Estamos en una etapa coyuntural de la historia de la Iglesia Evangélica. Al conmemorar 509 años de la Reforma Protestante, 130 años de presencia evangélica organizada en El Salvador y el Día Nacional de la Iglesia Evangélica Salvadoreña, tenemos la oportunidad de agradecer a Dios por el camino recorrido y reflexionar sobre la responsabilidad que nos corresponde asumir en esta generación.
El 31 de octubre de 1517 marcó un antes y un después en la historia de la Iglesia. Martín Lutero, monje agustino y teólogo alemán, dio a conocer sus noventa y cinco tesis en Wittenberg, Alemania. Sus cuestionamientos sobre las indulgencias contribuyeron al desarrollo de la Reforma Protestante, un movimiento que transformó profundamente la teología, la vida de las congregaciones y la comprensión de lo que significa ser Iglesia. De esa herencia recibimos un llamado que sigue vigente: examinar nuestra fe y nuestras prácticas a la luz de la Palabra de Dios, reconociendo a Jesucristo como Señor de la Iglesia.
Aunque ya habían existido esfuerzos por anunciar el evangelio en territorio salvadoreño, 379 años después de aquel acontecimiento, en 1896, llegó Samuel A. Purdie, enviado por la Misión Centroamericana —Central American Mission—. Su llegada marcó el inicio de la obra de nuestra misión en El Salvador y una etapa decisiva en el establecimiento de congregaciones evangélicas en el país. Por ello, la Iglesia Evangélica de El Salvador, Misión Centroamericana, celebra este año 130 años de presencia y servicio.
Los primeros misioneros y creyentes enfrentaron burlas, rechazo y persecución en un contexto religioso y social difícil. Predicar el evangelio requería convicción, perseverancia y disposición para sufrir por la fe. Al recordar sus esfuerzos, reconocemos la fidelidad de Dios y agradecemos a quienes dedicaron sus vidas a compartir el mensaje de Jesucristo. Su ejemplo nos recuerda que la misión avanza mediante personas que creen, obedecen y permanecen fieles al Señor en medio de las dificultades.
Con el paso de los años, la Iglesia Evangélica extendió su presencia y su servicio en la sociedad salvadoreña. El establecimiento del 31 de octubre como Día Nacional de la Iglesia Evangélica Salvadoreña, mediante el Decreto Legislativo n.º 514 de 2013, reformado por el Decreto n.º 842 de 2014, forma parte de ese reconocimiento. Esta conmemoración también nos invita a examinar cómo estamos ejerciendo nuestra influencia y cuánto de lo que proclamamos se refleja en nuestra manera de vivir.
Cada etapa de nuestra historia ha tenido sus propios desafíos. A nuestra generación le corresponde discernir los de este tiempo y responder con fidelidad bíblica, dependencia del Espíritu Santo y compromiso con la misión que Cristo nos ha encomendado. La gratitud por nuestra historia debe impulsarnos a formar discípulos, servir a las personas y transmitir a las nuevas generaciones una fe que conozcan, comprendan y vivan.
Desde esta perspectiva, considero pertinente señalar tres desafíos para la Iglesia Evangélica en la actualidad:
- Discipular a las nuevas generaciones
En nuestras congregaciones conviven generaciones con experiencias, formas de pensar y maneras de relacionarse muy diferentes. Los cambios culturales ocurren con rapidez, y los niños y adolescentes están construyendo su identidad en medio de múltiples voces que influyen en sus decisiones. Al mismo tiempo, las generaciones mayores, que han sostenido la vida y el servicio de nuestras iglesias, muchas veces encuentran dificultades para comprender y acompañar esos procesos.
Esta distancia también se refleja en la transmisión de la fe. Hay niños y adolescentes que participan en la iglesia mientras están bajo el cuidado de sus padres, pero cuando tienen mayor autonomía se alejan de la congregación y buscan otros horizontes espirituales. Esto debe llevarnos a examinar cómo los estamos discipulando. Asistir desde pequeños no significa necesariamente que hayan comprendido el evangelio, desarrollado una convicción personal de fe o encontrado una comunidad donde puedan expresar sus preguntas y recibir acompañamiento.
El desafío consiste en pastorear a las generaciones mayores y, al mismo tiempo, acompañar a las nuevas generaciones para que conozcan a Jesucristo y aprendan a seguirlo en su vida cotidiana. Necesitamos propiciar una relación donde la experiencia de los mayores contribuya a la formación de los más jóvenes y donde sus preguntas sean escuchadas con respeto. Encontrar ese punto de encuentro requiere discernimiento, paciencia y dirección del Espíritu Santo.
