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Juan 8:10 “Enderezándose Jesús, le dijo: Mujer, ¿dónde están ellos? ¿Ninguno te ha condenado? Y ella respondió: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Yo tampoco te condeno. Vete; desde ahora no peques más”

 Esto va a doler. Va a pisar callos. Uno que otro de los que saben mucho se va a sentir ofendido porque somos muy buenos para juzgar la paja ajena y no vemos la viga de nuestra propia vida.

 Eso le pasò a los que sabían mucho en tiempos en que Jesus anduvo por la tierra.

 Le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio. Eran gente del Libro. Es decir, conocían la Ley de Moisés de memoria. Enseñaban al pueblo lo que Dios decía en su Palabra. Pero claro, una cosa es enseñar y otra es vivir lo que se enseña. He allí el quid de la cuestión. Los fariseos, cuidadosos del sábado y de muchas otras reglas, habían escondido su hipocresía  bajo el manto de la santidad del matrimonio. Y le llevaron a la mujer. Pero faltaba algo. Y ese algo era el hombre. Levítico les ordenaba que llevaran a los dos. Y la pregunta de Jesus los toma por sorpresa: “El que esté libre de pecado, tire la primera piedra”. ¿Què les está diciendo Jesus realmente que nosotros no vemos? Lo que dice es: ¿Ya se dieron cuenta hipócritas, que no están haciendo realmente lo que dijo Moisés? ¿Saben bien lo que dice la Ley en cuanto al adulterio? Si es así, ¿en dónde está el hombre? ¿No serà que ustedes están ocultando lo que realmente hay en sus corazones? Maldad pura. Hipocresía a la enésima potencia.

 Otra pregunta caballeros: ¿Quièn fue quién la vio adulterar? Porque la Ley ordena que el que la vio tire la primera piedra. Por lo tanto, ustedes están fallando no solo a Dios sino a su pueblo. Les están enseñando a ser religiosos y mentirosos aunque canten coros y prediquen su Palabra. Así que empecemos por el principio: El que esté libre de pecado, ¡vamos! tire la primera piedra. Es decir, el sincero. El impoluto. El recto. El perfecto. Y todos se fueron con la frente baja. Jesus tomó al toro por los cuernos y los puso en que pensar. Tuvieron que revisar su teología.

 Lo más sorprendente de todo es lo que sigue: A la mujer le pregunta: ¿Donde están los que te condenaban? Ella responde: Se fueron, Señor. Aquí hay una perla escondida: Jesus, que es tan respetuoso de la Ley, que es tan caballero con las mujeres y que vino a honrarlas y a levantarlas de la subyugación a la que los hombres las someten, declara algo hermoso: “Yo tampoco te condeno. ¿Sabes por què? Porque yo no te vi pecar. No he visto nada, por lo tanto no tengo ningún derecho de condenarte. Así que vete en paz y no vuelvas a dar motivo de chismes”. ¿Que nos parece? Por lo menos a mí, esto me desafía a buscar dentro de mí si no estaré acusando a alguien de algo que no es cierto. Que me estoy dejando llevar por los intrigantes y envidiosos que están a mi alrededor. O voy más lejos: ¿No seré yo uno de ellos? Seguramente lo he sido. Por eso este escrito que sale de mi propia mano me está poniendo en la disyuntiva de revisar mi conducta. Mis principios y las cavernas de mi alma. El primer callo que estoy pisando es el mío.

 Y, para más inri, debo agregar que como líder y predicador de la Palabra del Señor, debo tener mucho cuidado que estoy enseñando. Si lo que yo creo que dice o lo que realmente dice Jesus.

 Este es uno de los problemas más grandes que tenemos en el matrimonio. Los padres se pelean por lo que dicen los hijos. Los cónyuges se pelean por lo que dicen los suegros. Los pastores se pelean con otros por lo que les dicen sus ayudantes. O el internet. O las redes. Y no nos damos cuenta que estamos violando la Palabra de Dios al acusar a otros de lo que no estamos ciertos. Nos dejamos llevar por chismes e intrigas ocasionadas por la envidia de otros. Le cerramos la oportunidad a otros que buscan servir al Señor o a ser fieles en sus hogares por el solo hecho de haber escuchado informes que podrían ser falsos.

 Y es que no hemos sido enseñados a confrontar. Es más fácil acusar a otros por lo que nos dicen y no confrontamos a los que nos llevan informes de otros. La esposa no confronta a su esposo con la persona que dice que lo vio haciendo algo malo. El esposo no confronta a quién acusa a su esposa de algo feo. El pastor no confronta a quién acusa a otro de ser infiel.

 Quizá haya que recordar lo que dijo el sabio griego cuando le quisieron contar “algo”. Hizo tres preguntas: “¿Tù estabas allí? ¿Tù lo viste? ¿Tù lo escuchaste?”.  Un buen filtro… ¿No les parece?


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