Palabras Necias

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Números 3O:2-4 “Si un hombre hace un voto al SEÑOR, o hace un juramento para imponerse una obligación, no faltará a su palabra; Si un hombre hace un voto al SEÑOR, o hace un juramento para imponerse una obligación, no faltará a su palabra; hará conforme a todo lo que salga de su boca.  Asimismo, si una mujer hace un voto al SEÑOR, y se impone una obligación en su juventud estando en casa de su padre, y su padre escucha su voto y la obligación que se ha impuesto, y su padre no le dice nada, entonces todos los votos de ella serán firmes, y toda obligación que se ha impuesto será firme..

“…Mi vida es un rotundo fracaso. No me tardan las parejas sentimentales. No logro casarme. Aunque busco afanosamente al Señor y le sirvo, no salgo de la pobreza. Cada vez tengo más deudas. Mi familia no me acepta como soy. Soy un pobre marginado. No logro graduarme y no doy la talla para un buen trabajo. Estoy demasiado gorda y no puedo bajar de peso. Mi pelo me hace quedar en ridìculo. Mis ojos son desagradables a todos los que me ven…”

Estas son algunas cosas que afectan a muchas personas que han entrado por la Puerta de la Salvación. Han aceptado el Sacrificio de Cristo para su vida eterna, pero mientras viven en esta vida presente, se sienten fracasados, abusados por los demás y con deseos de irse de este mundo lo más pronto posible. No soportan las cosas adversas que les atormentan y navegan entre la fe y la duda de si realmente Dios existe. Porque si existe, ¿por què permite que sus vidas sean apagadas, sin brillo y sin gozo? ¿Por què no les salva de las situaciones que les avergüenzan y los hunden en un bache sin fondo?

Y acusan a Dios de todos sus males.

No han leìdo la Biblia. Y si lo han hecho, no han reparado en lo que ella dice con respecto al poder que tiene la lengua para marcar nuestros destinos. Es por eso que Jesus dijo que de toda palabra que hablemos habremos de dar cuenta. Y eso es una realidad para todos: pastores, lìderes, cristianos, evangélicos y todos los demás que habitamos este planeta.

¿En donde está la aclaración de todo este caos emocional, físico y espiritual en que viven muchos? En el libro de Números.  Allí está la causa para tal efecto. Nuestras palabras o las palabras que nos dijeron nuestros padres o mayores mientras estuvimos bajo su tutela. Con tristeza debemos darnos cuenta que las aceptamos cualquiera fuera su intención. Si fue broma, quedaron escritas. Si fueron en serio, igual. Y luego están las palabras que nosotros mismos nos dijimos de nosotros en algún momento de nuestro crecimiento.

“No sirvo para las matemáticas. Hecho. No doy ni una con los hijos. Hecho. No sirvo para planchar. Hecho. A mí siempre se me quema el arroz. Preparese esposo para no comerlo al lado de esta esposa, a menos que lo compre cocinado”  O ¿que tal estas expresiones? “No servís para nada. Eres igual de tonto que tu papá. Nunca serás nadie en la vida. Naciste para ser un fracasado. Mejor te hubieras muerto antes de nacer. Nunca te abundará el dinero. Fuiste hecho para ser pobre. Tù ni para madre vas a servir”.

Palabras que quedaron escritas en piedra. En la piedra de la vida. Y luego, cuando empezamos nuestro caminar por esa dura realidad que es la vida, las golondrinas empiezan a volar buscando en donde se dijo una maldiciòn para posarse sobre ella. Eso dice Proverbios 26:2. Palabras que se dijeron muchas veces por cólera, por enojo o bromeando. Pero fueron palabras, mis queridos lectores. Palabras necias que nos están cobrando todavía el haberlas expresado o aceptado.

Números dice: “hará conforme a todo lo que salga de su boca” Y, lógicamente, lo que salió de nuestra boca no fueron bendiciones. Fueron palabras de maldiciòn. O de la boca de nuestros tutores.

Y, lo más doloroso, es que nadie, ni nuestro padre, madre, abuelo o tío, desautorizó esas palabras. Nadie nos dijo lo contrario. Nadie renunció sobre nosotros a esas expresiones que contradijeron la Palabra de Dios para esos niños que fuimos en aquel entonces. Y quedaron escritas. Todo lo que se dice en esta tierra serà escrito allá arriba. Sin excepciones, muchachos.

Pero no todo está perdido. Porque ahora, nuestro Padre Celestial puede escucharlas de nuestros labios y si reconocemos que fuimos ignorantes a su mandato, si aceptamos que nosotros mismos las dijimos o las aprobamos, Èl las escuchará de nuestros labios y nos perdonará  y podremos ser todo lo contrario a lo que nos dijeron o dijimos. Seremos libres de esas maldiciones.

“Diga el pobre, rico soy. Diga el débil, fuerte soy” es lo que nos ordena la Biblia. ¿Por què? Porque en esas dos declaraciones se aglutinan todas las demás. “Soy buen padre. Soy buena madre. Soy buen estudiante. Soy buen trabajador. Soy, soy, soy…”

Claro, si usted no cree que esto sea posible, pues lo lamento. Tendrá que seguir su paupérrima vida evangélica mientras llega al Cielo a buscar la mansión que le dijeron que Jesus le dará algún dìa, pero mientras tanto, hermano, hermana, conformese con lo que le toca. Usted decide.

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