2 Reyes 22:14-20 / 2 Crónicas 34:22-28
Vivimos rodeadas de voces. La del cansancio que agota, la de la preocupación que ahoga, la del miedo que paraliza, la de la crítica que hiere, la de la rutina que adormece el alma.
Pero ninguna de ellas define la vida de una mujer de Dios. La voz más importante no es la que más grita…
es la que transforma.
La voz de Dios es la única que sostiene, alinea, corrige, abre camino y da propósito. Cuando una mujer deja de oírla, se confunde. Pero cuando la valora por encima de todo… Dios la posiciona donde nadie imaginó.
Hulda era una mujer de peso espiritual, no porque estuviera en una plataforma, sino porque su intimidad con Dios tenía raíces profundas.Su autoridad no venía de un púlpito,
sino de un oído afinado a la voz del Señor. Sacerdotes, escribas y líderes buscaban su discernimiento porque cuando Hulda hablaba… el cielo la respaldaba. No era famosa… pero era confiable. No era visible para todos… pero era la elegida de Dios en el momento crítico.
En tiempos de Josías, Israel estaba espiritualmente quebrado. El templo descuidado, la Palabra olvidada, la nación confundida. Cuando encontraron el “Libro de la Ley”, nadie sabía qué hacer. Había líderes…
pero buscaron a una mujer que sabía escuchar a Dios.
Hulda recibió la consulta sin temor. No habló para agradar, no suavizó el mensaje, no predijo desde emociones. Habló desde claridad, convicción y obediencia.
Anunció juicio para la nación,
pero también misericordia para Josías porque él sí escuchó la voz de Dios con humildad.
Hulda nos recuerda que la mujer que escucha a Dios es peligrosa para el enemigo y poderosa en las manos del Señor.
Mujer, no descuides la voz divina:
la que guía, corrige, afirma tu llamado y te sostiene cuando no entiendes nada.
Cuando Dios encuentra una mujer que escucha… Confía en ella para hablar a su generación.
Tomando Mi Nación Mujer
Emma de Cuéllar