Hijo del rey

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Jueces 8:18 “Como tú, así eran ellos; cada uno parecía hijo de rey”

Es un reto muy grande para los líderes de hoy en que el mundo se ha infiltrado a nuestras congregaciones. ¿En qué momento permitimos que eso sucediera? Cuando examinamos la conducta, la vida y la forma de conducirse de los antiguos pastores y líderes de la Iglesia vemos hombres dignos, que caminaban conforme su llamado y su ministerio. Realmente parecían “hijos de rey”.

Hablo de los que estamos  guiando a la nueva generación de jóvenes que necesitan un modelo a seguir. Y ese modelo debe ser su líder. Sin embargo, con mucha pena debemos reconocer que no estamos mostrando la imagen del siervo como lo pide el mandato de Tito en  2:7: “muestraté en todo como ejemplo de buenas obras, con pureza de doctrina, con dignidad” Con dignidad. Esa es la clave. Con dignidad. Con linaje. Con abolengo pues.

Vestimentas flojas. Camisetas fuera del pantalón. Leyendas absurdas que no tienen nada que ver con la Palabra. Pantalones tipo ranger. Cortes de cabello a la usanza de los deportistas o artistas del mundo. Recorte de cejas al más puro estilo femenino. Aritos en la oreja y bajo la lengua.  Tatuajes “artísticos”. Y muchas cosas más que para que les cuento.

Los jóvenes de hoy ya no tienen el ejemplo que debemos darles los pastores. Sus modelos ya no somos nosotros sino los del mundo. En lugar que ellos imiten la conducta y la fe de sus maestros de la Iglesia, están aprendiendo las costumbres de sus maestros de la calle. Sus señas, sus lenguajes, sus conductas. Es penoso de verdad como la Iglesia se permeó de tal manera que el sistema del mundo penetró sus bases y ahora se canta rock cristiano. Música romántica “para orar”, música para meditar, música para predicar al estilo gótico en algunos casos.

¿Qué nos ha pasado, hermanos? Es preocupante la forma en que nuestros jóvenes se conducen delante de nuestras propias narices. Noviazgos que terminan en embarazos prematuros. Madres solteras porque el joven que era del grupo de alabanza la deja embarazada y sus padres lo envían a esconderse cobardemente a los Estados Unidos. Porque no es un secreto que vemos el domingo a jovencitas con un niño de la mano sin un padre que le modele como ser hombre, como vivir como hombre, como comportarse como hombre. Y como todos sabemos, todos necesitamos un modelo a seguir: a falta de un padre cristiano esos niños recibirán el modelo de un malhechor seguramente. Y, francamente, si logra sobrevivir en su congregación, recibirá el ejemplo de sus compañeros de sillas que le enseñarán lo mismo que ellos: costumbres mundanas. Y el círculo vicioso se repetirá una y otra vez.

Y, ¿qué estamos haciendo los pastores para enderezar esas veredas? Es lamentable pero tampoco en muchos de nosotros esos jóvenes verán un paradigma diferente. Porque aún nosotros, los encargados de guiarlos y enseñarles las costumbres éticas y de buenas costumbres, nos verán disfrazados de artistas, disfrazados de santos cuando en realidad no somos ni lo uno ni lo otro. En otros casos, tristemente, habremos pastores que no nos interesa  lo físico, lo que se ve, sino que -disculpe, hermano Berges- el Señor lo que ve es lo de adentro, me dirá más de alguno.

Gedeón pregunta a unos reyes enemigos que aspecto tenían los jóvenes a quienes le habían dado muerte: Su respuesta nos deja una gran lección: “Se parecían a ti, Gedeón, tenían tú mismo aspecto, parecían hijos de rey” (interpretación mía). Y ese es el quid de la cuestión: ¿Nos ven los jóvenes a nosotros sus maestros, parecidos a hijos del Rey? Si hemos dicho que nuestro Rey es Jesús, ¿nos estamos pareciendo a Él? ¿En su forma de ser, de vivir, de hablar, de comer, de comportarnos, de tratar a las damas, y de conducirnos? ¿Están siguiendo nuestra forma de ser como hijos del Rey? ¿Estamos mostrando que somos linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, puedo adquirido por el Rey para ser sus representantes?

Gedeón no se avergonzó  cuando le dijeron que los jóvenes que habían sido eliminados eran como él, por una razón: “Y él dijo: Mis hermanos eran”. Ese es el reto. Los jóvenes que se congregan bajo el púlpito que Dios me ha dado, son mis hermanos. Y mi deber es que ellos también parezcan hijos del Rey. Pero yo debo darles el ejemplo. Es por eso que para mí,  están prohibidas muchas cosas: chistes. Vulgaridades. Ropas extravagantes. Tatuajes. Aritos en las orejas. Peinados del mundo. Cortes de cabello como los de la calle. Divorcio. Adulterio. Lujuria y otro montón de cosas que mi alma desea. Pero por ser hijo del Rey no se me permiten. ¿Todo por qué? Porque hay jóvenes observándome. Solo por eso.

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