Para responder a este desafío, propongo fortalecer los espacios de transmisión de la fe, comenzando por la familia. La iglesia debe ayudar a los padres y madres a asumir sus responsabilidades bíblicas. Deuteronomio 6:6–7 enseña que la Palabra debe estar en el corazón de los padres y ser compartida con los hijos en la vida cotidiana. La formación espiritual comienza en el hogar, mediante la enseñanza, la oración y el ejemplo. Los hijos necesitan observar cómo la fe orienta nuestras decisiones, cómo pedimos perdón y cómo dependemos de Dios en medio de las dificultades. La iglesia acompaña y equipa a la familia en esta tarea.
También necesitamos un discipulado cercano, donde los niños, adolescentes y jóvenes puedan ser escuchados sin ser humillados, orientados sin ser rechazados y acompañados en sus desafíos cotidianos. Escuchar sus inquietudes nos permite enseñar la verdad bíblica con mayor claridad y aplicarla a las situaciones que están viviendo. Para ello, debemos formar personas capaces de caminar con ellos, reconocer sus luchas y ayudarles a crecer en su relación con Cristo.
La iglesia está llamada a ser una comunidad de fe que cuida, consuela y restaura; un lugar donde las heridas sean atendidas y cada persona encuentre oportunidades para crecer y servir. Hechos 3 presenta a un hombre que era llevado diariamente a la puerta del templo para pedir limosna. Pedro y Juan se detuvieron ante él y, en el nombre de Jesucristo, recibió sanidad. Después entró con ellos al templo, caminando y alabando a Dios. Este relato nos invita a considerar a quienes están cerca de nuestras congregaciones, pero todavía necesitan que alguien se detenga, los mire y los acompañe.
Discipular a las nuevas generaciones requiere esa disposición. Debemos conocer sus nombres, escuchar sus preguntas, compartir sus cargas y abrirles espacios de participación. Nuestra responsabilidad es transmitirles el evangelio y acompañarlos para que, por la obra del Espíritu Santo, hagan propia la fe, sigan a Jesucristo y participen en la misión de su Iglesia.
- Mantener nuestra esperanza y lealtad en Jesucristo
En la actualidad, la información llega a nuestras manos de manera instantánea. Las redes sociales están llenas de voces que exaltan a personas de gran prestigio, fama o poder: políticos, empresarios, deportistas e influencers cuyas vidas parecen ofrecer todo lo que otros desean alcanzar. Estas voces también llegan a la iglesia y pueden influir en nuestra manera de comprender el éxito, orientar nuestras aspiraciones y depositar nuestra esperanza.
En El Salvador, el anhelo de un país próspero encuentra expresión en las expectativas que muchas personas tienen sobre las políticas del gobierno actual. Ese deseo de bienestar es comprensible, especialmente en quienes enfrentan dificultades económicas y buscan mejores oportunidades para sus familias. Sin embargo, cuando ese anhelo se une a la exaltación de una figura humana, existe el riesgo de atribuirle una capacidad casi absoluta para resolver nuestros problemas y asegurar nuestro futuro. La iglesia necesita discernimiento para que su esperanza permanezca arraigada en Jesucristo.
El Salmo 146:3–5 nos advierte sobre la fragilidad de los gobernantes y declara bienaventurado a quien tiene su esperanza en el Señor. Esta enseñanza nos permite reconocer el trabajo de las autoridades y nuestras responsabilidades ciudadanas, conservando la claridad de que todo poder humano es limitado y pasajero. Asimismo, la afirmación de los apóstoles, “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch. 5:29), establece el límite de nuestra obediencia cuando una exigencia humana contradice la voluntad de Dios.
El desafío para la iglesia es conservar esa libertad espiritual y ese discernimiento bíblico. Cuando identifica su misión con un proyecto político o condiciona su voz a la admiración por un líder, compromete su capacidad de anunciar toda la verdad del evangelio. Puede llegar a justificar lo que debería examinar, guardar silencio donde debería hablar y dividir a los hermanos por lealtades que no deben gobernar la comunión de la iglesia. Nuestra responsabilidad es enseñar a valorar las acciones de cualquier autoridad a la luz de la justicia, la verdad y la dignidad de las personas.
Para responder a este desafío, propongo profundizar en las Escrituras. Necesitamos releer los evangelios para comprender el reino que Jesús anunció y la manera en que ejerció su autoridad mediante el servicio y la entrega de su propia vida. Las cartas apostólicas nos enseñan a vivir nuestra fe en la sociedad, honrar a las autoridades y mantener nuestra fidelidad a Cristo. La literatura apocalíptica, especialmente el Apocalipsis, nos ayuda a discernir las pretensiones del poder y nos recuerda que, aun en medio del sufrimiento y la oposición, la historia se dirige hacia la victoria definitiva de Dios y del Cordero. Para ello se requiere revisar la educación bíblica y teológica de los institutos bíblicos, seminarios o universidades.
