¿Por qué a mi?

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Salmo 42:2 “…Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo…”

Aislarnos no es bueno, a menos que sea por una buena razón. Y creo que Dios tiene esa buena razón para mantenernos en estos momentos así como estamos.

A veces nos acostumbramos tanto a la Iglesia que ya no nos emociona llegar a cada servicio con la expectativa de qué hará el Señor ese dìa en nuestras vidas. Qué nos va a enseñar o qué milagro vamos a recibir. Porque lamentablemente, somos seres de costumbres. Nos acostumbramos a todo, menos a estar solos. La soledad no es buena para el ser humano. Somos gregarios. Fuimos creados para el compañerismo, para el contacto físico, para el abrazo. Sin embargo hay momentos en la vida en la que debemos pasar por momentos de aislamiento, quizá para volver a desear estar juntos.

Hoy escuchamos historias de violencia familiar. Esposos golpeando a sus esposas o viceversa. ¿Qué está sucediendo? Se acostumbraron a estar solos. Y este episodio en sus vidas matrimoniales les tomó por sorpresa. Hoy están juntos pero no saben como hacerlo. Y el hastío llega y explota de alguna manera. Dios, en su Misericordia, les está diciendo: Ustedes se casaron para estar juntos. No lo olviden. Y si lo olvidaron, deben aprenderlo nuevamente.

A veces el Señor parece que se aísla de nosotros. Nos sentimos solos sin su Presencia y nos angustia el hecho de creer que Èl ya se fue de nuestro lado por algún pecado o falta que hemos cometido. Pero no es así. Èl nunca se aparta de nosotros a menos que sea para enseñarnos algo. Creo que el Señor lo hace para despertar en nosotros esa hambre que necesitamos a veces porque el apetito de su Presencia se agota en nosotros y queremos otro plato en nuestra dieta. Es entonces cuando un torbellino de dudas y angustias nos llena el alma.

¿No se ha encontrado usted a veces haciendo preguntas y màs peguntas a Dios? Cuando las cosas no salen como nosotros esperamos, lo primero que brota -seamos sinceros-, no es una oración de gracias y una rendición. No. Lo primero que brota de nuestro corazón es una pregunta: ¿Por qué a mi?. No es que seamos carnales o ingratos. Es la reacción natural del corazón humano. Porque el primer impulso es preguntarle al Señor que siempre ha sido todo amor por qué en determinados momentos parece que se ha olvidado de nosotros.

No, no se culpe. Parece que a Dios le gusta ponernos en situaciones conflictivas para mostrarnos un destello màs radiante de su Gloria y su Poder. ¿Por que? No lo sé, aunque puedo intuir que lo hace quizá porque para mostrar su Luz y Bondad primero tiene que haber oscuridad y aflicción. Tiene que dejarnos con las manos vacías para poder llenarlas. Tiene que dejarnos sin asideros físicos para poner sus Manos en las nuestras.

Francamente, pienso que a Dios no le importa que le preguntemos eso. Job respondió a la multitud de problemas inexplicables que tenía, diciendo “¿Por qué escondes tu rostro, y me cuentas por tu enemigo? El profeta Habacuc clamó a Dios desde lo que parecía un exilio interminable junto con sus compatriotas: ¿Por qué miras con agrado a los que proceden pérfidamente, y callas cuando el impío traga al que es màs justo que èl? Jeremías trata de reconciliar lo que conocía de Dios con lo que veía en la práctica al exclamar “Màs tú, Jehova, permanecerás para siempre, tu trono de generación en generación. ¿Por qué te olvidas completamente de nosotros y nos abandonas tan largo tiempo? Y que decir del dulce cantor de Israel, David, cuando estando en aflicción expresó con un corazón atormentado: ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación y de las palabras de mi clamor?

Y el epítome de la pregunta, cuando Jesus exclamó sudando gotas de sangre en el Monte: ¿No hay otra manera, Padre? O que tal esta otra expresión de un corazón angustiado: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

No, mis amados lectores, que no nos acuse el Diablo de ser imprudentes. Somos gentes de carne y hueso que nos dolemos con el dolor. Y todo porque cuando el vacío llega a nuestras vidas, lo primero que hace nuestra alma es reclamar al Único que puede llenarla: Nuestro Buen Dios. Es como cuando el bebé pierde el olor de la madre: llora porque se siente abandonado.

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