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lunes, julio 4, 2022

¿Palabras duras? ¡No!

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(Es cuestión de prioridades)

Mateo 8:21-22 “Otro de los discípulos le dijo: Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre. 22 Pero Jesús le dijo*: Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos”

Bueno, hay que aclarar algunas cosas con respecto a las palabras que Jesus expresó en las Escrituras.  Cuando no conocemos el contexto judío de su tiempo malinterpretamos sus palabras y hay quienes lo acusan injustamente que es muy duro y exigente cuando se trata de seguirlo.

Especialmente aquellos que buscan la manera de evadir su llamado a una vida de consagración y entrega. Es más fácil razonar con nuestra mente lo que dijo el Maestro que investigar cómo lo dijo, por qué lo dijo y en qué momento lo dijo.

Veamos el ejemplo del joven que le dice que lo quiere seguir pero que antes desea ir y enterrar a su padre.  Ya hemos leído en el encabezado lo que le respondió Jesus: Deja que los muertos entierren a sus muertos y tú ven y sígueme.

Faltaba casi un mes para la muerte en la cruz en la que Jesus iba a sacrificar su vida por todos sus discípulos y por nosotros.  En esos días Jesus estaba preparando a sus amigos para la tragedia que se iba a desatar en la vida de todos ellos. Y los está preparando para ese momento tan difícil en su vida aquí en la tierra. 

Y es cuando viene ese muchacho a decirle que lo va a seguir pero después de arreglar algunas cosas que tiene pendiente. 

En los tiempos del Segundo Templo, el judaísmo tenía (y aún tiene en algunas partes de Israel), la costumbre que cuando un ser querido de alguien moría, tenían los familiares más cercanos que estar presentes para los días del entierro y del luto posterior, más el protocolo que debía seguirse con los que morían.

Al morir la persona, era costumbre enterrarlo el mismo día, a menos que muriera en sábado. De no ser así, el entierro debía llevarse a cabo el mismo día en la tarde antes de caer la noche. Esto era así porque si venía el tiempo de la resurrección, el muerto estaba más cerca de ese evento. Luego, vienen siete días de duelo en donde los dolientes no hacen nada, no cocinan ni limpiaba la casa ni se bañaban y se sentaban en el suelo con ceniza sobre sus cabezas. En esos días los vecinos se encargaban de cocinar para ellos y limpiar su casa.

Luego de los siete días, se esperaba un año para sacar los restos del difunto de su tumba y ponerlos en un ataúd más pequeño, ese era el segundo entierro. y era cuando se leía el testamento y se repartían los bienes entre los hijos y los familiares más cercanos.

A ese entierro se refiere el muchacho que le pide a Jesus que le deje ir. Su interés no era solo ir al segundo entierro de su padre sino a ver cuánto le había quedado en herencia.  Es decir: Jesus, te seguiré pero cuando tenga mi dinero o mis bienes bien asegurados. 

Entre líneas, Jesus le está diciendo: Tus prioridades, muchacho, están erradas. A mí me queda menos de un mes de vida y tú estas preocupado por saber qué herencia te dejó tu padre que ya está muerto. Deja que tus familiares que están muertos a la Vida que yo doy y tú ven y sígueme.

¿Lo entendemos ahora? No son exigencias “duras” las que Jesus le hace a esta persona y por extensión a nosotros.   Muchos cristianos le dicen lo mismo a Jesus: Primero permíteme terminar mi carrera y luego te seguiré.  Permíteme ahorrar un poco de dinero y después estaré en la iglesia todo el tiempo que quieras. Solo déjame encontrar mi pareja, casarme, tener hijos y mi casa y después veremos cómo te sirvo, Jesus.

El llamado a la consagración no es un apéndice de nuestras agendas, amigos. Es la prioridad número uno que debemos tener presente para no equivocar el blanco y perder lo que es para la eternidad a cambio de lo transitorio y banal.

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