La razón por la que caen nuestros líderes

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Es hora de cambiar la manera en la que las iglesias establecemos líderes.

Su nombre real no viene al caso, pero le llamaremos Adán. Baste con decir que el escándalo le explotó en la cara. No fue el primer hombre de Dios en caer en un pecado de inmoralidad sexual, y seguramente no será el último. Eso es precisamente lo terrible de su caso. Adán es “uno de muchos” en un campo de la vida en el que no debería haber ninguno. Él mismo había sido responsable de predicar a su congregación -con genuina convicción- sobre la santidad del creyente, habiendo expresado su condena en público y en privado contra pastores que habían caído en la inmoralidad. Ahora, toda la verdad sobre él había salido a la luz. Adán era otro más en la lista.

Adán llegó a Jesús en los primeros años de sus estudios universitarios. Su conversión fue tan radical como lo fue su involucramiento en la iglesia a la que asistía en esa época. Pronto fue conocido entre los demás jóvenes por su habilidad para recordar pasajes de la Biblia y repetir acertadamente los conceptos que los pastores predicaban desde el púlpito. En pocos meses llegó a ser parte del liderazgo del grupo juvenil y, para agrado de todos, no tardó en manifestar que creía estar llamado al ministerio. Su personalidad magnética se vio potenciada por el noviazgo que inició con Raquel, una de las jovencitas que habían crecido en la congregación y a quien todos en la iglesia amaban como a alguien de la familia. Juntos constituían “la pareja ideal” para ser pastores o misioneros. Sus pastores le consideraron como un candidato al diaconado, pero prefirieron darle una posición de más protagonismo en la congregación. A nadie sorprendió que la Iglesia les invitara a servir a       tiempo completo luego de contraer matrimonio.

Adán, entonces, inició su ascenso por la escalera del liderazgo ministerial.

Activo, inteligente, y capaz, Adán era, para todos los que estaban a su alrededor, un hombre espiritual. Nada despertaba inquietud alguna sobre su carácter. Es más, los otros pastores comentaban lo bueno que sería tener más Adanes en el equipo de ministerio. Raquel pronto conoció algunos de sus faltas de carácter y de sus luchas interiores; pero se tranquilizó pensando que nadie es perfecto. Y tenía razón, nadie lo es. Además, su amado esposo tenía las palabras correctas en los momentos apropiados; nadie -se atrevió a pensar ella- podría fingir la espiritualidad tan elaboradamente. Adán, entonces, continuó su ascenso natural como líder.

El joven pastor pronto se enfrentó a la realidad de que el ministerio es gente, y a que trabajar con gente conlleva mucha responsabilidad. Para él, más responsabilidad trajo más presiones. Nadie nunca le dijo que las presiones no se solventan por medio de una personalidad atractiva o un matrimonio bonito. O que ni siquiera el mucho conocimiento es de gran ayuda cuando se carece del carácter cristiano para usar correctamente la información que se conoce. Lo triste del caso de Adán es que decidió recurrir a su personalidad y conocimiento para cubrir la falta de capacidad para manejar la presión. Él hacía mucho ministerio, y lo hacía bien. Como la apariencia de control y normalidad es regularmente interpretada en las iglesias como sinónimo de crecimiento espiritual, Adán siguió creciendo ministerialmente. Esto le trajo aún más responsabilidades, las cuales a su vez causaron más presión en su alma. La vida comenzó a ser insoportable.

La espiral de deterioro había comenzado.

No es difícil adivinar qué le pasó a Adán. Los sicólogos le llaman burn-out. A veces, tal término pareciera ser intercambiable con lo que la Biblia llama pecado. Adán pronto llegó a ser un ministro conocido en las iglesias de su ciudad. Desafortunadamente, los demonios también le conocieron íntimamente, aprovechando al máximo las fallas en su carácter. La autoindulgencia condujo a la complacencia y la complacencia a la mentira para cubrir su autoindulgencia. Tal hipocresía le hizo sentirse sucio; y en su suciedad no tuvo armas para defenderse de las acusaciones de su conciencia. La culpabilidad le desanimó, y en su desánimo se permitió más autoindulgencia. Un pecado le llevó a otro -mientras, paradójicamente, una actividad ministerial le abría más puertas de ministerio- y, en lo que menos se dio cuenta, todas las barreras habían colapsado.

Finalmente, todo se supo. La hija de uno de los líderes de la iglesia en la que servía -apenas una chiquilla- le acusó de ser el padre de su bebé. Ella fue la primera en denunciarlo, pero no la primera con la que Adán cruzó la línea de la moralidad; hubo otras. El escándalo salpicó a su familia -y a toda la familia de la fe- al revelarse las mentiras, engaños e hipocresía con que suelen estar cubiertos los pecados oscuros de los creyentes; especialmente los pecados de los líderes. La expansión del reino sufrió una derrota que no será fácil de superar. Los detractores del Rey se encargarán de que ésta sea recordada por largo tiempo.

¿Cuál fue el error? Sin disculpar a Adán -quien tendrá que rendir cuentas por sus actos ante Jesús algún día- la primera equivocación no fue suya. El error lo cometieron los líderes que le establecieron como ministro sin cerciorarse de la solidez de su carácter. La falta nació de una filosofía de discipulado que transmite información y no vida; de un sistema de capacitación de líderes que comparte técnicas pero descuida el carácter de quienes capacita. El error lo cometimos todos los que perpetuamos una cultura cristiana en la que la personalidad y la actividad pesan más que el carácter probado y las convicciones auténticas. Los culpables somos los maestros de la Biblia que decidimos ignorar la exhortación de Pablo a Timoteo: No impongas con ligereza las manos a ninguno, ni participes en pecados ajenos. Consérvate puro. (1 Timoteo 5:22)

Del pecado de Adán participamos todos. Al menos todos los que no seguimos los principios con los que el Rey formó a los líderes de su movimiento. Es hora de hacer un alto y revisar la forma en que estamos estableciendo líderes en nuestras congregaciones.

1 Comentario

  1. buenas noches, es muy cierto y acertado esta historia, los libros de liderazgo nos han llevado a dejar a un lado los principios bíblicos, olvidando que la biblia es nuestra autoridad absoluta. DTB.

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