¿Eres hijo de Dios?

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Mateo 4:1 “Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo”

Nos fue advertido por el mismo Jesus: “Porque si en el árbol verde hacen esto, ¿qué sucederá en el seco?” Y esta pregunta sigue vigente hoy en dìa. El problema, señores, es que no nos enseñan a estar prevenidos, o no nos advierten de los peligros que enfrentaremos los hombres en nuestro caminar diario.

Las tentaciones, debilidades de la carne y las bajas pasiones son nuestro pan de cada dìa. Creo que no hay ningún pastor, líder o maestro de púlpito que no tenga la misma clase de tentaciones que tenemos el común de los hombres. No importa la unción que se tenga para predicar buenos mensajes. Seguimos siendo hombres y mujeres con naturaleza pecadora. No importa tampoco el nivel espiritual o místico que alcancemos para creer que ya somos inmunes a lo que ven nuestros ojos o escuchan nuestros oídos.

Como Sìsifo, tenemos una roca que empujar todos los días en busca de la santidad. Nuestra roca son esas “cosas” que se nos aparecen de pronto, sin previo aviso y que pasan frente a nosotros llamando nuestra atención y después nos quedamos como los perros de Pavlov babeando ante el sonido de la campana que nos hizo caer en pecado o en tentación o lujuria.

Y viene la culpa a tocar la puerta de nuestro corazón para hacernos sentir miserables.

Claro, este escrito para algunos teólogos modernos es ofensivo. Tuve un maestro que nos enseñò que un pastor nunca debe mostrar sus debilidades ante su congregación. Es decir, en el vocabulario pastoral no debe usarse el “nosotros” sino solo el “ustedes”. Pero con el devenir del tiempo me dì cuenta que ese es un concepto hipócrita. Porque los primeros que escondemos la piedra ante la Santidad del Señor somos nosotros precisamente. Es por eso que muchos cristianos han abandonado su fe en el Evangelio de Jesucristo, porque se decepcionan de su líder cuando este les ha hecho creer que él no peca ni tiene ninguna mancha en sus vestiduras. Craso error por supuesto.

Las advertencias de nuestro Maestro de Justicia, el Señor Jesucristo son claras: Si Èl fue llevado al desierto a ser tentado por el diablo para que demostrara que en realidad era quien La Voz dijo ser, tenía que demostrarlo. Y atrás vamos nosotros. No importa si su ministerio es “chiquito” al decir de otros que tienen un ministerio “grande”. (En realidad no entiendo eso pero ni modo, así es en el medio pastoral).

¿Què significa entonces ser llevado al desierto? Jesus fue llevado al desierto a ser tentado para saber si realmente llenaba el perfil para ser llamado “Hijo de Dios”.

Si eres Hijo de Dios, dile a estas piedras que se conviertan en pan… Jesus dijo No. Ahora bien, una pregunta obligada: ¿quienes estaban presentes cuando estas tentaciones llegaron a la vida de Jesus? Solo había tres personas: El Padre, el Hijo y Satanàs. Nadie más. Entonces Jesus no cedió a la tentación para que no lo viera alguien. Bastaba con saber que su Padre lo veía.

Y aquí es donde se pone fea la cosa para nosotros. Porque al igual que nuestro Maestro, nosotros también tenemos que demostrar que en verdad somos hijos de Dios. Que no somos mentirosos, hipócritas ni falsos. Eso significa que seremos llevados al desierto para que demostremos que somos lo que decimos ser. Hoy no somos llevados al desierto de Judea ni del Sahara ni al desierto de Sonora. Hoy somos llevados al desierto del Centro Comercial, al desierto de la congregación, de nuestra casa, de nuestra sala y de nuestra computadora. Hoy el desierto es la cafetería en donde a solas, en compañía de una deliciosa taza de café somos probados con las “piedras” que pasan frente a nuestros ojos.

El trabajo del Diablo es hacernos las mismas preguntas que le hizo a Jesus para ver si nosotros, al igual que El, también somos capaces de decir “no”. Que tampoco nosotros le diremos a esa “piedra con minifalda” que se convierta en pan para nuestros sentidos. Que nos alivie el hambre de sensualidad, sexo o lujuria. Somos llevados al desierto cuando a solas con nuestros pensamientos le damos libertad a nuestros ojos o emociones y vemos a las hermanas en la congregación como mujeres, como “piedras” que deseamos que se conviertan en nuestro pan.

La misma pregunta que le hicieron a Jesus nos hacen a nosotros. ¿Eres hijo de Dios? demuéstralo diciendo no a lo que el Diablo ofrece: Comida, fama, prestigio, honores, diplomas, dinero y aplausos. Si somos hijos de Dios tenemos un reto por delante: demostrarlo no solo con palabras sino también con hechos.

Si somos hijos de Dios no tratemos a sus hijas con malas palabras o malas maneras. No las usemos como alfombras para poner nuestros sucios pies sobre ellas. No las usemos para saciar nuestros apetitos carnales. Si somos hijos de Dios nos llevarán al desierto y seremos probados. Satanàs sabe cómo, con quien y con què hacerlo. No lo dudemos. Lo demás corre por nuestra cuenta. Así de fácil.

 

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