Los espejos

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Éxodo 38:8 “Además hizo la pila de bronce y su base de bronce, con los espejos de las mujeres que servían a la puerta de la tienda de reunión”

Cóncavo. De varios metros de circunferencia. Era todo de bronce bruñido. El primero estaba sobre una base de bronce. Cabían unos tres mil litros de agua. En él debían lavarse los sacerdotes dos veces al dìa antes de entrar al Lugar Santo a ministrar al Señor.

Lo curioso de todo este ensamble que Dios le dijo a Moisés que preparara, es que es el único mueble del Tabernáculo que fue forrado por dentro con los espejos de las mujeres del campamento.

Fue una ofrenda curiosa que Dios pidió a las mujeres. ¿Por qué no a los hombres? Pero la Fuente de Bronce hecha con los espejos de las mujeres tiene un misterio más profundo que hasta hoy no ha sido muy enseñado en los colegios teológicos. Es por eso que se desconoce su función. Lo que significa tener ese mueble antes de entrar al Lugar Santo. Primero debían pasar por él para lavarse. Ignorar ese paso era fatal. Por eso los hijos de Aarón fueron calcinados por el fuego de Dios cuando entraron al Lugar Santo, saltándose ese pasó y quemaron incienso. No le dieron la importancia debida. Y Dios los castigó.

Eso es fatal también para nosotros hoy en día. Si no cuidamos ese fino y pequeño detalle de lo que significa que el Lavacro de Bronce debe utilizarse como Dios manda y tomar en cuenta su significado, puede que no seamos calcinados por un rayo divino, pero sí que perdamos el respaldo y el apoyo del Dios que predicamos.  Nuestro mensaje corre el riesgo de perder peso.  Pierde unción. Ya no impactamos a nadie cuando no tenemos el respaldo que necesitamos para ser verdaderos Sacerdotes del Señor para nuestra congregación.

Bien. ¿Por qué con los espejos de las mujeres? El sacerdote tenía que lavarse en ese sitio antes de entrar a ministrar al siguiente lugar del Tabernáculo viéndose en el espejo de su mujer. Cómo lo veía ella antes de entrar a cumplir su ministerio. Como lo veían en su casa. Como lo miraban viviendo como esposo, como padre, como encargado del hogar. En tiempos del desierto, en las tiendas quedaban la esposa y los hijos esperando que el padre regresara vivo después de haber servido en el Tabernáculo. El último rostro que él tenía que ver era el de su esposa. Como lo veía ella. Qué sentimientos guardaba sobre él. Como quedaba ella en casa. ¿Sabía que su hombre era un sacerdote verdadero o fingía ser quien no era?

No se sabía si este sacerdote tenía algo que arreglar en su casa antes de entrar al segundo plano del Tabernáculo. Por eso Dios le da la oportunidad de verse en el espejo de su esposa para recordarle si había dejado algo pendiente de arreglar, algo pendiente de decir o hacer. El sacerdote sabía que si había algún pecado escondido dentro de su corazón, lo más seguro era que no regresara nunca más a su casa. Le temblaban las piernas al solo entrar a lavarse.

Pero hoy, tristemente, lo último que vemos los pastores antes de subir al púlpito es el celular. O el último gol del partido que estábamos viendo. O quizá el rostro de la hermanita que está dando la bienvenida. Ya no nos preocupamos por cómo nos ve nuestra esposa antes de entregar el mensaje al pueblo que espera escuchar la Palabra de labios del sacerdote. Ya la esposa no está al frente para respaldar con su presencia lo que dice su esposo en el púlpito. Prefiere ir a hacer comida a la cafetería pero no estar allí sentada escuchando a veces un montón de historias que no son ciertas.

Porque quien nos conoce realmente como somos, quienes somos, en donde hemos estado y haciendo qué, es la mujer que vive a nuestro lado. Ellas son el espejo en donde debemos vernos antes que nada. Ellas son quienes reflejan nuestro verdadero estado de conducta. Ellas reflejan si realmente somos sinceros o hipócritas en el púlpito. A ellas usa Dios para darnos aprobación o reprobación. Son esos espejos en donde debemos vernos antes de entrar a funcionar como los sacerdotes que Dios espera que seamos. De lo contrario, estamos fingiendo lo que no somos. Estamos defraudando a nuestro Dios, a nuestra esposa a nuestros hijos y a nuestra congregación.

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