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sábado, julio 20, 2024

Si fuéramos honestos

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Jonás 2:12  “… pues yo sé que por mi causa ha venido esta gran tempestad sobre vosotros”

Todo empezó a derrumbarse. Uno tras otro, los problemas fueron cayendo como cartas de un castillo de naipes. Se esfumó el sueño de los ojos de alguien. Las deudas se acumularon. Llegó la enfermedad del niño. El hospital no dio ninguna garantía sobre el informe médico. Las medicinas están cada vez más caras…

En el trabajo les dijeron que muy pronto habrá recortes de personal y que seguramente sus nombres estaban en la lista. Del colegio han empezado a llegar notas advirtiendo que sus hijos no podrán pasar la prueba de fin de año por falta de pago. Ya les cortaron la luz y el servicio de agua está a punto de ser suspendido.

Parece que ya no queda lugar para otro problema más. La vida es abrumadora. El desvelo está empezando a hacer mella en la salud de la esposa. Los nervios están a flor de piel y por cualquier cosa le dan ganas de llorar. No puede ir a ninguna parte porque no puede dejar a sus hijos. No tiene -como el General de García Marquez-, quien le brinde una mano de ayuda. Su fe, como pábilo humeante amenaza con terminar de apagarse. En la iglesia lo único que le dicen es que van a orar por su casa y su familia. Que todo mejorará, que no se desespere. 

Pero, ¿como no desesperarse cuando en la refri ya no queda mucho para comer?  ¿Cómo no desesperarse cuando las cosas cada vez se ponen más y más feas?  ¿Cómo no angustiarse cuando las deudas se acumulan y el teléfono suena cada vez más insistente con los cobradores que ya están empezando a amenazar?

La vida tiene sus cobradores también. Y estos han llegado para quedarse en esa familia. Orar o rezar no tiene sentido. Implorar ya no funciona. Algo anda mal y no nos damos cuenta en donde está la causa. Todos guardan silencio a la hora de comer. Cada quien tiene sus propios pensamientos. Sus miradas huidizas tratan de no cruzarse con las otras por temor a sentirse culpables.  Pero hay algo en el ambiente que nos dice que la causa está entre nosotros. Pero no hay profeta en esa casa que nos diga en donde está. 

“Padre nuestro, que estás en los cielos…” es la oración antes de comer un mendrugo de pan en cada boca de los once miembros de aquella familia a la que la adversidad ha visitado. Una madre y diez hijos. Cinco y cinco. Todos en edad escolar. ¿El mayor? es quien escribe esto.

¿Usted pensó que estaba delirando mientras estoy escribiendo esta historia parecida a la de Jonás en el barco? No, no estoy hablando de alguna familia que se me ocurrió esta mañana que leí en mi devocional esta frase de Jonás: “pues yo sé que por mi causa ha venido esta gran tempestad sobre vosotros”. Era mi padre. Mi padre adoptivo que estaba viviendo con dos mujeres. Una, con quien estaba casado, era mi mamá. La otra era la amante. Mi mamá la llamaba “plato de segunda mesa”. De cuando en cuando, yo, siendo el mayor, me daba cuenta que discutían. Trataban de hacerlo calladamente. A veces en la cocina, otras veces en el patio. Y mi papá se ausentaba por días. Hasta que la ropa hedía de tan sucia que estaba que regresaba donde nosotros para que mi mamá le lavara sus trapos y le diera algo de comer. Porque la “otra doña” no le daba ni los buenos días.

Es el típico caso del hombre latino. Nos creemos muy listos y lo único que conseguimos es traer desgracias a la casa donde debimos ser fieles. Se nos va la mano cuando creemos que no habrá consecuencias de nuestros actos machistas, cuando creemos que podemos sostener dos hogares con el poco sueldo que se nos paga cada fin de mes. Y alguien tiene que pagar los platos rotos. Una de las dos casas tiene que sufrir el dolor y la escaces de lo realmente indispensable. Y los hijos lloran de hambre. Y la esposa tiene que salir a trabajar mientras deja a sus hijos a la Mano de Dios. Porque el cínico del hombre solo piensa en satisfacer sus instintos de macho sn pensar en el daño que le ocasiona a su familia como Jonás hizo con los marineros del barco. Lo primero que tuvieron que tirar al mar fue la comida, el trigo que les serviría de alimento y ni aún así se  calmó la tormenta que los atosigaba. Tuvieron que pasar muchas vicisitudes hasta que Jonás tuvo el valor civil de aceptar que todo era culpa suya. Que desde que había tomado la decisión de desobedecer al Señor todo había ido de mal en peor. 

Eso pasó en nuestra casa hará cosa de muchos años. Nuestro padre tuvo que abandonar a su esposa de años, a sus hijos, su hogar y su país. Tuvo que emigrar a otro país con la señora que le acompañaba hasta que se cansó de él y lo dejó abandonado en un edificio sucio y apestoso de la catorce calle de Manhattan, cerca del Barrio Chino. 

¿Y quiere saber el final? Mi mamá -ya cristiana-, tuvo el coraje de ir a buscarlo, convertirlo a Cristo y vivir con él el resto de sus días hasta que partió con el Señor.  Pero el recuerdo de la tormenta que nos provocó tanto dolor siempre estuvo flotando en nuestros recuerdos.

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