“Mi hijo, mi orgullo”

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Isabel Camarena, Psicologa

Cuando tenemos la noticia de que estamos embarazados puede ser de gran alegría o gran tristeza, depende de nuestras circunstancias. Al aceptar esa bendición empezamos a imaginar cómo va a ser ese pequeño, cómo lo vamos a educar y empezamos a idealizar que será mucho mejor que nosotros, sus padres.

Frecuentemente queda en idealizaciones lo que esperamos de nuestros hijos, ya que fantaseamos nuestras expectativas personales (a veces no alcanzadas) en otro ser.

Tu hijo no será lo que tú quieres que sea!, él es un ser individual, con su propia inteligencia emocional y cognitiva, con sus deseos, carencias y necesidades; en sus cimientos tendrá los valores y principios que le transmitiste en sus primeros 7 años de vida, pero aún así buscará su misión en la vida, te agrade o estés en desacuerdo.

Como padres queremos lo mejor para nuestros hijos, evitamos que sufran, los aconsejamos para que no se equivoquen, los protegemos con nuestro inmenso amor que a veces se convierte en sobreprotección evitando que maduren y desarrollen sus propios recursos.

Observa a los niños y jóvenes de la actualidad, muchos de ellos no han alcanzado el desarrollo acorde a su edad cronológica; tienen una codependencia con sus padres. Los padres se quejan de la haraganería, groserías, bajo rendimiento académico y precocidad, pero continúan haciendo lo mismo “sobreprotegiéndolos” por miedo a que les pase algo.

Son tiempos difíciles, lo sé, delincuencia, violencia, fácil acceso a las drogas, gran influencia de las redes sociales, entre otras cosas, pero si sigues cultivando la codependencia, tu hijo será exactamente lo contrario a lo que tu quisieras que sea, será infeliz, temeroso, dependiente de que le digan qué es lo que tiene que hacer, vulnerable al bullying, frágil, con una gran necesidad de aprobación.

Siempre tienes que recordar que él tiene sus propios recursos, es un ser completo, un hijo de Dios, suéltalo poco a poco, dándole responsabilidades acorde a su edad, observa cómo se desarrolla, ofrécele tu hombro para llorar cuando se equivoque, extiéndela tu mano para levantarlo y oriéntalo nuevamente en el camino. Motívalo para que continúe, que jamás se rinda y se ocupe en ser cada vez mejor persona. Déjalo ser él mismo, auténtico, que encuentre sus propias soluciones, que tome sus propios riesgos y asuma sus consecuencias. Enséñale a reflexionar sobre sus actitudes y acciones con el fin de que reoriente sus decisiones; a tratar a los otros como quisiera ser tratado; a conocer a un Dios Padre misericordioso, a ofrecerle su diario vivir, a orar; a tener su propio proyecto de vida; a amar con respeto, sin dependencia.

Si respetas a tu hijo, si crees en él, si le apoyas sin hacerle las cosas, si lo orientas sin darle la solución, si dejas que asuma las consecuencias de sus actos, si lo dejas ser él mismo, si le permites luchar por sus sueños, si le estableces límites, si lo educas con firmeza y amor (disciplina) más tarde levantaras la cosecha de ver a tu hijo un adulto feliz, responsable, exitoso. Y gritaras a los cuatro vientos ¡MI HIJO, MI ORGULLO!.

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