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viernes, diciembre 9, 2022

¿Cuál era la prisa?

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Lucas 10:31-32 “Por casualidad cierto sacerdote bajaba por aquel camino, y cuando lo vio, pasó por el otro lado del camino. Del mismo modo, también un levita, cuando llegó al lugar y lo vio, pasó por el otro lado del camino”

El hombre -dicen las noticias-, quedó tirado en medio del camino. Era de madrugada. Iba rumbo a su trabajo. Sin duda, antes de salir con su lonchera en la mano le dio un beso a su esposa prometiéndole estar de regreso en la noche de ese día. Casi puedo escuchar a la esposa diciéndole las palabras que toda mujer que ama le dice a su esposo: “Por favor cuídate”.

Ni él ni ella sabían lo que el destino les tenía preparado para unas horas después. Porque quizá al cruzar la calle para tomar el bus que lo llevaría a su destino, un desalmado que iba a toda prisa sin pensar en nadie más que en él mismo y sus intereses, pasó a toda velocidad arrollando a aquel pobre hombre que minutos antes se había despedido de su esposa ofreciéndole regresar sano y salvo esa misma noche.

Dicen que murió al instante. Su cadáver quedó tirado como un cruel espectáculo ante la vista de todos en medio de la carretera. El chofer ingrato no se detuvo a ver si podía ayudar a la víctima  o permitir que la ley le pidiera cuentas. No. En vez de eso aceleró más hasta perderse de vista y nadie pudo notar ni el color del vehículo ni el número de las placas para identificarlo. 

La prisa, mis amigos, es mala consejera. Y esa misma prisa está provocando más muertes en las calles de nuestro país como nunca antes. Todos quieren llegar primero. Todos quieren pasar antes que los demás. Ya los semáforos son artículos puramente decorativos que nadie respeta. Los pasos de cebra en las esquinas ya n son garantía para los peatones. Las autoridades no tienen la capacidad para controlar ese síndrome de velocidad vertiginosa en la que estamos viviendo. 

Cada vez que regreso a mi casa y guardo mi vehículo sin ninguna novedad le doy gracias al Señor por haberme guardado y protegido de esa selva de cemento en donde el más fuerte todavía se come al más chico. Usted nunca sabe a quien tiene a su lado o quien viene en sentido contrario. Solo encomiende su alma al Señor para poder llegar a su casa y besar a su esposa y sus hijos respirando profundamente agradecido de haber llegado un día más en paz.

Hubo un desdichado que iba de camino a su casa. Lea bien el pasaje que nos dice de donde venía: “Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó…” Eso quiere decir que este desconocido había ido a la Capital del Culto a Dios, Jerusalem. Seguramente había ido a presentar ofrendas o sacrificio al Dios de Israel. Iba de regreso a su casa en Jericó cuando unos ingratos lo asaltaron y lo dejaron mal herido. De eso abundan nuestras tierras, no nos asombremos. 

Y, si lo que sigue lo hubiéramos leído hace muchos años atrás, nos asombraríamos de leerlo. Porque hace muchos años atrás aún existía algo que se llamaba compasión por el herido. Lástima por las víctimas de la maldad. Pero no nos asombra leerlo hoy. Porque el hoy es diferente. Ya la compasión y la empatía por el prójimo está totalmente ausente en muchas personas, incluyendo cristianos que se dicen discípulos de Cristo. Salvo, claro está, de algunos pocos que todavía sienten lástima por los heridos y abandonados.

Pero Jesus, que conoce las épocas y los tiempos, nos habla de lo que sucede hoy en día. Aquel pobre hombre que fue dejado tirado desangrándose por sus heridas, respirando aún su dolor y agonía, esperaba que una mano amiga se compadeciera de él. Pero no fue así en los primeros dos casos.

Seguramente, cuando vio que un sacerdote del Templo que había estado hacía unas horas ofreciendo sacrificios y holocaustos a Dios se iba a compadecer de él. Pero cual fue su sorpresa que el “fiel” servidor de Dios pasó de largo. Se cambió de acera para no detenerse y ayudarlo. A los pocos minutos también vio a lo lejos que otro de los ministros del Altar iba en dirección a él. Seguramente, pensó, que éste levita sí lo iba a ayudar. Que se compadecería de él y lo llevaría al médico. ¿Acaso los sacerdotes y levitas no se sabían la Ley de Dios al dedillo pues? Pero una cosa es vivir el mandamiento en el Templo y otra muy distinta es vivirlo fuera del Templo. Es la hipocresía evangélica que aún hoy practicamos. Porque dentro de las paredes de la Iglesia somos “muy santos y muy cumplidores de la Ley de Dios”, pero una vez salimos por las puertas y dinteles del templo nos volvemos a nuestras viejas maneras de vivir.

Ni el sacerdote ni el levita eran sinceros. Eran falsos cristianos. La prisa por llegar a sus casas y llegar a sus familias les indujo a dejar tirado al pobre prójimo. Esos ingratos evangélicos tenían tanta prisa por llegar a llenar su estómago que no les importó ignorar el segundo gran mandamiento de Dios: Amar al prójimo como a ti mismo.  Ah, pero allá adentro del Templo eran unos grandes actores de santidad. Sepulcros blanqueados los llamaría Jesus.

¿Cual es la prisa entonces queridos hermanos? ¿Cual es la prisa por terminar el servicio a Dios lo más rápidamente posible? ¿Por qué cantar solo unos dos o tres coritos y predicar treinta minutos un mensaje que ni tiempo da para que lo asimilen los asistentes? ¿Por qué no darle su Tiempo al Espíritu Santo para que ministre los corazones adoloridos y sangrantes de dolor interno de su pueblo? ¿Cual es la prisa? 

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