La orden de Jesús

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Mateo 28:20 “enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”
Juan 2:5 “Su madre dijo* a los que servían: Haced todo lo que El os diga”

Indudablemente, a los pastores aún nos falta mucho para poder ser lo que debemos ser: Mensajeros del Señor para el pueblo. No estoy descubriendo el agua azucarada. Es lo que se ve y lo que se hace hoy en dìa en muchas congregaciones en donde se debiera predicar lo que Jesus ordenó y no lo que creemos nosotros los pastores que debemos enseñar.

Si algo ha dañado tremendamente a la Iglesia, es el estilo de los mensajeros que no estamos entregando el verdadero mensaje de Jesucristo. Hemos hecho nuestras propias teologías y las hemos acomodado al gusto del pueblo que sostiene los edificios con sus ofrendas. Y, con vergüenza hay que aceptarlo, los gustos del pastor y sus ayudantes.

Fiestas, carnavales, festejos mundanos, desfiles de moda, el super padre, la super mamá, la super hija y un largo etcétera se celebra hoy en la congregación en donde lo único que se debe celebrar es al Señor Jesus. Pero eso no atrae a la gente. Hay que modernizarse e incluso, en vez de llamarse predicadores de las Buenas Nuevas, hoy nos hacemos llamar motivadores, “influencers” oradores y muchos adjetivos màs con tal que los que tienen dinero y poder se congreguen con nosotros. Incluso, si usted nos observa, verà que ya se está perdiendo la ética en el vestir. Ya no nos presentamos ante el Señor vestidos adecuadamente sino imitando el estilo de los fabricantes de teléfonos celulares y gerentes de fábricas de vehículos.

Jesus y sus enseñanzas ha sido relegado al rincón de los recuerdos.

De la boca de Jesus escuchamos sus órdenes claramente: “enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” Pero, ¿lo estamos haciendo realmente, respetados pastores? ¿estamos instruyendo al pueblo del Señor (que no son nuestros), a guardar su Palabra, sus órdenes, mandamientos y preceptos? Cualquiera con cinco dedos de frente sabe que Jesus no empezó a enseñar en Mateo sino en Gènesis. Desde allí empiezan las enseñanzas del Maestro para que tanto los hombres, mujeres y niños aprendan a temer a Jehovà. Sin embargo, poco se predica sobre la santidad, el corte del cabello en los hombres, el trato hacia las mujeres y viceversa. El rol de los hombres como sacerdotes del hogar. El papel de la mujer como ayuda del hombre.

Se ha dejado de lado la enseñanza hacia la juventud. Hoy los jóvenes se visten como pobres, con pantalones rotos y las niñas ya no son niñas sino modelos de belleza con sus cuerpos bulìmicos que cuando les llegue el momento de ser madres no se sabe como irán a hacer para sostener en sus brazos a su bebé.

La Iglesia ha dejado de aprender cuál es el propósito de nuestra salvación. Ya no somos la luz del mundo. Mucho menos sal. Ya nadie quiere saber nada de los evangélicos porque sus conductas no están siendo ejemplos de virtud. Las tinieblas del mundo penetraron tanto a las congregaciones que la luz se ha apagado en muchas vidas. Ya no se enseña que fuimos “sacados de las tinieblas a la Luz para mostrar las virtudes de Aquel que nos llamó”. Las virtudes -si es que hay alguna- que se están mostrando son las de los futbolistas de moda, los artistas y cantantes cristianos de moda, la ropa y parafernalia del mundo.

Siempre les hago una pregunta a los jóvenes de mi congregación: ¿En dónde están sus amigos y amigas de la universidad? ¿Por qué no les están siguiendo a ustedes pero ustedes sí les siguen a ellos? ¿Qué están viendo sus compañeros de estudios en ustedes para que no les de sed de conocer al Señor que ustedes dicen servir? Y nadie se atreve a responder. Y lo saben bien: Sus conductas fuera de la iglesia es igual a la de ellos. El axioma se ha cumplido al revés: “Que ellos se conviertan a ti y no tú a ellos”. Y toda esta vergüenza ante los propios ojos del pastor tolerante que no se atreve a enseñar lo que Marìa le dijo a aquellos discípulos de Jesus en las bodas de Caná: “Haced todo lo que Èl os diga”. Por eso hoy no hay vino nuevo en nuestras vidas caballeros, por eso no hay vino nuevo en los matrimonios, en las familias, ni en los jóvenes. Los odres se están quedando vacíos.

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