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sábado, julio 20, 2024

Solo ellos lo notaron.

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Por: Pr. Carlos Berges | Iglesia de Cristo Visión de Fe

Marcos 5: 29 “Al instante la fuente de su sangre se secó, y sintió…”

Marcos 5: 30 “Y enseguida Jesúss, ddándose cuenta…”

Fue algo privado. La situación no podía ser pública porque la Ley autorizaba a que esta mujer fuera apedreada hasta morir.  Atreverse a tocar a un hombre en la condición que ella se encontraba era tremendamente peligroso. Estaba inmunda a causa del flujo de sangre que llevaba oculto entre sus ropas.

Pero esa condición de inmundicia -le habían enseñado sus maestros fariseos-, le vedaba el derecho de vivir entre la gente normal. No podía ir a su casa a besar a sus hijos. No podía tener intimidad con su esposo. No podía cocinar porque los trastos que tocara quedarían inservibles. En suma: era una paria más entre los parias que poblaban Israel del primer siglo.

Esta mujer avergonzada y temerosa se acerca a Jesús secretamente, con la confianza de quedar curada de una enfermedad que la humilla desde hace tiempo.  Arruinada por los médicos, sola y sin futuro, viene a Jesús con una fe grande.  Solo busca una vida más digna y más sana.  Una vida que valga la pena vivir.  Una vida en la cual el sol brille solo para ella. Una vida que le permita besar y ser besada. Solo eso.

En el trasfondo del relato de Marcos se adivina un grave problema.  La mujer sufre pérdidas de sangre: una enfermedad que la obliga a vivir en un estado de impureza ritual y discriminación.

Las leyes religiosas le obligan a evitar el contacto con Jesús, y, sin embargo, es precisamente ese contacto el que la podría curar.

Este episodio, aparentemente insignificante, es un exponente más de lo que se recoge de manera constante en las fuentes evangélicas: la actuación salvadora de Jesús, comprometido siempre en liberar a la mujer de la exclusión social, de la opresión del varón en la familia patriarcal y de la dominación religiosa dentro del pueblo de Dios.

Es por eso que impacta más esta historia de dos personajes: La mujer con el flujo constante de sangre que la va secando paulatinamente y Jesús, el que siempre está dispuesto a sanar a los enfermos, a devolverle la esperanza a los desesperanzados y a darle nueva vida a aquellos que la han perdido en las curvas del camino.

Dos personas que, unidas con un mismo fin, encuentra cada uno la razón de su vivir. Ella, temerosa, se acerca a escondidas buscando el refugio en el manto del Maestro. Ha escuchado historias de sanidad. Ha presenciado uno que otro milagro y eso le ha servido para acercarse furtivamente y toca el manto de Jesús esperando encontrar allí la sanidad largamente esperada. Y la consigue. Y se dio cuenta que su cuerpo había respondido a ese maravilloso toque. La fuente de su sangría se secó al instante. Ella lo supo. Ella lo sintió. Ella lo vivió.

Jesús se dio cuenta que había salido Poder de él. Ese Poder que solamente el Espíritu Santo puede impartir a aquellos que están dispuestos a no negar que se les toque, a aquellos que no se esconden en sus oficinas esperando que todos alaben a Dios en el culto mientras ellos se “preparan” a escondidas para dar el mensaje que creen debe dar. Son la antítesis de Jesús que permitió que lo tocaran. ¿Acaso no te das cuenta de que la gente se apretuja a tu paso, Jesús? Le preguntan sus alumnos cuando él pregunta quien le ha tocado. La pregunta lleva un misterio más escondido todavía.

Jesús notó que alguien le había arrebatado algo que solamente él podía brindar. La mujer notó que su cuerpo había respondido a su fe. Ambos, Jesús y la dama en cuestión se dieron cuenta que algo había sucedido en el secreto de la muchedumbre. Es aquí en donde comprendemos que se puede estar solo en medio de una multitud. Es interesante notar que nadie, aparte de Jesús, notó el milagro que se había producido en medio de aquella multitud.  ¡Qué amor tan grande el de Jesús cuando se detiene a preguntarle a la mujer su historia!  ¡Qué ternura para detenerse en medio de la petición de Jairo solo para escuchar a estar mujer que tenía una necesidad urgente de ser escuchada!  Solo Jesús puede tener esos detalles de amor que nos deja sorprendidos por la belleza de su interés por el que sufre. Solo Él.

Cómo no amarlo más cada día.  Cómo no servirlo.  Cómo no adorarlo.

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