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sábado, abril 13, 2024

El triste final de un gran rey

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1 Reyes 1:4 “La joven era muy hermosa; ella cuidaba al rey y le servía, pero el rey no la conoció”

En la preparación para mi tesis del Doctorado sobre la Familia Cristiana, mi profesor me pidió que estudiara en la Biblia las familias que componen la historia del pueblo de Israel. El desafío fue que encontrara una familia que no hubiera tenido ninguna mancha o conflicto de intereses entre sus miembros.

No encontré ninguna.

Todas las familias que componen la historia bíblica de Israel tuvieron más de algún problema entre sus miembros. No fueron familias perfectas como se creería en el ambiente bíblico. No se como Dios aceptó muchas de las situaciones que hoy nos darían vergüenza si se tratara de las nuestras. Incesto. Violaciones. Mentiras. Adulterios. Asesinatos. Intrigas y muchas cosas más.

Una de ellas es la de un rey que tiene fama de haber sido uno de los preferidos del Señor. Sus canciones de alabanza son inmejorables. Fue un diestro guerrero. Defensor de su pueblo como pocos. Agradó a Dios con todas sus fuerzas. Y así como lo adoraba a todas horas, fue también un pecador de todas horas. Mujeriego empedernido. Especialmente de mujeres casadas. Incluso se sospecha que tuvo como esposas a la madre y a la hija, cosa que era prohibida por la Ley de su Dios a quien tanto amaba y temía. Hablo de Ahinoam la que se cree que era esposa de Saúl y de su hija Mical.

Buen gobernante. Excelente escritor de salmos. Mal esposo. Y, lo peor: mal padre. No supo mantener unida a su familia. Tuvo tantos hijos con tantas mujeres que perdió el control de todos ellos. Todo comenzó como debe ser, desde el principio. David había tenido muchas mujeres y concubinas, pero al final no hubo ninguna que pudiera dirigir su casa en la intimidad, ni atenderlo en los servicios domésticos, ni “calentarle” en la cama, pues todas tenían sus ocupaciones cuidando sus propias casas y sus hijos, y, sobre todo, porque eran ancianas.  Además, posiblemente, solo querían aprovecharse del rey envejecido, utilizándolo para el triunfo de sus hijos.

Era ya viejo el rey David y entrado en años, que lo cubrían con vestidos pero no entraba en calor.  Sus servidores se dijeron: “Que se busque para mi señor el rey una joven virgen y lo asista y sea su cuidadora, que duerma en su seno y dé calor a mi señor el rey”.

Y se buscó una muchacha hermosa por todos los términos de Israel y encontraron a Abisag, la de Sunem y la llevaron al rey.  La joven era extraordinariamente bella, y era asistente del rey y su servidora, pero el rey no la conoció.

Este es el triste colofón de un rey anciano e impotente, a quien sus mujeres antiguas no cuidan, pero al que buscan y encuentran una joven que le pueda ofrecer los servicios más oficiales e íntimos y ofrecerle calor para quitarle el frío de la ancianidad, y darle también calor humano o sea encender su deseo, pues un rey solo está verdaderamente vivo mientras mantiene su potencia sexual y puede tener hijos que hereden su trono.

Por otra parte, si el rey tiene un nuevo hijo heredero sus siervos serán regentes hasta que alcance la mayoría de edad.  De esa manera, mientras Adonías y Salomón disputan el trono de su padre viejo, Abisag se ocupa de cuidar y administrar la casa real, de forma que cuando Betsabé viene a pedir audiencia, ella tiene que hacerlo a través de Abisag, que está presente mientas hablan.

Pero Abisag tampoco pudo mantener el poder, ni legarlo a sus hijos, pues el rey “no fue capaz de conocerla”.  Y todos sabemos lo que eso significa en la Biblia.

Así vemos que la figura de aquel gran hombre de guerra en sus años juveniles, aquel famoso matador de gigantes a quien las niñas le cantaban que había matado a sus “diez miles”, en los últimos años de su vida se convierte en un hombre anciano, fracasado emocionalmente, casi abandonado no solo por sus mujeres y concubinas pero también por sus hijos que estaban ocupados tratando de ocupar su trono como el siguiente rey de Israel.

El estrepitoso fracaso de David es un ejemplo de aquellos que aman a Dios, le sirven con todas sus fuerzas y todos sus talentos, pero en cuanto los años empiezan a blanquear sus sienes, en cuanto los años empiezan a menguar sus fuerzas y su intelecto, el cobro de sus desmanes pasan la factura ineludible que todos debemos cancelar. Triste final de un gran rey. Triste final de un gran amante. Triste final de un músico y adorador de Dios.

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