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lunes, noviembre 23, 2020

Estorbos en la oración: «Los pecados de tu boca» (2da. Parte)

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No. 3: LOS PECADOS DE TU BOCA (segunda parte)

Hace muchos años atrás, como escribí antes, no meditaba en Su Palabra, ni lograba tan siquiera pensar en acercarme en oración al atrio del Dios viviente, ya que mi corazón era altivo. Mi mente no encontraba reposo para lograr concentrarme en la oración, y poco a poco el Señor empezó a moldear mi carácter.

Así como Esdras, Daniel, Pablo y otros héroes de la fe se arrodillaban al Rey de misericordias, así debemos de vivir, con las manos extendidas, en súplica constante para que cambie nuestra actitud. Como Nehemías oraba, así debe ser nuestro clamor.

Nehemías 1:5-7 “Y dije: Te ruego, oh Jehová, Dios de los cielos, fuerte, grande y temible, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos; esté ahora atento tu oído y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo, que hago ahora delante de ti día y noche, por los hijos de Israel tus siervos; y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti; sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado. En extremo nos hemos corrompido contra ti, y no hemos guardado los mandamientos, estatutos y preceptos que diste a Moisés tu siervo.”

A pesar de tus oraciones, los ataques seguirán constantes, debes tener presente que Jesús puede librarnos del maligno. Reconozco que a veces no he tenido el valor para alejarme de una charla que se ha desviado hacia las murmuraciones o simplemente es una conversación que no puede ser agradable al Señor.
Te cito otro ejemplo que he vivido: En medio de una reunión se tocó el tema de una persona que estaba en caminos equivocados y ¿qué crees que hice, de estas tres opciones?

Pedí oración en ese grupo por esa persona.
Pedí que la conversación ya no siguiera más en ese sentido.

Me sume a los comentarios negativos e incluso di los míos.

La respuesta es que me sumé a la murmuración, no hice nada por detener aquella conversación… y mucho menos pensé en orar. Estando a solas, el Espíritu Santo me hizo ver mi falta.

Me avergüenza recordar este tipo de episodios en mi vida. Leí en el Salmo 15:1-3: “Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo, quien morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia y habla verdad en su corazón, el que no calumnia con su lengua, ni hace mal a su prójimo”. No tienes idea de cómo la Palabra contristaba mi corazón. Llegué en clamor al Señor, humillada y avergonzada, suplicando que me diera la decisión y convicción para apartarme de esto.

Sólo en las fuerzas de Dios y con la ayuda del Espíritu Santo podrás vencer esta barrera. Clama, súplica en la presencia de Él, que te dé esa firmeza para apartarte de estas situaciones. Dios no te desechará, pues tú mismo estás pidiendo el debido socorro para no herir el corazón del Creador.

Génesis 6:5,6 “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era
de continuo solamente el mal.

Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón.”

Al enemigo le gusta que desvanezcamos nuestra relación con el Señor, producto de lo que malo que pudiéramos decir con nuestra boca, el enemigo quiere que te consideres horrible, pecador, irredimible, agobiado. Pero el Señor dice: “Si alguno tiene sed de mí, venga a mí y beba”, reconozcamos los pecados que emanan de nuestra boca, y pidamos tener sed de Él para que nos sacie de abundancia espiritual y lo que salga de nuestra boca nos lleve más cerca de Él y nos permita habitar en Su presencia.

Jesucristo anhela todo de nuestra vida, Él quiere que controlemos nuestra boca, Él quiere que le glorifiquemos a través de nuestra manera de hablar.

Santiago 1:26. “Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.”

En una mañana muy agitada, tenía que salir para el trabajo y, de una manera muy grosera, estaba dando instrucciones a uno de mis hijos, al punto que herí sus sentimientos, de inmediato supe que había hecho algo mal y procedí a pedirle perdón. Con el pasar de las horas recordaba el penoso incidente y derramé lágrimas al recordar el rostro herido de mi hijo y las palabras que le había dicho. Imploraba perdón al Señor por el daño que había hecho, me sentí tan mal, que hasta pedí permiso de retirarme. Visité a una hermana amiga, que considero una de mis maestras y le narré lo sucedido. Escuché sus tiernas palabras que no fueron para nada acusadoras. “Helen, me dijo, ¡te has olvidado de la gracia del Señor! Él ya te perdonó”. ¡Como reconfortó mi corazón, al confirmar que mi Padre ya me había perdonado!

Dios intervendrá para sanarnos, pero debemos reconocer nuestras fallas y respetar lo que Él espera de nuestra boca. Una de las principales es que no hablemos cosas hirientes contra otros, que no difamemos, que no calumniemos, que no hablemos lo malo, que nos mantengamos limpios para que nuestras oraciones no tengan estorbo. Que hallemos en Él sanación, a fin de recibir todas las bendiciones que tiene preparadas para nosotros.

En estos momentos puedes implorar al Señor con esta oración:

Padre nuestro, Dios de eternas misericordias, te damos gracias porque hasta aquí tu bondad nos ha sostenido. Te pido Señor que santifiques mi boca, que no pueda ser usada para maldecir a mis semejantes que han sido hechos conforme a Tu imagen. Señor Jesús, reprende con tu sangre preciosa todo dicho malvado que salga de mi boca. Te suplico que de mí broten solo palabras de alabanza y de adoración hacia ti y que mi boca pueda expresar palabras de amor, que edifiquen a mi prójimo y no lo destruyan. Te ruego, que pueda hablar cosas verdaderas, justas, amables, benignas, dignas de admiración. Arranca de raíz, todo lo malo que hay en mí y en mi boca. Te lo pido, en el nombre de Jesús, Amén.

Con el amor de Cristo, Helen de López

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