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sábado, julio 20, 2024

¿De qué discutimos? Parte II

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Por: Pr. Carlos Berges | Iglesia de Cristo Visión de Fe

Mateo 18:1-5  “En aquel momento se acercaron los discípulos a Jesús, diciendo: ¿Quién es, entonces, el mayor en el reino de los cielos?  Y Él, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.  Así pues, cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos.  Y el que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe”

Estamos equivocados, muy equivocados. Como cristianos, no hemos sabido ver la diferencia entre lo que el mundo ve y lo que ve Jesús.  Ciertamente, nuestros criterios no coinciden con los de Jesús.  ¿A quién de nosotros se le ocurre hoy pensar que los hombres y mujeres más importantes son aquellos que viven al servicio de los demás?

Para nosotros, importante es el hombre de prestigio, seguro de sí mismo, que ha alcanzado el éxito en algún campo de la vida, que ha logrado sobresalir sobre los demás y ser aplaudido por las gentes.  Esas personas con rostro que podemos ver en la televisión: Líderes políticos, premios Nobel, cantantes de moda, deportistas excepcionales… ¿Quién puede ser más importante que ellos?

Jesús no piensa así: Según su criterio, sencillamente esos miles y miles de hombres y mujeres anónimos, de rostro desconocido, a quien nadie hará homenaje alguno, pero que se desviven en el servicio desinteresado a los demás, personas que no viven para su éxito personal, esos son los grandes.  Gentes que no piensan solo en satisfacer egoístamente su deseos, sino que se preocupan de la felicidad de otros.

Según Jesús, hay una grandeza en la vida de estas personas que no aciertan a ser felices sin la felicidad de los demás.  Su vida es un misterio de entrega y desinterés.  Saben poner su vida a disposición de otros.  Actúan movidos por su bondad.  La solidaridad anima su trabajo, su quehacer diario, sus relaciones, su convivencia.

¿Qué ha pasado con nuestros niños que han estado en la Escuela Dominical cada domingo como lo hacen muchas congregaciones donde se predica a Cristo?  ¿Qué ha pasado después, cuando regresan a sus escuelas laicas y a sus dizque “hogares”?

¿Qué han hecho con ese bagaje que han aprendido en dicha Escuela Dominical cuando ya son adolescentes y en camino a convertirse en hombres o mujeres?  ¿Cuándo ya están a punto de introducirse en la sociedad que necesita de ejemplos de virtud y honestidad? ¿En dónde se ha quedado tirado todo ese conocimiento que muchas veces aprendieron en las bancas de su iglesia?  ¿Qué ha pasado para que el gigante de las calles, la violencia, la pobreza y muchos otros gigantes les robe su futuro?

Y es que los educadores no lo tienen fácil.  Piezas de un sistema de enseñanza que, por lo general, fomenta más la transmisión de datos que el acompañamiento humano, tienen el riesgo de convertirse en procesadores de información más que en maestros de vida.  Todo porque cada mañana deben enfrentarse a alumnos desmotivados e indolentes, sabiendo que apenas encontrarán en sus padres colaboración para su tarea diaria.

No se trata de culpar a nadie.  Es toda la sociedad la que ha de tomar conciencia de que un pueblo progresa cuando sabe acoger, cuidar y educar bien a las nuevas generaciones. 

Es un error planificar el futuro de nuestros jóvenes descuidando la educación integral de los mismos.  Es necesario apoyar más a la familia, valorar mejor a los educadores, saber que la tarea más importante para el futuro es mejorar la calidad humana de quienes un día serán sus protagonistas

No sé si soy utópico o soñador de sueños, pero me interesa mucho enseñar al hombre que logro alcanzar, a llegar a ser un “verdadero hombre”. Nuestras iglesias y nuestra sociedad necesitan ver paradigmas de hombres responsables de sus hogares, hombres que engendran hijos para bendecir a su iglesia y a su sociedad. Hombres que sepan dirigir, enseñar y acompañar a sus hijos hasta que logren tomar su propio vuelo.

Pero tristemente, es más fácil tratar al niño como una pequeña computadora a la que alimentamos de datos que acercarnos a él para abrir sus ojos y su corazón a todo lo bueno, lo bello, lo noble.  Es más cómodo sobrecargarlo de actividades escolares que acompañarlo en el descubrimiento de la vida.

Solo hombres y mujeres, como padres respetuosos, que saben escuchar las preguntas importantes del niño para presentarle con humildad las propias convicciones, pueden ayudarle a crecer como persona. Solo pastores y maestros que saben intuir la soledad de tantos niños, para ofrecerles su mano cariñosa y firme, pueden despertar en ellos el amor verdadero a la vida. Porque dijo Jesús: “el que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe”

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