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miércoles, febrero 1, 2023

¿Estás seguro?

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Mateo 8:19-20 “Y un escriba se le acercó y le dijo: Maestro, te seguiré adondequiera que vayas. Y Jesús le dijo*: Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza”

La mayoría de las personas que abandonan el Camino, los que dejan la Iglesia, los que se aburren y se cansan de escuchar lo mismo cada semana, ignoran que el Señor les hizo una advertencia como condición para seguirlo.

Lo que sucede y es una pena decirlo, es que una buena parte de evangélicos han aceptado al Señor como su Salvador obligados por las circunstancias, por herencia familiar o por alguna necesidad que en el momento de “levantar” la mano estaban atravesando. Es por eso que lo reciben como su Salvador personal, pero no su Señor.  Porque si lo hubieran aceptado como su Señor que es él por antonomasia, nunca se alejarían de su lado, sencillamente porque el verdadero señor de sus vidas, al final, los convence de alejarse del Señor Jesus.

En otras palabras, Jesus nunca fue su Señor. Fue su Salvador pero  no su Señor.  Porque los que lo hemos conocido como nuestro Señor, le rendimos nuestra voluntad, nuestros deseos, nuestros cansancios y todo lo que nos pueda querer separar de su Amor.  Ya lo dijo el Apóstol: ni la muerte, ni la vida, ni ninguna cosa creada nos podrá separar del Amor de Dios en Cristo Jesus. ¿Lo notó? ninguna cosa creada. Es decir, todo lo que ha sido creado por Dios pierde importancia cuando se trata de obedecer a su Señorío.

Sin embargo, hubo personas que se acercaron a Jesus con la intención de hacerse sus discípulos. Y, aunque parezca ingrato, Jesus a algunos les puso cierta condiciones que ellos ni nosotros esperamos ver en su respuesta.  A un rico le dijo que vendiera todo y lo diera a los pobres. No pudo. Amaba más sus riquezas que verdaderamente seguir al Maestro. Jesus lo dejó ir. No insistió ni cambió su estándar como condición para convencerlo que lo siguiera. A otros les dijo que les hablaba en parábolas para que no entendieran sus enseñanzas.  Cuando Marta y María lo llamaron para que sanara a su hermanito Lázaro, Jesus llegó cuatro días después. A otra mujer le dijo que el pan no era para los perros, o sea para los que no eran israelitas.  Ella era extranjera, por lo tanto, no tenía derecho a recibir nada de él. Y así, podemos seguir con muchos ejemplos que Jesus ponía como prueba de qué tanto interés tenían esas personas en creer en él como Salvador y Dios.

En ese contexto, el texto que encabeza este escrito nos cuenta la historia de un escriba, era un hombre de alcurnia y abolengo, un hombre que conocía la Ley de Moisés al dedillo ya que se dedicaba a hacer copias de la Escritura a todo aquel que podía pagar por su trabajo que en aquel tiempo era carísimo.  Además tenemos que tomar en cuenta que era un privilegio ser un escriba ya que según los historiadores, el noventa por ciento de la población de Israel eran analfabetos, no sabían leer ni escribir, incluyendo a algunos reyes de la antigüedad que necesitaban el trabajo de estos privilegiados que eran pocos.  Lo sabemos por medio del escriba Esdras del Antiguo Testamento.

Pues bien, este hombre acaudalado se acerca a Jesus en un momento de emoción, en un momento en el que su corazón indudablemente ha escuchado hablar al Señor y se siente motivado a presentarse para formar parte de sus seguidores.  Pero Jesus le responde algo que a muchos nos deja con la boca abierta:

¿Estas seguro que quieres seguirme?  ¿Estas seguro que puedes dejar tus comodidades, tu prestigio, tu famoso y lucrativo trabajo por mi? ¿Sabes por qué te lo digo?  Porque las zorras tienen madrigueras, es decir, tienen cuevas como tú que tienes casa propia, que tienes buenos muebles, un televisor de alta gama, garaje para dos carros, sillones elegantes que casi no usas, oficina con escritorios de ébano, empleados que te sirvan y secretarias que te atiendan. ¿Lo puedes dejar por mi? 

Porque también debo decirte que aún las aves tienen nidos donde tener a sus pichones, como tú que tienes una buena cama donde dormir, una mesa elegante llena de manjares para comer, un rancho en la playa para descansar, amigos que te inviten a buenos restaurantes, y un buen sitio para vivir plácidamente.  ¿Puedes dejarlo también para seguirme? ¿Crees que te lo digo porque soy egoísta? ¿Porque no quiero que disfrutes de tu bienestar?  No, lo que sucede es que el Hijo del hombre no tiene ni donde recostar su cabeza. Yo no tengo nada que ofrecerte más que vida eterna, no te puedo ofrecer todo lo que tú has logrado con tu esfuerzo y trabajo. No tengo casa, ni muebles, ni cama ni almohada. No puedo darte, por el momento, lo que tu sueldo te provee, a menos que permitas que Yo te lo provea en mi tiempo y según mi Voluntad. Así que te repito la pregunta: ¿Estas seguro que quieres ser mi discípulo?

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