Lucas 15:8–10
No todo lo que se pierde hace ruido. Hay cosas que se van en silencio: la paz, la pasión, la fe sencilla, la alegría de servir. Y lo más peligroso no es perderlas, es acostumbrarnos a vivir sin ellas.
Jesús habló de una mujer que perdió una dracma. No era una fortuna, pero era suya. Formaba parte de lo que tenía, de lo que valoraba. Cuando se dio cuenta de que faltaba, no se resignó. No dijo: “No importa”.
Encendió la lámpara. Barrió la casa. Buscó con cuidado. No aceptó la pérdida como definitiva.
Esa mujer representa la fe que no se conforma con el vacío. La determinación que no aprende a vivir incompleta. El amor que no da por terminado lo que todavía tiene valor.
Cuántas veces hemos perdido cosas importantes en el alma. La confianza.
El ánimo. La esperanza en una promesa. Y poco a poco nos adaptamos al espacio vacío, como si fuera parte del paisaje. Pero esta historia nos confronta. Si algo tiene valor, se busca.
La mujer encendió luz donde había oscuridad. Movió lo que estaba acumulado. Revisó lo que parecía en orden. Y cuando encontró la moneda, se alegró.
El propósito de esta parábola no es solo hablar de una moneda.Es recordarnos que lo que se perdió todavía importa.
Mujer, si algo se ha apagado en tu vida, no lo declares muerto tan rápido. Enciende la lámpara. Revisa tu interior. Ora. Busca. El cielo se alegra cuando lo que parecía perdido vuelve a su lugar.
Lo que Dios puso en ti tiene valor. No te resignes a la ausencia. Lo que vale la pena, se busca. Y lo que se busca con fe, se encuentra.
Tomando Mi Nación Mujer
Emma de Cuéllar