El ocaso de un gigante

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Deut. 17:14-17 “Cuando entres en la tierra que el SEÑOR tu Dios te da, y la poseas y habites en ella, y digas: “Pondré un rey sobre mí, como todas las naciones que me rodean”…él no tendrá muchos caballos…Tampoco tendrá muchas mujeres… tampoco tendrá grandes cantidades de plata u oro.

Viejo. Decrépito. Solo. Con frío no solo en el cuerpo pero también en el alma, el hombre que una vez había sido el gigante de Israel yacía en su lecho esperando la despedida que todo ser humano debe dar un dìa y enfrentarse a su destino final. En la soledad de su alcoba, sin nadie a su lado, las noches del Rey de Israel transcurrían en penumbras. Apenas, a lo lejos, se escuchaban las tristes notas de los cantores levitas que entonaban sus cánticos de alabanzas al  Dios que lo había puesto en esa posición hacia ya varios años.

Su lira colgaba de una pared en donde era testigo mudo de sus victorias y cánticos registrados en el salmodio de su pueblo. Su vida victoriosa ahora era un triste recuerdo de sus días juveniles. Ya no tenía fuerzas para ponerse de pie. Sus años útiles estaban yéndose rápidamente y él lo sabía. Afuera, en el frío de la noche, algunas estrellas titilaban en el firmamento al que una vez él había elevado sus ojos y clamado por la Presencia Divina para pedir ayuda. Los sonidos del silencio llenaban el ambiente y sus guardias y cuidadores hablaban quedamente para no estorbar el descanso nocturno de su monarca. El fin se acercaba y nada ni nadie podía darle el calor que ese cuerpo cansado, agotado y envilecido por el resultado de una vida agitada y vivida al máximo necesitaba.

En su alcoba en penumbras, en un rincón donde estaba su lecho, apenas un pequeño bulto en posición fetal se vislumbraba que había alguien. El sonido de su lenta y dificultosa respiración llenaba el ambiente y los médicos luchaban por prolongarle la vida para que su rey tardara aún en presentarse a rendir cuentas al Dios a quién le había cantado tantas y hermosas canciones.

David está pronto a partir. La Biblia no menciona que a su lado estuviera su esposa Betsabè. Ni Salomon su hijo ni su amado Absalòn. Nadie. Solo sus guardias y sus médicos. Ah, y una muchacha desconocida a quien acostaron a su lado para que le diera calor corporal.

Este pastor que una vez fue un joven bello y hermoso, el que una vez fue un aguerrido defensor de ovejas. El que una vez fue un caudillo victorioso y amigo de Dios, un hombre que supo ser agradecido con sus amigos y misericordioso con sus enemigos, ahora yace inútil en su cama con toda su realeza y abolengo a punto de extinguirse. Sin un beso de su esposa. Sin un adiós de sus hijos. Sin fanfarrias de sus oficiales. Sin tambores de guerra. Sin saludos marciales ni banderas como estandartes.

¿Què hizo este gran hombre para que su final fuera tan triste y solitario?

Quebrantó una de las tres ordenes de Dios para quienes fueran puestos en el trono de su pueblo: Muchas mujeres. David tuvo lo que muchos otros no tuvieron. Fama, poder y fortuna. Fue un hombre popular. Y esas son precisamente las temporadas más difíciles de todo hombre que ha alcanzado el éxito. Los pastores, los lìderes, y todos aquellos que han alcanzado un peldaño más arriba que el resto de los mortales somos vulnerables a las caídas por el poder que se nos otorga y la admiración que recibimos.

No es que seamos guapos. Somos populares. Somos puestos en lugares desde donde el horizonte se ve a lo lejos y se puede perder de vista el acantilado que hay a nuestros pies. Como el águila que remonta su vuelo, que puede ver el infinito, prefiere siempre observar su entorno para saber en dónde está la presa. El águila y el cóndor no se elevan para sentirse superiores sino para buscar desde allá el sustento a sus polluelos. Pero el hombre no es así. Se marea en las alturas. Quiere mantenerse siempre allí para hacerse ver, para que todos lo admiren y se rindan a sus pies y se olvida que siempre tiene que bajar aunque sea al estercolero y al pantano para recordar de dónde fue sacado. Lamentablemente eso no sucede a veces. Y es cuando viene el fracaso final. Cuando lo abyecto se manifiesta. Cuando el miasma del alma aparece. Y la quimera de la vida se desvanece.

David fue fiel en la primera y tercera demanda, pero tristemente falló en la segunda y tomó otras mujeres quienes en vez de apaciguar su pasión más la aumentaron. Y el gigante que una vez fue vencedor de gigantes, ahora está vencido por ese gigante que albergaba en lo recóndito de su alma.

Creo que es un buen recordatorio para nosotros, ¿no amigos?

 

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