A su casa

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Lucas 8:39 “Vuelve a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas Dios ha hecho por ti. Y él se fue, proclamando por toda la ciudad cuán grandes cosas Jesús había hecho por él”

El miasma del pecado hace que el ser humano se revuelque en él sin darse cuenta de su propia condición. El hombre era un rechazado por todos. Sucio, desnudo, hediondo, lleno de ira, sin familia, sin hijos que lo besaran, hacía tiempo que nadie lo tocaba porque infundía miedo. Comía sobras. No hablaba, rugía. En su mirada se notaba un odio terrible hacia todo y hacia todos.

Cuando estudie la maestría en Divinidades me enseñaron el alfabeto que explica las diferentes conductas que rigen al ser humano. Entre ellas este la conducta “R”. Significa: resentimiento, rencor, rechazos, rabia y un largo etcétera. Esta conducta hace que la persona que la alimenta se vuelva un ser despreciable. Y luego se queja de que nadie lo quiere, nadie le habla, nadie quiere estar cerca de él o ella.

La causa no está fuera. La causa está dentro de nosotros mismos. Algo había sucedido en el hombre de Gadara para que llegara a esa condición. Una niñez agredida quizá por sus propios padres. Una niña abusada por un pariente cercano. Un niño golpeado sin misericordia. Una niñez robada. Quizá lo hicieron padre de sus hermanos mientras mamá iba al mercado a vender para ganar el sustento. Eso fue acumulando rabia y rencor en el corazón de aquel niño que no le permitieron tener sus propios juguetes como cualquiera del barrio. O aquella niña que deseaba jugar con sus muñecas pero tuvo que ser madre de sus hermanos pequeños. En su interior se acumularon recuerdos amargos y ahora rechaza todo gesto de amor y ternura volviéndose una mujer agresiva pero necesitada de un beso.

Todo esto y mucho más tenemos en el hombre de Gadara. Y nadie se podía imaginar la soledad de aquel ser humano convertido en piltrafa por los desórdenes que había en su interior. Había sido un hombre quizá trabajador, responsable y digno de confianza para que Jesús le haya dicho “que volviera a su casa y a los suyos”. Eso nos dice que no siempre había sido como lo estamos viendo en el pasaje que nos ocupa.

Como dijo una hermana cuando se quejó de su esposo que siempre quería tener sexo con ella sin saber que en su interior bullía una olla de presión a punto de estallar: “Es que tú solo ves lo de afuera, pero no ves lo que  hay dentro de mí”. Y eso nos pasa a todos. Solo vemos el exterior sin saber que dentro del interior de esa persona hay una tragedia griega que revela grandes problemas que provocan reacciones violentas y muchas veces ofensivas.

Es por eso que Jesús es tan maravilloso. Porque solo Él puede ver lo que hay dentro de nuestro interior. Si Jesús no llega a Gadara el hombre se muere sin haber sido comprendido. Porque nadie se había atrevido a conocer su génesis. Solo Jesús puede cambiar el sino de todos nosotros. Porque solo Él tiene la capacidad para ver qué causas provocan nuestras tormentas internas.

Hay algo hermoso en todo esto: Jesús no le dice al hombre que se vaya a una iglesia. Tampoco a un instituto bíblico. Menos a predicar a otras naciones. Le dice algo que mueve la alfombra religiosa de muchos pastores: “Ve a tu casa y a los tuyos.  Allá donde te ultrajaron, donde no te comprendieron, donde te rechazaron. Allá donde provocaste dolor, amargura, resentimientos y odios. Allá donde fuiste herido, donde fuiste amargado, donde fuiste golpeado. Anda y muestra lo que Dios ha hecho en tu vida. Anda, amigo y besa a tu esposa. Abraza a tus hijos. Cuéntales que ha hecho Dios en tu vida. Anda a tu casa en donde te espera tu familia que te necesita. La iglesia ya tiene suficientes diáconos y pastores. Pero en tu casa solo faltas tú.

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