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sábado, octubre 16, 2021

Preguntas en la soledad

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Lucas 24:13-15  “Y he aquí que aquel mismo día dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, que estaba como a once kilómetros de Jerusalén.  Y conversaban entre sí acerca de todas estas cosas que habían acontecido. Y sucedió que mientras conversaban y discutían, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos”

Lucas 24:17  “Y El les dijo: ¿Qué discusiones son estas que tenéis entre vosotros mientras vais andando? Y ellos se detuvieron, con semblante triste”

El polvo del camino llenaba sus pies y sus sandalias. Era como una bruma que opacaba el horizonte. La noche está llegando y las nubes amenazan con oscurecer todo el firmamento. El semblante de estos dos amigos se nota apesadumbrado, triste y con la mirada perdida en el camino.

Las montañas que rodeaban el lugar parecían grandes muros que les hacía sentir aún más encerrados en sus dudas y conflictos.  Han sucedido cosas que no se esperaban. Así son las cosas. Suceden porque sí. Sin mayor explicación.  En el corazón de todo ser humano hay como una necesidad de querer saber el por qué de la vida. No nos conformamos con solo vivirlos, queremos saber la razón que mueve todo detrás de los hechos que afectan nuestra existencia.

Estos dos hombres eran valientes.  Se habían quedado esas tres fatídicas horas al pie del cadalso en donde crucificaron a su Maestro. Es cierto, lo estuvieron de lejos por temor a los romanos que eran una raza despiadada con tal de mantener el orden imperial.

Y se quedaron porque esperaban un milagro. El milagro que su amigo y mentor rompiera las leyes de la física y bajara triunfante de ese madero ingrato, que se soltara de esos clavos que taladraban sus manos y pies, que se quitara esa horrorosa corona que lastimaba sus sienes y que cerrara esa horrenda herida que tenía en el costado que un ingrato soldado había hecho con su lanza.

¿Que? ¿Acaso no abrió los ojos a los ciegos?  ¿No hizo caminar cojos y rencos? ¿No hizo resucitar muertos? ¡Claro que sí!  Entonces, ¿por qué no pudo hacer algo por él mismo? ¿Por ellos que lo amaban entrañablemente? No. Algo está pasando en el Universo que no entienden. La soledad del camino a Emaús les hace hacerse más y más preguntas.  El camino se antoja duro, incierto y lleno de dudas. Dudas para las que aparentemente no hay respuestas.

Iban tan ensimismados en sus cavilaciones, en sus frustraciones de no poder entender los hechos de esa tarde que no se dieron cuenta de un tercer caminante que se unió a ellos.  Era un caminante aparentemente anodino. Sin ninguna parafernalia que mostrara lujo o elegancia. Era natural. Así como se ven los caminantes de las grandes ciudades. Solo que en este caminante hay algo diferente: se interesa por agregarse a la conversación de los dos amigos. Y hace la pregunta de rigor: ¿Qué discusiones son estas que tenéis mientras vais andando?

Y esa pregunta nos la hace en este mismo día que yo estoy escribiendo esto y usted leyéndolo.

¿Que son esas discusiones por lo que ha sucedido en su vida?  ¿Qué son esas inquietudes que tienen porque pasaron cosas que ustedes no entienden? ¿Que es ese sentimiento de ira y enojo porque no logran entender los designios de la vida?  Como a Job, el Señor nos hace las mismas preguntas: ¿En donde estaba tú cuando formé los cielos?

Y es que somos tan obtusos que queremos explicaciones a todo lo que nos inquieta. Así somos. Llenos de preguntas.  Llenos de dilemas que no podemos resolver.  Llenos de dudas por el futuro que no existe, porque solo existe el presente.

Los dos varones siguen su camino y le cuentan a su tercer acompañante las cosas que no entienden…

En un momento dado, al llegar a la casa e invitarlo a que se quede con ellos, al partir el pan, dice la Escritura, los ojos de ellos fueron abiertos y reconocieron a su huésped: Era su Maestro, su mentor, su Señor y Salvador. Hasta allí se dieron cuenta que sí había desprendido los clavos, había retirado la corona, había sellado la herida y había vuelto a la vida.

Ese es el primer milagro de la resurrección. Así resucitarán nuestros sueños frustrados. Nuestros proyectos desde hace años puestos en el congelador. Nuestras ilusiones de encontrar el verdadero amor. Nuestros deseos más escondido en el fondo de nuestro corazón. Porque Jesus no solo resucita muertos, también resucita ilusiones, sueños y proyectos.

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