La responsabilidad de ser líder

0
649

Recientemente vimos cómo los requisitos básicos del carácter bíblico que Jetro pidió a Moisés al establecer líderes aun están vigentes para nosotros. Simple y sencillamente, no podemos y no debemos darnos el lujo de pensar que el reino de Dios avanzará si no tenemos líderes capaces, santos, responsables y que detesten el materialismo. Si tuvieras que evaluar tu liderazgo poniendo una nota del 1 al 10 y basándote en el criterio de Jetro… ¿cómo te calificarías?¿cómo crees que otros te evaluarían? Y, si tuvieras que evaluar el liderazgo de tu iglesia, ¿cuál puntuación le otorgarías? Aún más, si la evaluación tuvieras que hacerla sobre los líderes cristianos de tu ciudad, ¿cuánto les pondrías de calificación? Piensa. ¿Cuáles son las áreas en las que tú, tus líderes y los líderes cristianos de tu ciudad necesitan crecer más urgentemente? ¿Hay algo que podemos hacer para mejorar? ¿Qué debemos cambiar?

Dimensionemos nuestra responsabilidad

En el reino de Dios, ser llamado líder acarrea una responsabilidad gigantesca. Si bien el avance del reino depende del poder del Espíritu Santo, el estancamiento del mismo sucede por causa de las fallas de carácter en quienes somos sus líderes. Por eso, al igual que todo lo que es importante, el liderazgo no debe ser entregado de manera precipitada, antojadiza o circunstancial. La Biblia asume que un líder cristiano no es como los demás líderes. Jesús dijo que –a diferencia del mundo– los líderes en su movimiento no pueden enseñorearse de sus congregaciones, ni pretender ser superiores a aquellos a quienes sirven. Asímismo, a diferencia de otras realidades de la vida –empresas, gobiernos, organizaciones sociales, etc.– la iglesia no puede darse el lujo de tener líderes cuestionables y que no sean conformen a los valores que Jesús estableció para sus seguidores. Por eso, si tú tienes el privilegio de ser llamado “líder” en tu congregación, asume tu desafío creciendo en tu carácter. Las almas de nuestros conciudadanos y la gloria de nuestro Rey son responsabildades demasiado grandes como para tomarlas a la ligera.

Definamos qué es el éxito

Nuestro éxito sucede cuando Dios es glorificado. La causa del creyente es “que todos los pueblos de la tierra sepan que Jehová es Dios, y que no hay otro” (1 Reyes 8:60). Cuando una iglesia, sin importar si tiene lo que ahora se consideran otros parámetros de éxito, se permite admitir líderes que no viven para la gloria de Dios, fracasa. En Apocalipsis 3:17 Jesús dijo, precisamente a una iglesia localizada en Laodicea, las palabras que debemos considerar en nuestros días y en nuestra cultura: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo”. Entonces, una iglesia puede ser grande, vistosa o influyente; o pequeña, muy familiar y con mucha comodidad, pero en el reino es un fracaso. Una congregación puede tener proyectos de alcance masivo y beneficiar a multitudes –o apenas subsistir económicamente en circunstancias precarias– pero en los parámetros del Rey si sus líderes buscan su propia gloria, es un descalabro. El principio es simple: cuando sustituimos su reino por nuestros reinos, hemos perdido por completo la razón por la que fuimos establecidos como líderes.

Determinemos en qué hemos fallado

Si el éxito es la gloria de Dios, el fracaso sucede cuando Dios no es glorificado. Si Dios es glorificado cuando llevamos mucho fruto –y este fruto es primordialmente espiritual y no solamente numérico– el fallo radica en la pérdida del enfoque correcto. Si el enfoque es incorrecto, no debemos sorprendernos que la gloria de Dios esté lejos de ser el centro de la vida de nuestra sociedad y se haya convertido más en un término usado por personas religiosas aisladas en sus pequeños mundos doctrinales (o, incluso, de poder). Hemos fallado en el enfoque. Como norma general (y, si tu iglesia no es así, ¡dale las gracias a Dios!) ahora nos enfocamos en nuestras causas y no en su causa, en la forma y no en el fruto, en la cantidad y no en la calidad, en la personalidad y no en el carácter. Nuestro enfoque está en apreciar el activismo más que la capacidad y buscamos más la autoridad más que la influencia. Es cierto, muchas cosas buenas han pasado; gracias a Dios por las vidas cambiadas, las almas que han sido salvas y las congregaciones que están tratando con honestidad llevarle la gloria al Señor. Gracias a Dios por los pastores y los líderes honestos que se esfuerzan día a día para conformarse a Cristo y guiar a sus congregaciones por el camino único de la Palabra de Dios. Sin embargo, si alguien cuestiona que hemos fallado como iglesias debe ser honesto –brutalmente honesto– y ver los indicadores sociales en nuestro país. El reino de Dios no ha saturado los reinos personales, familiares y sociales. Producir muchos cristianos nominales y poca influencia en la sociedad está lejos de ser la meta de una iglesia que es la sal de la tierra.

Entonces, ¿qué debemos cambiar? ¿qué debemos continuar? ¿Podemos hacer algo en las Iglesias para garantizarnos que en el futuro nuestros líderes serán escogidos por su carácter y no por su personalidad? ¿Qué hacemos con los que ya están en una posición de liderazgo y no llenan los requisitos más elementales del liderazgo bíblico? ¿Debemos sencillamente cruzarnos de brazos y no hacer nada? ¿Quién tiene –o quienes tienen– la responsabilidad de iniciar los cambios?

En las próximas semanas buscaremos la respuesta a estas preguntas.

No hay comentarios

Dejar respuesta