LA SAMARITANA

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Juan 4:15 “La mujer le dijo*: Señor, dame esa agua, para que no tenga sed ni venga hasta aquí a sacarla”

Esta no es una historia de alegría, es una historia de pasión. No es una historia de belleza, es una historia de dolor. El alma de una mujer lacerada es una historia de sinceridad. Esta es una historia sincera. Solo las mujeres que han sido heridas desde lo más profundo de su alma que vagan solitarias por las calles de nuestra ciudad y se sientan en las sillas de nuestras congregaciones con sus hijos en su regazo, conocen el lodo en donde las plantas de sus pies han pisado, y saben de los ojos heridos por las lágrimas inagotables del mal y del dolor.

Y ese espanto de la vida dolorosa y traicionera a la que han sido obligadas a vivir imprimen en sus almas un abismo de dolor en el lienzo de su corazón dejando un cuadro de abandono, tristeza y angustia. Ese era el cuadro interior de la mujer piadosa que salió al encuentro del  Maestro de Galilea en aquel pozo solitario.

Su infancia enclaustrada y solitaria, su niñez sin besos y  sin caricias la habían hecho sedienta de cariños,  a la indecisa visiòn de algún afecto, tendía hacia el amor los brazos, como una golondrina enferma abre las alas friolentas al primer beso del sol para calentar su alma de ese frío que congela el corazón y nubla la vista.

No se nos dice su nombre. Ni su edad. Ni sus formas. Eso significa que ella puede ser cualquiera de las damas que conocemos y que anodinamente están frente a los púlpitos anhelando un sorbo de esa agua que llena el alma sedienta de cariño y afectos. Son esas madres solteras o abandonadas por el hombre que un dìa les prometió amor eterno pero que a la vuelta de la esquina las deja abandonadas y frustradas por haber creído que ese pozo iba a saciar su sed de amor y ternura.

En el pozo está sentado un hombre. Y la mujer cree que es uno más como los demás. Que le dirá lo mismo de siempre. Que hablará las mismas y mentirosas palabras. Las mismas y falsas promesas. Y se prepara para cerrar sus oídos a cualquier insinuación de las que ya está cansada. Porque cinco veces ha abierto su ventana a las falsas luces de ese sol que espera un dìa alumbre el final de su vida. Pero las cinco veces ha fallado. O le han fallado. Todos se han aprovechado de ella y su infortunio. Se han aprovechado de su sed de calor. Sed de amor y de abrazos. Ella no ha buscado sexo. Ha buscado cariño. Besos tiernos y dulces para saciar su sed que desde niña no ha encontrado. Y hoy, en ese pozo que por necesidad debe ir, hay una figura masculina y solitaria a quién solo verla la pone en guardia. Por eso su reacción hostil: ¿còmo es que tú me pides agua a mí?  ¿No te das cuenta que estoy sola y abandonada? ¿No ves que mi vida ha sido un fracaso tras otro? ¿Me pides agua a mí, que estoy sedienta de vida? ¿De dónde quieres que saque lo que me pides si nadie se ha ocupado de llenar mi alma seca y estéril de vida? ¿No ves que estoy sedienta de amor y ternura? ¿Que tengo cinco bocas que alimentar porque los hombres en quienes abandoné mis esperanzas y sueños me dejaron tirada como se abandona un trapo viejo e inservible? ¿Y ahora vienes tú a pedirme que te de de beber?

¿Le parecen conocidas esas palabras, querida lectora? ¿Ha pasado usted por ese mismo pozo de soledad y angustia al ver que el dìa avanza y no llega la solución a sus problemas? ¿Que nadie en su congregación parece darse cuenta que usted existe? ¿Que es usted invisible a los demás?

Nosotros los pastores somos a veces tan indiferentes a esos cuadros de dolor invisible. Vemos entrar corriendo a esas mujeres con sus niños tomados de la mano y nunca nos acercamos a preguntar si tienen para su desayuno o almuerzo. Si tienen para sus medicinas. Si tienen para el pago del colegio. Estamos tan cómodos en nuestros púlpitos que nunca nos ocupamos de esas anodinas damas viviendo en la negrura de la soledad y el abandono. Son mujeres que salen de madrugada a trabajar para el pan de sus hijos y vuelven a la noche con los pies hinchados y el corazón acongojado a abrazar a sus hijos y llorar en silencio en la fría cama que tienen que ocupar cada noche.

Por eso Jesus se sentó en el pozo. Se sentó no a descansar sino a esperar. Èl sabía a qué hora iba a llegar ella. Sabía de su necesidad de agua de vida. Sabía de la sed que la consumía cada dìa. Sabía de la soledad de su alma. Sabía que sus brazos necesitaban otros brazos que la cobijaran y le dieran el calor de tantos años fríos.

Ese es el Jesus que yo amo. Ese es el Jesus que yo predico. No solamente el que salva, también el que restaura el alma y sacia el corazón sediento. El que sana la niñez herida. El que llena el horizonte vacío. El que llena de besos los labios estèriles. ¿Sabe por qué lo sé? Porque yo también, como la samaritana, un dìa fui a un pozo a buscar el agua que mi vida necesitaba. Y Èl me la dio. Sin condiciones. Sin prejuicios. Sin reproches. Sin preguntas.

¿Tiene usted sed? Vaya a Jesus. Èl está sentado en el pozo en donde usted serà saciada o saciado. Se lo garantizo.

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