El camino no andado (parte I)

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Es indudable, necesitamos mejores líderes. La pregunta es: ¿Podemos hacer algo en las Iglesias para garantizarnos que en el futuro nuestros líderes serán escogidos por su carácter y no por su personalidad? Honestamente, creo que sí. Probablemente has escuchado que los problemas no pueden ser resueltos en el mismo nivel de pensamiento en el que fueron creados. Tan acertado pensamiento (atribuido a Albert Einstein) tiene plena aplicación a los cambios que las iglesias debemos realizar para el desarrollo de un nuevo liderazgo. Una manera más coloquial de expresar la misma idea es entender que una definición de locura bien podría ser “repetir los mismos pasos y esperar resultados diferentes”. Para evitar tal sin sentido, como en todo cambio radical, debemos evaluar cuáles son los elementos que –aunque nos resulte incómodo o inconveniente– debemos desechar, cuáles debemos conservar y cuáles nuevos factores debemos incorporar. ¿Cuál es el camino no andado que ahora debemos recorrer? Hay cinco mojones en tal camino que necesitamos considerar: renunciar a la carnalidad, retornar al discipulado, apropiarnos de la visión de Dios, crecer en nuestra capacidad de capacitar y aprender a empoderar estratégicamente a la generación más joven en nuestras iglesias. Por cuestiones de espacio, reflexionemos sobre las primeras dos este día y dejemos las tres restantes para la próxima ocasión.

Alto a la carnalidad

La carnalidad glorifica a la carne, la espiritualidad al Espíritu. El principio es simple: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan 3:36). Si algo es hecho en el ministerio para la gloria, poder, comodidad, exaltación o beneficio de un hombre (aunque no se diga así abiertamente), es imposible que sea una acción espiritual. Si el ambiente en el que se forman los nuevos líderes está saturado por esta realidad, es imposible que ellos se desarrollen espiritualmente. Nos urge comprender que la carnalidad es un círculo vicioso que debe ser interrumpido intencionalmente: Una iglesia carnal, produce líderes carnales; líderes carnales producen más iglesias carnales. Esto es tan simple y elemental que podría ser pasado por alto. Por cierto, la espiritualidad poco tiene que ver con activismo en la iglesia. ¿Cómo se pone un alto a la carnalidad? No es complejo, pero tampoco es algo necesariamente fácil: el primer paso es profundo arrepentimiento, el segundo es volver a una relación con el Espíritu Santo en la que él controla nuestras decisiones, nuestra conducta y nuestro carácter. Piénsalo. No tendremos jamás en nuestras congregaciones los líderes espirituales que el país necesita mientras los que tenemos la responsabilidad de desarrollar nuevos líderes no tengamos un profundo compromiso con la Biblia vivida en el poder del Espíiritu Santo. No produciremos nuevos líderes que sean espirituales mientras los actuales no caminemos de la mano del Espíritu Santo.

Retorno al Discipulado

El discipulado es el proceso por medio del cual una persona se conforma a la imagen de Cristo y se convierte paulatinamente en aguien un poco más parecido Jesús. El discipulado es el estudio de la persona de Jesús y la incorporación intencional de lo que aprendemos de ella en nuestro carácter como personas. Es individual y no puede ser realizado en masa, ya que depende grandemente del deseo y la voluntad de cada quien en crecer en ese proceso. De esto, precisamente, se trata el cristianismo. No sucede solo por asistir a una iglesia, participar de una célula de oración o apropiarse de la identidad que proporcionan los elementos culturales evangélicos en boga. No se puede obligar a alguien a ser como Jesús, ¡ni siquiera se puede obligar a que desee serlo! El que quiere, quiere; el que no quiere, no quiere. El que quiere estará dispuesto a hacer los ajustes necesarios en su tiempo, sus gustos, y en su vida en general para avanzar en el proceso que le acerque a conformarse a la imagen de Cristo, el propósito que Dios tiene para cada uno de sus seguidores (Romanos 8:29). Entre aquellos que están creciendo en su proceso de conformarse a Cristo deben surgir los líderes de nuestras iglesias. Por supuesto, necesitan ser “capaces, temerosos de Dios, fieles y no materialistas” (como se lo dijo Jetro a Moisés); pero al mismo tiempo deben personificar los valores de Jesucristo ante un mundo necesitado –urgido– de personas normales que sean ejemplos de algo mejor que lo que la sociedad ya ofrece. Formar discípulos fue el método diseñado por Jesús (y luego seguido por sus apóstoles, por Pablo y por la iglesia primitiva) para influenciar este mundo. Aunque las expresiones congregacionales de adoración son buenas –léase los cultos en las iglesias– no seremos sal y luz desde dentro de un templo… por muy elocuente que sea el predicador, por impactante que sea la alabanza o por muy profesional que sea la producción del culto. Influenciaremos nuestro mundo con creyentes que se parezcan a Jesús liderados por quienes van a la cabeza de su proceso de crecimiento y hayan desarrollado las habilidades de liderazgo necesarias. ¿Cómo retornar al discipulado? Bueno, la clave no está en los programas (casi cualquiera podría funcionar) sino en el corazón de formar a otros para ser como Jesús. En el momento en el que volvamos a escoger “hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” y logremos “enseñarles a que guarden todas las cosas que él nos mandó” habremos retornado al corazón mismo del cristianismo y de la formación de líderes.

Un pensamiento final antes de poner pausa a esta reflexión: Obviamente, la responsabilidad principal del cambio organizacional de una iglesia recae en sus líderes. Los principios bíblicos que confirman tal responsabilidad son abrumadoras. “El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor.” Aunque todos en las iglesias debemos participar del desarrollo de un nuevo liderazgo, somos los líderes actuales quienes –algún día– daremos cuentas a Jesús por lo que acá hicimos.

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