“Millennials, centennials o generación Z…”

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Y tantos nombres más para identificar a las diferentes generaciones con sus características específicas en su percepción de vida y por consiguiente en sus actitudes y conductas.

Frecuentemente me consultan familias en conflicto entre padres e hijos, no pueden comunicarse ni tomar acuerdos para tener una sana convivencia. Estamos viviendo una época de relativismo,  “a lo malo se le llama bueno”, dependiendo del punto de vista como lo veas. Los hijos le dicen a los padres “relájate viejo”, “qué tiene de malo” y muchas expresiones más. Que si nosotros, los padres de hoy, en nuestra época de crianza hubiéramos expresado la mitad de esas frases, estaríamos chimuelos.

Tanta flexibilidad en la crianza de los hijos ha producido una cascada de problemas. No podemos estar en el autoritarismo, pero tampoco en la anarquía. Urgentemente debemos de retomar una “crianza con amor y firmeza”. Donde no hay negociación alguna en la educación cristiana, hábitos, buenas costumbres y respeto a la autoridad. Fomentando la confianza y comunicación fluida a través de la convivencia y el modelaje de los padres. Nuestros hijos necesitan dirección centrada en valores y en principios cristianos.

Los padres debemos de esforzarnos en mantener actualización continua en las múltiples áreas donde pueden incursionar nuestros hijos: tecnología, amigos, deportes, creatividad, noviazgo, sexo, videojuegos, netflix, alcohol, drogas, entre otras muchas áreas más, con el fin de educar preventivamente. Donde los hijos puedan encontrar sabiduría en sus padres y no solo regaño, crítica, negativa o desconocimiento.

En mi consulta, adolescentes y jóvenes expresan que con sus padres no pueden abordar ciertos temas, ya que no hay confianza o simplemente no se habla  porque es tabú. Por lo tanto, se dirigen a sus iguales o, a internet para buscar dirección o ampliar información, donde se cae en el peligro de la distorsión.

Los padres en su mayoría somos inmigrantes digitales, en cambio, nuestros hijos son nativos digitales, han nacido en la época de la tecnología, “apriete un botón y recibirá su recompensa inmediata”, creyendo que la vida es así.

Por nuestro inmenso amor, deseamos que no batallen como nosotros batallamos, que no carezcan lo que nosotros carecimos, tratando de darles todo, aún a pesar de nosotros mismos, reforzando su percepción de “apriete un botón y recibirá su recompensa inmediata”. Esto es un grandísimo error, ya que estamos fomentando el poco esfuerzo, la inconstancia, la pereza, la falta de sueños ya que no hay necesidad. Muchas veces creando hijos “nini” (ni estudian, ni trabajan), ni sueñan, ni desean, ni se esfuerzan, ni se emocionan, ni aman, ni empatizan. Solo quieren estar frente a la pantalla.

Si tienes hijos en formación o ya tienes en casa un “nini”, es urgente que modifiques las estrategias educativas; enséñalo a pescar, no le des el pescado; enséñalo a esforzarse y disfrutar de su esfuerzo; enséñalo a dar lo mejor de sí mismo; enséñalo a velar por sus padres; enséñalo a compartir con sus hermanos; enséñalo a convivir; enséñalo a trabajar; enséñalo a jugar sin tecnología.

Desde la generación millennials a los centennials, poco a poco se ha ido disminuyendo la capacidad de empatía “amar y velar por el prójimo”,  debido a muchos factores, entre ellos la falta de contacto interpersonal y el exceso de contacto digital; el reto para los padres es fomentar el amor y la capacidad de esfuerzo, “la vida no se basa en apriete un botón y reciba su recompensa inmediata; la vida es un esfuerzo continuo”.

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