respondería: Lo aprendí de Pablo, Pedro y Silas…

¿Nos podemos imaginar la sorpresa de los Apóstoles al escuchar la respuesta del pastor? Les dejo a su imaginación lo que sigue en la ficticia escena…

Ya no digamos cuando Jesús visita su Iglesia y observa todo lo que estamos haciendo en “su honor”. Jesús le dijo a Pedro y por extensión a todos nosotros:

¿Me amas? Apacienta mis corderos. No dijo entretenlos. No dijo cuéntales chistes. Tampoco dijo hazlos que se sientan bien. Llévales artistas para que canten y enciendan velas románticas y compren sus discos. Celébrales sus cumpleaños para que estén contentos.

¿Me amas? Pastorea mis ovejas. No dijo dales comida chatarra. No dijo que les extorsionáramos. Que los amenacemos con el infierno si no hacen lo que queremos. No dijo apaléalos con algunos versos de los Salmos. No dijo asústalos con el Apocalipsis.

¿Me amas? Apacienta mis corderos. No dijo ponlos a servirte de policías. Que te lustren los zapatos. Que te pongan alfombras rojas. Que te hagan pleitesía. Que te celebren tu cumpleaños. Que te canten las mañanitas con mariachi y todo.

¿Me amas? Enséñales a guardar mi Palabra, que se santifiquen, que sean honrados y que paguen sus deudas. Que los hombres no golpeen a sus esposas. Que sus esposas los respeten.

¿Me amas, pastor? Celebra mi nombre, mi Gloria, no el “día del pastor ni del padre”, a menos que sea a Mi Padre que está en los Cielos.

¿Me amas? Pastorea mis ovejas. No dijo que te laven tu carro. Que te hagan mandados. Que te graben para la televisión. Que te canten tu música favorita. Que te digan “sí, señor”. Que te guarden tu parqueo.

¿Me amas? Apacienta mis corderos. No dijo que ellos nos apacentaran a nosotros…

¿Amamos, entonces a Jesús, hermanos líderes…? ¡Vaya usted a saber…! Tendremos que esperar el final de la historia para enterarnos de la verdad.

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