Los innombrables y los sin nombre

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Hace casi dos semanas un perturbado realizó matanzas colectivas en dos mezquitas de Nueva Zelandia. Antes de los ataques, publicó declaraciones confusas en su perfil de Facebook en las que planteaba que su acción produciría intimidación y eliminación de los «invasores extranjeros». Aparentemente, veía su acto bárbaro como un parteaguas que generaría una reacción en cadena, igualmente sangrienta, en los países occidentales. Precisamente por ello fue que la primera ministra de Nueva Zelandia, Jacinda Ardern, se negó a participar de semejante planteamiento. Ella dijo: «Es un terrorista, es un criminal, es un extremista, pero, cuando hablo, no tendrá nombre, y a los demás les imploro: digan los nombres de los que murieron en ese lugar en vez del nombre de quien los mató. Puede que haya buscado notoriedad, pero nosotros en Nueva Zelandia no le daremos nada, ni siquiera su nombre». Esa es la razón por la que la única fotografía que ha sido divulgada por el sistema penal de ese país lo presentaba con el rostro oculto digitalmente. Es la manera justa de tratar a los victimarios supremacistas. Por el contrario, la manera justa de tratar a las víctimas del racismo es no permitir que sus nombres queden en el olvido.

Esto también se aplica a las víctimas en la frontera entre México y los Estados Unidos. Existe mucha ambigüedad alrededor de los inmigrantes, sobre todo los indocumentados, porque permanecen invisibles a menos de que se los trate como un fenómeno que se acumula en la frontera. Susan Bibler habla de los espacios de «no-existencia» en donde viven los inmigrantes. La no-existencia laboral, ya que no tienen permisos formales para trabajar; la no-existencia en términos legales; la no-existencia en términos de identidad, ya que muchos trabajan con nombres y documentos falsos. A ello se suma la más absoluta no-existencia en el momento de sus muertes, ya que miles mueren en la frontera sin manera de ser identificados. Los argumentos antiinmigrantes como el de la amenaza a la seguridad nacional, el que arrebatan empleos a los nativos, el que se les considere criminales y delincuentes no pueden ser sostenidos con evidencias. Mas bien, son argumentos que tratan de disimular de muy mala manera posiciones verdaderamente racistas. Ese racismo es el que construye cercas y muros que obligan a los inmigrantes a buscar las rutas más largas y peligrosas. El camino de los desiertos les supone amenazas mortales adicionales como las altas temperaturas, ausencia de agua, el riesgo de perderse o el ser abandonados por los contrabandistas. Se estima que cada día un inmigrante pierde la vida en su intento de tener una oportunidad de trabajo.

Sus nombres son los que no se mencionan, porque quedan sumidos en el anonimato. Sus familiares no tienen manera de ir en su búsqueda por tierras que no conocen y en las cuales nadie sabe de ellos: legalmente nunca existieron para los países de paso. El rastro se pierde después de varios días o semanas sin comunicación y persistirá la pregunta sobre qué les ocurrió. Cada víctima merece ser reconocida y parte esencial de ello es que se mencionen sus nombres, que se preserven, que queden grabados en piedra para honrar la memoria de aquellos que tuvieron coraje para enfrentar obstáculos insuperables, fe en un Dios fiel que les comprendía y sufría con ellos, voluntad de sacrificarse por el bien de sus familias, bondad y servicio en un mundo hostil que maltrata a los extranjeros.

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