Otra vez Pedro

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Mateo 26:74 “Entonces él comenzó a maldecir y a jurar: ¡Yo no conozco a ese hombre!”

¿Por qué algunos pastores no lloran?

¿Por qué no se dan el privilegio de mostrarse débiles ante la Presencia del Señor y ante su congregación? Claro, no es obligación que lo hagan. Lo aclaro por si acaso.

¿No será que temen perder el respeto de sus ovejas? ¿No será que no quieren que los vean débiles? ¿No será que se han burlado tanto de aquellos que lloramos ante la Majestad del Cielo y por eso ellos ahora se niegan a hacer lo mismo?

Por qué el estatus de algunos siervos del Señor es tan elevado que no se permiten un gesto de debilidad para seguir dando la impresión de que a ellos no les afecta en lo más mínimo la Presencia quebrantadora del Señor que predican. Prefieren mantener la calma. Prefieren que los vean incólumes ante las emociones que no deben aflorar ante los demás.

Como decimos en Guatemala, para guardar “el caché”. Que no nos vean derramando lágrimas para que siempre nos vean firmes, duros, rectos, bien arreglados, impasibles y fuertes. Aunque  el alma se está derritiendo por dentro. Porque al fin y al cabo somos hombres hechos de la misma materia que Adán. Somos polvo, mis queridos consiervos, somos polvo. Pero la admiración que un pastor despierta creo que aumenta cuando su gente lo ve al mismo nivel que ellos. Débiles. Llorando. Derramando su alma ante el Señor. Levantando las manos al Cielo en señal de rendición.

Eso fue lo que sorprendió a Pedro aquella noche en que Jesús está siendo golpeado e insultado. Pedro ve algo que nunca pensó de su Maestro. Siempre había acompañado a su Líder cuando estaba enojado contra los fariseos y les daba mensajes confrontativos. Cuando abría su boca y expresaba sentencias como “fariseos hipócritas, sepulcros blanqueados”. Pedro sentía un gozo interno cuando Jesús hablaba duro contra el sistema religioso al que él mismo no podía expresarse. “Duro con ellos, Jesús. Dales su merecido. Diles la verdad. Diles que nos han tenido bajo el yugo de la Ley y que ellos ni con un dedo quieren mover sus cargas. Diles que hasta ahora nos han oprimido y que ya estamos cansados de tanto abuso en nombre del Templo.  Habla tú por nosotros, Jesús. Tú que eres el Mesías enviado por nuestro Dios, diles lo que nosotros no podemos decirles. Aplástalos con tu verbo. Exponlos al ridículo y que sientan en carne propia lo que sentimos nosotros los del pueblo”

Ese quizá había sido el pensamiento de Pedro cuando caminaba por las calles de Galilea acompañando a su mentor. Verlo con el rostro al viento levantando su dedo acusador frente a aquellos que en vez de sanar al pueblo lo enfermaban más. Aquellos que en vez de alimentarlos les quitaban su poca comida. Aquellos que en vez de abrazar a los leprosos los repudiaban y los alejaban de sus familias temerosas de que se les acercaran.

Hay que notar también que Pedro vivió en una época en que cuando se hacía o se decía algo que no le gustaba al sistema religioso, sufría la pena máxima. Muerte por crucifixión. Y eso era algo doloroso. Pero eso no le puede pasar a Jesús. Jesús es diferente. Jesús es valiente. Él no llora como los demás. Él sabe dominar sus emociones. No es débil ni se deja amedrentar por nadie. Como muchos cristianos creen que son sus pastores. Valientes. Firmes. No se dejan emocionar por mensajes que toquen el alma. Muchos cristianos se sienten orgullosos de que sus pastores predican fuerte. Gritan y gesticulan ante el pecado y el pecador. “Duro con ellos, pastor”.

Esa madrugada Pedro vio a Jesús en un estado tan calamitoso que se sintió defraudado. No se defiende. No dice nada. Su boca no se ha abierto para expresar sus violentas palabras contra el sistema. Lo abofetean y pone la otra mejilla. Lo escupen y la baba le resbala por su rostro. Lo latiguean y no quita su espalda. Lo insultan y no responde. Pedro no entiende. Solo lo ve sufriendo en silencio. Como Cordero, mudo, sin hablar. Y es cuando expresa lo que muchos cristianos expresan cuando ven a sus pastores llorando de dolor, de angustia, de humillación. Llorando porque en sus casas no hay leche para sus hijos. No hay para el súper. No hay pan para el desayuno. No hay medicinas para su esposa enferma. Porque allí está la belleza y la fuerza: en la debilidad.

Y el miedo habló: “No lo conozco”. No sea que a mí me pase lo mismo. Si me ven con él dirán que yo también merezco lo que le pasa a él. A Pedro le dio miedo lo que vio y  lo negó.  Lo mismo sucede hoy. Ven a su pastor débil, clamando por ayuda celestial, siendo vituperado sin defenderse. Y dan la vuelta y se van de la iglesia. Buscan otra en donde el pastor sea más valiente. Más respondón. Menos llorón. Si le ha sucedido, pastor, no se preocupe, ya somos tres. Jesús, usted y yo.

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