Ser hombre

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Una de las razones por las que carecemos de hombres como Dios quiere, es que no hemos discernido correctamente su visión.

¿Qué es ser hombre, según Dios? No se necesita un doctorado en teología para saber qué significa ser hombre. Basta con ir a Génesis para saber lo que Dios tuvo en mente cuando lo creó. Lo creó a su Imagen y Semejanza. Hizo al hombre para que en esta tierra hubiera un referente de lo que es Dios. Hizo un hombre imperfecto, del polvo de la tierra pero lleno de su Espíritu para que fuera su Embajador. Para que lo representara ante la raza humana. Especialmente ante su familia, su entorno y su país.

Siempre enseño que cuando un hijo le pregunta a su padre ¿cómo es Dios? el padre debiera responder: “Como yo, hijo, Dios es como yo”. Lo mismo sucede con un pastor que quiera enseñar como es el Dios que lo llamó a su servicio. La persona más parecida a Dios en la congregación debiera ser el pastor. ¿Acaso no es él su Sacerdote? ¿Acaso no es él su representante y su ministro? Debemos terminar con ese subterfugio barato que muchos utilizamos para disfrazar nuestra falta de santidad: “No me miren a mí, miren a Jesús”. Ajá, ¿en quién?

Una parábola que nos da una gran lección sobre esto se encuentra en el libro de Jueces, cap. 9, la parábola de la zarza, dada por el hijo de Gedeón.  Al morir Gedeón, un hijo malo trata de matar a todos sus otros hermanos para tomar el lugar de su padre.  El único hijo de Gedeón que sobrevivió a la persecución acusó al nuevo rey de no valer nada y ser el peor entre ellos.  Usando los árboles como una metáfora, dijo que los árboles llamaron al olivo para que reinara sobre ellos.  El olivo rehusó porque no quería dejar su “vida fácil”.  Disfrutando riqueza, comodidad y éxito, el árbol de olivo no quiso asumir el trabajo y las agotadoras demandas y los rigores que tal liderazgo requería.

Los demás árboles apelaron entonces a la higuera. Pero esta no quería dejar su “dulce vida”.  Prefirió enfrentar la confrontación, escapar de la verdad y deleitarse en el placer. Quería una vida “sin exigencias” y también rechazó el llamado al liderazgo.

Luego se lo pidieron a la vid, pero la vid tenía una “vida llena”.  La vida era el gran juego que había que jugar. Queriendo evitar riesgos, motivada por temor a fallar, evitando la realidad y sabiendo que, cuando sus uvas se fermentaran, causarían inconsistencia en su responsabilidad, la vid también declinó el llamado al liderazgo.

Finalmente, los arboles llamaron a la zarza, que llevaba una “vida vacía”.  La zarza era vanidosa, sin raíces profundas y dispuestas a crecer y soplar donde quiera.  No tenía sentido de dirección.  Su vida no producía frutos.  No tenía sentido de vergüenza debido a su aridez.  En la naturaleza de lo moral y de lo inmoral, era amoral, sin cualidad moral.  Cuando  la llamaron a asumir el liderazgo, aceptó ansiosamente.  Una vez en el poder, fue soberbia, arrogante y exigente de los demás, pero no de sí misma.

Cuando los mejores árboles rechazaron el liderazgo, el peor entre ellos lo aceptó. Para el olivo, la higuera y la vid hubiera sido tonto quejarse de la calidad de liderazgo.  Su rechazo al llamado que se les hizo para dirigir, los subordinaba ahora a un liderazgo inadecuado, inferior e insuficiente.  Los alfabetizados subordinados a las analfabetas.

Apliquemos esto a nuestros días, cuando hombres de habilidad, calidad, carácter, moralidad y agudeza rechazan aceptar roles de liderazgo.  Después nos quejamos cuando hombres de menos estatura alcanzan posiciones de poder.  Al abandonar la responsabilidad moral en la comunidad, los hombres hacen camino para que suba el elemento criminal.  El abandono de responsabilidad es la forma más segura para que los hombres buenos se rindan ante la comisión de crímenes.  La debilidad asciende cuando la fuerza abdica.

El liderazgo a cualquier nivel es una vida solitaria.  El martirologio nunca es una profesión que se escoge.  Pero es mejor tener algo por lo que valga la pena morir que no tener algo por lo que valga la pena vivir.  Los hombres deben ser cultos escrituralmente para ser fuertes frente al liderazgo inmoral y elevarse hacia el liderazgo moral.  Hoy, la Iglesia necesita esa clase de liderazgo. Hombres no solo conocedores de la Palabra del Dios que predican, pero también conocedores de su carácter. Conocedores de sus debilidades y tenerlas bajo control. Higueras que endulcen lo amargo de la vida. Olivos que derramen su unción fresca sobre los necesitados. Vides que entreguen sus frutos a aquellos que los escogen como sus líderes y guías.

 

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