Desde nuestros púlpitos debemos proclamar con claridad el señorío, la autoridad y el gobierno de Jesucristo. Colosenses 1:18 afirma que Él es la cabeza de la Iglesia. Esta verdad debe orientar nuestra predicación, nuestras decisiones y nuestras relaciones. Ninguna figura humana puede ocupar el lugar que le corresponde al Señor.
Una iglesia que reconoce a Cristo como su cabeza puede servir a su país, orar por sus gobernantes y contribuir al bienestar de la sociedad con libertad y responsabilidad. Su esperanza en el Señor le permite acompañar a las personas en sus necesidades presentes sin prometerles una seguridad que ningún gobierno puede garantizar. Nuestra misión es anunciar a Jesucristo, hacer discípulos y vivir conforme a su Palabra, confiando en que su reino permanece y su fidelidad sostiene a la Iglesia en cada etapa de la historia.
- Discernir los cambios de nuestra sociedad y responder con fidelidad a la misión
Al enfocar la mirada en El Salvador, encontramos una sociedad que atraviesa cambios profundos y cuyo rumbo todavía está en construcción. Después de la pandemia, hemos experimentado transformaciones políticas, sociales y culturales que influyen en la vida de las familias y las congregaciones. Todavía estamos comprendiendo sus alcances y las nuevas dinámicas que surgen de ellas. La Iglesia Evangélica, como parte de esta sociedad, necesita discernir lo que está ocurriendo y contribuir, desde el evangelio, a la sociedad que se está construyendo.
Estos cambios también presentan desafíos legales, administrativos, financieros y religiosos para los cuales muchas congregaciones no estaban preparadas. Los pastores y líderes deben atender responsabilidades que requieren orientación y aprendizaje, mientras acompañan a personas cuyas condiciones de vida también están cambiando. Por ello, necesitamos examinar cómo las jornadas laborales, las dificultades del transporte, las condiciones económicas y los cambios en la seguridad influyen en la participación de las personas y en las oportunidades para desarrollar el ministerio.
Durante la guerra y los años de violencia de las pandillas, muchas personas encontraron en la iglesia consuelo, refugio y esperanza frente al temor. En el contexto actual, donde las comunidades tienen condiciones diferentes de seguridad, debemos estar atentos para ver cómo cambian las necesidades, las prioridades y las búsquedas espirituales de las personas. La predicación debe mostrar que nuestra necesidad de Jesucristo alcanza toda la vida: necesitamos su gracia, su verdad y su dirección tanto en la angustia como en los tiempos de tranquilidad.
Responder a esta realidad requiere tiempo, atención y sabiduría pastoral. Necesitamos escuchar a las familias, conocer las dificultades de nuestras comunidades y revisar si nuestras formas de trabajo siguen facilitando el discipulado y el servicio. Habrá ajustes que realizar en los horarios, los espacios de formación y las maneras de acompañar a las personas. Esos ajustes deben surgir de una comprensión responsable del contexto y de una convicción clara sobre la misión que Cristo nos ha encomendado.
En este sentido, 1 Crónicas 12:32 destaca a los hijos de Isacar como hombres entendidos en los tiempos, que sabían lo que Israel debía hacer. Aunque el pasaje corresponde a un momento particular de la historia de Israel, nos recuerda el valor de comprender las circunstancias para orientar responsablemente al pueblo. La iglesia salvadoreña necesita cultivar ese discernimiento mediante la oración, el estudio de las Escrituras y la reflexión sobre su realidad.
Propongo, por tanto, fortalecer espacios donde teólogos, pastores, estudiantes, hombres y mujeres con discernimiento espiritual puedan reflexionar juntos y ofrecer orientación a nuestras congregaciones. Necesitamos relacionar la enseñanza bíblica con las preguntas de nuestro tiempo y formular propuestas que ayuden a la iglesia a servir con fidelidad. En medio de una sociedad que continúa cambiando, nos corresponde acompañar a las personas, anunciar el evangelio y contribuir con nuestro testimonio a una convivencia marcada por la verdad, la justicia y el amor al prójimo.
Conclusión: Pero lo más importante es recordar la promesa de Jesús acerca del Paráclito: «Él os guiará a toda la verdad […] y os hará saber las cosas que habrán de venir» (Jn. 16:13). Esta promesa nos llama a depender del Espíritu Santo, quien glorifica a Cristo y nos guía en su verdad. Para discipular a las nuevas generaciones, mantener nuestra esperanza en el Señor y discernir los cambios de nuestra sociedad, necesitamos escuchar al Espíritu a la luz de la Palabra y obedecer su dirección. Al agradecer por nuestra historia, debemos preguntarnos si estamos dispuestos a ser guiados por Dios para cumplir fielmente la misión en el tiempo que nos ha correspondido vivir.