El populacho

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Números 11:4 “Y el populacho que estaba entre ellos tenía un deseo insaciable; y también los hijos de Israel volvieron a llorar, y dijeron: ¿Quién nos dará carne para comer?”

A veces los cristianos confunden la disciplina y la sana enseñanza con legalismo. En varias ocasiones nos han acusado los jóvenes o matrimonios jóvenes de que somos demasiado exagerados cuando les enseñamos ciertas cosas que deben evitar en sus relaciones con otros matrimonios porque les pueden hacer daño en su fe y en su caminar en Cristo. No lo entienden hasta que han caído en algún problema de conductas equivocadas.

Hay palabras que parecen ofensivas pero son adjetivos propios de alguna clase de personas que no nos hacen nada bien. Al pueblo de Israel le hicieron mucho daño los que se habían apegado a ellos cuando salieron libres de Egipto y que creyeron que esa libertad era motivo para libertinaje. Números 11:4 dice: “Y el populacho que estaba entre ellos tenía un deseo insaciable”. “El populacho”, parece duro pero eso es lo que traduce la Biblia cuando se refiere a las personas que los indujeron a pedir carne. Dime con quien andas y te diré quien eres.

Mire a su alrededor y considere a quienes le acompañan en su diario caminar con Cristo. Al pensar en sus relaciones interpersonales màs íntimas -incluso aquellos que se sientan con usted en las sillas de la iglesia los domingos por la mañana-, ¿la mayoría pertenece al populacho, a la chusma, personas que son salvas, que han sido libradas del lazo del enemigo, pero que buscan la plenitud de Dios con poco entusiasmo? ¿Son tibios en su manera de vivir? ¿Son meros asistentes a la iglesia, cristianos de nombre, personas que están en el viaje, pero que solo van montados en el carro de otros? No se equivoque; la actitud de ellos afectará inevitablemente la suya.

¿Cómo sería su vida si buscara a Dios y le pidiera que le envíe a hombres y mujeres que apasionadamente buscan el Corazón de Dios, personas que lo siguen a donde Èl los guíe, incluso a expensas de la comodidad y aunque haya un costo que pagar, aun cuando delante de ellos se extienda hasta el horizonte un territorio hostil?

¿Qué sucedería si deliberadamente los buscara? ¿Qué pasaría si sus mejores amigos fueran personas cuya presencia despierte en usted el deseo de buscar algo màs que lo que ha conocido de Dios hasta este punto? ¿Qué sucedería si su deseo de encontrarse cara a cara con Dios estuviera alimentado constantemente por amigos cercanos y conocidos cuyas experiencias con Èl serian un tema de conversación común y natural? ¿Con cuánta rapidez y soltura le ayudarían a correr hacia su bendición?

¿Cómo serían sus experiencias espirituales si se rodeara de personas con un alto nivel de fe, de consagración y de búsqueda de la Presencia de Dios? No me responda. Yo sé la respuesta: Nunca se sentiría enfermo. Nunca pediría la carne de Egipto. Nunca volvería a ver atràs, a su pasado de esclavitud y desear regresar ni un centímetro a esa frontera. Nunca desearía salir con personas que le contaminan su vida espiritual y, por consecuencia, sus finanzas, su relación matrimonial y su trato con su familia.

Esa clase de gente que se les pegaron a los israelitas cuando salieron de Egipto, cuando las cosas se pusieron difíciles en el camino, los indujeron a pecar. Eran personas no transformadas, al igual que hoy en nuestras congregaciones, siempre al lado de una niña habrá una jovencita con vicios escondidos, con un estilo de vida que riñe con la alta moralidad cristiana y como manzana podrida, daña al resto. Pero el pastor necesita de mucho carácter para poder enseñar estas cosas. Es por eso que podemos ver jóvenes que en un principio estuvieron atentos a la Palabra, eran modelos de conducta mientras estuvieron bajo la tutela de sus padres y maestros en la Iglesia, pero de pronto, al nomás entrar a la Universidad, sus vidas sufren cambios radicales. Se vuelven carnales, tibios, malcriados y callejeros.

Se necesita entonces una buena y cerrada enseñanza de lo que es la pureza en la vida de nuestra juventud. Sin temor a ser criticados de legalistas como dije màs arriba, sin temor a que los mismos padres se opongan y arruinen la enseñanza que se les imparte a sus jóvenes.
¿En donde aprenden sus hijos a comprar ropa andrajosa? ¿Con quién aprenden a manejar sus redes sociales? ¿En donde aprendió su preciosa niña a vestirse provocativamente y despertar lujuria entre los muchachos? Sè que no le sorprenderá saberlo: En la misma Iglesia en donde usted y ellos cantan coritos y escuchan la Palabra. Padres: ustedes saben lo que es esto. En ustedes está la solución final.

¿Con quienes habla usted entonces? ¿Con quienes se relaciona? ¿Quienes le “acompañan” en su viaje? ¿De qué platica durante sus momentos sociales? Creo que por hoy, son suficientes preguntas.

SOLI DEO GLORIA

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