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sábado, octubre 16, 2021

Fallece Padre de Dante Gebel

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Esta noche el pastor Dante Gebel acaba de dar la noticia del fallecimiento de su padre Federico Gebel a los 95 años de edad, a través de las redes  sociales Dante dedicó una emotiva despedida:

«ADIOS, MI VIEJO

Hoy se me fue el hombre que me llevó a su carpintería y yo me quedaba viendo sus dedos agarrotados, llenos de callos y golpes hecho a martillazos y formón.

Hoy se me fue el hombre que me enseñó a afeitarme; ponía un espejo en la pared que daba al galpón y decía que había que hacerlo con navaja, espuma y bajo la luz natural del día. Que eso era afeitarse de verdad, a lo macho.

Hoy se me fue el hombre que cuando metí la pata, me abrazó en silencio y susurró: “No es la muerte de nadie, ya vas a salir adelante”. Consejo sencillo, austero, pero de esos que te duran para toda la vida.

Hoy se me fue el hombre que veía “Grandes valores del tango”, y no se perdía un solo capítulo de Bonanza y El Gran Chaparral.

Hoy se me fue el hombre que en mi adolescencia, cuando le pregunté cómo se hacían los chicos, se puso colorado y me dijo que esas cosas no se preguntaban; que “¿para qué quería saber?”, que ya lo iba a apender solo. Y nunca mas le pregunté.

Hoy se me fue el hombre que cuando me echaron de la escuela secundaria, fue solito a hablar con los directivos del colegio Alemán. 

Y cuando le dijeron que su hijo no quería ser técnico electrónico, se sonrió y les dijo: “Y bué; ¿que le vamos a hacer?; a lo mejor es bueno para otra cosa”; y volvió a casa sin decirme una sola palabra, pero apenas llegó, me hizo un sandwich y me dijo que a partir de ese momento, trabajaría en la carpintería con el.

Hoy se me fue el hombre que me enseñó a manejar y lo hizo con su preciado Fiat 1500 (al Renault Gordini, su primer auto, jamás lo toqué) y me decía: “Si manejan tantos cabezas de termo, ¿cómo no vas a poder vos?”; y ese rústico consejo, me dio la audacia que necesitaba para no tener que ir a aprender a una autoescuela. Así que aprendí en medio de sus gritos: “¡Apretá el ambrague, que me vas a romper la caja de cambios!”. Aún así, me fascinaba que el me viera manejar.

Hoy se me fue el hombre que le agarró la mano ortopédica a Daniel Scioli (¡esa es una anécodta única!) y sin soltarla le dijo: “Gobernador, ¿Usted sabía que Dante es mi hijo?” Y el pobre Daniel, no sabía que decirle, ni que hacer. Mi viejo se hinchaba de orgullo cuando me mencionaba. 

Hoy se me fue el hombre que a sus 95 años vestía elegante, perfumado, con el peine en el bolsillo y jamás salía de su habitación si no le combinaba el cinturón con los zapatos. Un galán a tiempo completo.

Hoy se me fue el hombre que apenas sabía firmar y solo tenía cuarto grado de la escuela primaria, pero que trabajó como un animal, desde que tuvo uso de razón. 

Hace unas semanas me confesó que se quería ir, que estaba cansado; y yo le dije que estaba bien, que ya se acercaba la hora de viajar.

Y finalmente hace unos minutos, en una hora silenciosa, quieta, de marea baja, tomó el último tren a casa.

Hace poco le di un abrazo, le agradecí lo que tenía que agradecerle y le hice saber que, por mi parte, no había cuentas pendientes entre nosotros. Ninguna. Lo cuidé, lo sostuve y lo protegí hasta el último día, tal como el lo hizo conmigo cuando yo era chiquito. 

Se lo debía como hijo, como hombre de Dios y persona de bien.

Hoy se me fue el hombre que ya se quería ir hace rato, desde que en el 2013 se le adelantó el amor de su vida.

Se fue como un señor alemán. Sin degradarse, sin deterioro, sin corromperse, como una persona consciente. Un viejo hermoso y sereno. 

Así me despidió. Soltándose. Levantando el pulgar.

Hoy se me fue el último ser amado de mi familia.

Ya no me quedan raíces en Argentina, ni un hogar de la infancia para visitar; pero me hace saber que para esta hora, ya volvió a bailar una milonga con la vieja. No sin antes que ella le reproche: “¡Qué manera de tardar, che! ¡Y levantáte ese pantalón que pareces un tano que recién bajó del barco!” (así solía decirle cuando lo usaba un poquito debajo de la panza).

Y el viejo se dejará retar, se subirá el pantalón y será feliz otra vez. 

Hasta pronto, Federico; mi amigo el carpintero. Salúdame a la viejita. Ya te extraño; pero fue un placer ser tu hijo» concluyó Gebel.

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