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martes, octubre 20, 2020

Estorbos a tus oraciones

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Proverbios 6:16-19: “Seis cosas aborrece Jehová, Y aun siete abomina su alma: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, Las manos derramadoras de sangre inocente, El corazón que maquina pensamientos inicuos, Los pies presurosos para correr al mal, El testigo falso que habla mentiras, Y el que siembra discordia entre hermanos.”

Muchas veces oramos y no obtenemos respuesta a nuestro clamor, sumiéndonos en el derrotismo, la frustración y la pérdida del deseo de orar.

Deja de interesarnos hablar con Dios, debido a que percibimos Su silencio… pero ¿por qué?, ¿te lo has preguntado?, yo sí. Estoy convencida de que lo que estorba esta ansiada relación, muchas veces se debe a pecados ocultos o progresivos hasta para nosotros mismos, y también por actitudes inadecuadas que están ahí presentes y que no nos percatamos que contaminan nuestro intento de relación con nuestro Padre. Son esos “detalles” o “hábitos” que a veces subestimamos, y que se encuentran enraizados en nuestra manera de actuar, pensar o sentir, así como, por ejemplo: el rencor, la murmuración, el orgullo, nuestro ego, etc… convirtiéndose en verdaderos obstáculos insalvables que no permiten que podamos avanzar y gozar de las bendiciones que Él tiene preparadas para nosotros.

Al descubrirlos y reconocer que moran en tu vida, te aseguro que habrás superado gran parte de los “estorbos” que impiden que tus oraciones sean eficaces y contestadas conforme a Su perfecta voluntad.

Mis sentimientos, actitudes y emociones me han llevado al caos en mi interior, me han descontrolado, paralizado. Han sido como feroces dardos del enemigo, impidiendo la respuesta a mis oraciones. No reconocía a estas barreras como una realidad; tuve que conocer, aprender y crecer respecto a lo que implican. Decidí examinar mi vida y el por qué a veces hago lo que a Dios no le agrada. Al detectar las barreras que me impedían crecer, invoqué al Señor para que cambiará mi corazón y me diera la firme convicción de apartarme de ellas.

Hay barreras de oración que en muchas ocasiones preferimos fingir que no están en nosotros, no las queremos reconocer, porque al hacerlo nos  avergüenzan, desilusionan y dejan en total oscuridad… ya que no honran a Dios, son a veces las más crueles de enfrentar, porque ¡son batallas con uno mismo! Sin embargo, si te dejas llevar por ellas, te quedarás en medio del “pozo de la desesperación”, en lo más profundo del “lodo cenagoso” y solo te concederán una vida espiritual sin fruto, inerte, estéril y vana; que, al final, te mantendrán constantemente en pecado.

En mis primeros años de vida cristiana, aprendí a orar basada en mi sufrimiento, luego seguía aprendiendo de diversas maneras, y poco a poco dejé de ser insensible a las barreras que afligían mi corazón y que también impedían las tan ansiadas respuestas que esperaba de mi Padre Celestial.

Dios quiere bendecirte de muchas maneras, dándote paz y gozo, sanando tus heridas, liberándote de ataduras, proporcionándote aquellas necesidades que están en tu interior y muchas cosas más.

Te pido que leas cuidadosamente, con todo tu entendimiento estas barreras, pues con el discernimiento del Espíritu Santo, esto te ayudará a cumplir uno de los grandes objetivos en la vida cristiana: llegar a ser hijos que derraman su corazón ante el Padre Celestial, con genuina sed de  aprender a amar al Señor en espíritu y en verdad y así llegar a tener una relación profunda con el Dios Viviente para recibir su infalible promesa de experimentar su ayuda en “todas” las situaciones de nuestra vida.

No puedo mentirte, he transitado el oscuro valle de todas las barreras de las que te hablo en este libro. ¡Una y otra vez he batallado y sigo haciéndolo con las barreras que todavía se aferran en impedirme una perfecta y maravillosa relación con mi Señor!

Raras veces pedimos por nuestros conflictos internos, por aquellas cosas que hacemos en la intimidad o por las que no pueden ser agradables al Señor, en especial cuando dañan o hieren a otros. Estoy profundamente consciente de que los conflictos internos seguirán volviendo a mi vida de manera recurrente, cual olas del mar y que no hay ni habrá una receta que las elimine rápidamente y para siempre. Lo único que funciona, es llegar al pleno convencimiento de que hay que aprender a “clavar en la Cruz de Cristo” nuestras tormentas internas, día con día. Debemos primeramente hablar con Él sobre ellas en una comunicación sencilla y sincera, eso sólo lo conseguiremos revelándole nuestras faltas más ocultas o íntimas.

Hice la firme promesa al Señor, de desistir de una vida cristiana que finge la inexistencia, evade o niega estas barreras.

Desde entonces, siempre se las he entregado a Él y lo seguiré haciendo porque vuelven a nuestra vida, una y otra vez… pero Él siempre me ha dado esperanza y liberación, conforme a su amor inagotable ¡Estoy segura de que lo mismo hará contigo!

Hace muchos años, yo rechazaba tercamente el concepto “guerrero de oración”, debido a que no es de mi agrado nada que se relacione con violencia o conflictos armados; pero aprendí que la guerra espiritual es una realidad cotidiana y permanente; por lo que somos llamados a ser soldados de Cristo, que luchan a través del arma de la oración y la “espada del Espíritu” contra las barreras que moran en nuestro interior; las cuales nos impiden ser buenos intercesores de otros y frenan nuestro avance en la vida espiritual.

Las armas espirituales nos permiten triunfar sobre las diversas pruebas, algunas tan terribles que paralizarían hasta al más valiente soldado terrenal.

Nunca desistas de ser un incansable promotor de la pasión por la oración personal e intercesora, a pesar de que muchas veces sólo tu voz podría ser la única que al respecto se alce en tu propia casa, en tu grupo familiar, entre sus amigos y compañeros de estudio o trabajo y, en general, en tu entorno social, real o virtual.

Estaremos en las próximas 5 semanas en una serie muy interesante, este viernes iniciaremos con el primer impedimento que estorba las ansiadas respuestas que esperamos del Dios Viviente.

Con el amor de Cristo,

Helen de López

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