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sábado, abril 13, 2024

Antes de la enfermedad

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Éxodo 8:2 ”Pero si te niegas a dejarlos ir, he aquí, heriré todo tu territorio con ranas”

Somos gente de reacción. 

No hemos sido enseñado a la prevención. Es por eso que muchos de nuestros problemas nos agobian tremendamente y cuando ya sentimos el agua al cuello, es entonces cuando queremos pedir ayuda, oramos, ayunamos y pedimos a nuestros hermanos que nos acompañen en nuestros ruegos al Señor para que nos saque del problema en el que hemos caído.

No vemos las señales de la enfermedad sino hasta que ya es enfermedad. Es decir -corrijo-, no le damos importancia a los síntomas de que algo no está bien dentro de nosotros. Hasta que el apéndice está a punto de estallar, hasta que la gastritis ha carcomido nuestro estómago, hasta que la presión arterial anda por las nubes, hasta que la catarata en los ojos no nos deja ver.

Hasta entonces vamos al médico. Y empieza un calvario hospitalario.  Todo porque no vimos o no quisimos ponerle atención a las señales.

Eso le pasó al Faraón en Egipto en tiempos de Moisés.  Dios ha estado enviando señales, una tras otra para que este hombre necio y rebelde, prepotente y ególatra hiciera lo que debía haber hecho desde la primera señal: Dejar ir a los hebreos a que fueran a adorar a su Dios. 

Pero no quiso doblegar su orgullo. Claro, se creyó omnipotente. Se creía el dios que había creado el río Nilo y que éste era su servidor. Pensó que él era descendiente de los dioses de la antigüedad y que sobre él no podía caer ninguna de las plagas ni enfermedades con las que Dios había tratado de suavizarlo.  No, a todos les puede pasar, menos a él.

Eso dicen los viciosos. Fuman como chimeneas y lo que dicen es que a ellos el cáncer les hace los mandados. Beben y se emborrachan como vikingos y declaran que a ellos el licor no tiene por qué hacerles daño. Que son inmunes a las consecuencias hasta que un día el páncreas ya no les funciona y sucede lo que tenía que suceder. Cirrosis garantizada. Entonces, como dicen en mi pueblo: ¡Jesus María!

O que decir de los violentos. Se creen los bravos del barrio. Abusan de los vecinos y no hacen caso de las autoridades que les amenazan con multas y prisión si continúan con sus feas costumbres de poner su música a todo volumen a media noche, gritan y hacen escándalos porque se piensan que son los ricos de la cuadra. Hasta que llega otro más bravo que él y le pone los puntos sobre las íes. Santo remedio. Siempre hay un grande sobre otro grande mis amigos.

Dios fue más grande que Faraón. Pero éste no lo creía. Plaga tras plaga y este necio no hacía caso de hacer lo que Moisés de buenas maneras le pedía.  Oye, Faraón, deja ir al pueblo de Dios al desierto, hombre, porque si no lo haces, te vendrá otra cosa peor. Lo que estás viendo, las ranas, la sangre en el agua, los grillos y esas cosas no son sino los síntomas que te viene algo peor. Haznos caso, Faraón, haznos caso. Te vas a arrepentir de no obedecer la Voz de nuestro Dios. 

Hasta que llegó la muerte de los primogénitos. Entonces, dice la Escritura, el que se creía invencible tuvo que rogarles que se fueran. Tomen lo que quieran, oro, plata, piedras preciosas, sus hijos, sus mujeres y sus ganados y por favor quítense de nuestra tierra. La muerte de su hijo fue el corolario de toda aquella rebeldía de este hombre que ha pasado a la historia como un ejemplo de la necedad llevada al extremo ante el Dios Todopoderoso.

¿Y nosotros? ¿Vamos a seguir jugando a que somos Superman?  ¿Vamos a seguir tratando mal a nuestra pareja?  ¿Vamos a seguir insultando a la madre de nuestros hijos creyendo que no pasa nada? ¡Vamos, hombres! Un día el hijo va a crecer y -como hemos visto muchas veces-, el hijo ya adulto, toma valor y fuerzas y le suelta una sola patada al padre abusador y pegador de mujeres y lo deja quieto. O hasta que lo despiden del trabajo por irresponsable. O hasta que le quitan la casa porque se negó a pagar las mensualidades que ofreció cancelar al banco. O hasta que lo dejan solo y abandonado porque su familia se cansó de mantenerlo por aprovechado. 

Las señales, queridos, son los síntomas que algo está mal. Corramos a examinar nuestro corazón y nuestra conducta antes que la última plaga nos llegue a nosotros también.

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