Debido a que en el mundo cristiano hablamos mucho de obediencia, llamado, servicio y propósito, también necesitamos volver a un principio que no debe perderse: la honra.
La honra no es quedar bien con alguien, ni decir palabras bonitas por compromiso. La honra nace de un corazón agradecido, humilde y sensible a Dios. Cuando honramos, reconocemos que el Señor usa personas, autoridades, procesos y aun experiencias para formar nuestro carácter.
La Biblia nos enseña: “Pagad a todos lo que debéis… al que honra, honra” Romanos 13:7. También dice: “Honrad a todos” 1 Pedro 2:17. Esto nos recuerda que la honra no debe ser solo para algunos, sino una actitud que refleje a Cristo en nuestra manera de tratar al prójimo.
La honra tiene peso espiritual. Donde hay honra, hay orden, humildad y un corazón dispuesto para que Dios trabaje. Un corazón que honra no vive señalando, compitiendo ni menospreciando; aprende a reconocer la gracia de Dios en otros.
Porque no podemos decir que amamos a Dios y al mismo tiempo despreciar, ignorar o herir a nuestro hermano. Jesús nos enseñó a amar al prójimo, a servir con humildad y a mirar a los demás con misericordia.
Mujer, no basta con escuchar la Palabra; necesitamos accionarla. La mujer que escucha y obedece no se queda igual: aprende a honrar, perdonar, servir y caminar con un espíritu correcto.
Hoy preguntémonos: ¿estoy honrando a Dios con mi actitud? ¿Estoy honrando a mi prójimo con mis palabras y acciones?
Un corazón transformado por el Espíritu Santo siempre hace la diferencia.