La reina de Saba

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1 Reyes 10:5 “…Y cuando la reina de Saba vió…el estado y los vestidos de los que le servían…se quedó asombrada”

El pasaje menciona que es una reina la que fue a visitar al rey Salomón y que quedó impresionada por lo que vio en sus ayudantes. No se trata de una plebeya fácilmente impresionable. No es una mujer del vulgo ni de clase baja. Es una reina. Acostumbrada a ver lo mejor de lo mejor. A vivir en la realeza. A disfrutar la mejor ambrosía de su mesa y lo más granado de su entorno. ¿Qué vio esta mujer entonces en los atrios de la casa de Salomón?

Elegancia suprema. Educación. Buenos modales. Abolengo. Empatía. Nobleza. Ambiente real. Parecían príncipes. Sus movimientos eran tan cuidadosos que invitaban a la contemplación. A la reina de Saba le impresionó no solo el estado de los que servían al rey sino también sus modales y sus vestidos.

Este pasaje me pone en la disyuntiva de preguntarme: ¿Qué verá en mí la reina de este siglo, la sociedad? ¿Las personas que me rodean y las que frecuento? ¿Qué verán en mí las personas ante quienes me debo mostrar cada día? ¿Ante quienes predico el Reino de mi Rey?

No es un secreto que muchos siervos del Rey Celestial no están presentado un buen testimonio de quienes deben ser ante los demás. No son los embajadores del Reino de Dios sino de su propio reino. La gente ya no cree en nosotros los pastores porque algunos han desviado la mirada de la gente de Dios hacia ellos mismos. Que los vean a ellos. Que los escuchen a ellos. Pero no estamos representando dignamente al Rey que nos llamó a su servicio.

Siervos usando lenguaje profano no solo desde los púlpitos sino también en privado. Profanan su propia boca que como dice el escritor bíblico, saca agua amarga y agua dulce al mismo tiempo. Ya la gente que los ve actuar en público no cree en el evangelio que se predica porque los frutos que ven no están de acuerdo con la Palabra que predicamos.

Todos debemos estar conscientes de cuáles son nuestros límites, nuestras fortalezas, nuestras debilidades para estar atentos a controlarlas o a usarlas según sea el caso. Hoy los pastores hemos dejado de vestirnos adecuadamente para representar al Rey al que servimos. Lo avergonzamos con nuestra presentación casi vulgar. Ahora no respetamos la dignidad que merece nuestro Rey de ser sus siervos que impactemos a la reina de este siglo, a la Saba que nos observa, que nos analiza y que no ve en nosotros hombres o mujeres dignos de ser respetados o dignificados.

Desde que vimos en las plataformas al señor Jobs vistiendo camisetas, jeans y tenis, muchos siervos del Señor imitaron su moda. Ahora el saco y la corbata han quedado obsoletas. Ahora la buena presentación ha sido relegada para los más legalistas. Los cortes de cabello en donde se mostraba nuestro linaje ha sido reemplazado imitando a los artistas o deportistas del momento. Sus tatuajes. Su conducta escandalosa. Sus vulgaridades.

Me pregunto: ¿En qué momento Jesús dejó de ser Rey? ¿En qué momento y quién lo ha destronado para que muchos de nosotros, sus siervos, ya no nos vistamos como debe ser para ejemplo de las nuevas generaciones? ¿En qué momento su Reino se convirtió en el reino de Steve Jobs o de quienes han marcado las modas para que dejemos de representar a nuestro Rey Jesús para representar a la farándula? ¿En qué momento dejamos de ser embajadores, nación santa, pueblo escogido y representantes del Reino Celestial?

Sé que corro el riesgo de caer mal. Sé que me arriesgo a ser criticado, pero también sé que puedo poner un granito de arena para beneficio de nuestra juventud, que vean en nosotros paradigmas dignos de ser imitados como nosotros imitamos a nuestro Señor como nos dijo Pablo. Que la nueva generación de artistas cristianos y cantantes que usan los púlpitos de la Casa de Dios comprendan que no solo los Voceros de Cristo, Manuel Bonilla y otros se presentaron con el debido respeto a quien cantaban. Que dejen ya esos sofismas cristianos de que la unción no está en la ropa sino en el corazón, y olvidan que aun las vestiduras sacerdotales, según Moisés, era ungida con el aceite de la unción.

Si la reina de Saba visitara una de nuestras congregaciones quedaría decepcionada al ver que los siervos del Rey del Universo no somos lo que debemos ser. Se quedaría espantada al ver siervos con pelo largo recogidos en colas de caballo, aritos en las orejas, predicando la Santa Palabra de Dios vestidos con ropas de playa en un lugar que debe ser santo.  Pero los tiempos cambian, pastor Berges. Sí, pero nuestro Dios no.

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