1 Samuel 1:1–7
Hay heridas que no se ven, pero se oyen. Se escuchan en las palabras duras, en las comparaciones constantes, en la necesidad de provocar para sentirse valiosa.
Penina representa ese dolor. La Biblia no la presenta como un modelo a seguir, sino como el reflejo de un corazón que no ha sanado.
Ella tenía lo que Ana deseaba, pero aun así no estaba en paz. La comparación se volvió su lenguaje y la provocación, su manera de sentirse superior.
Cuando el alma no ha sido sanada, termina hiriendo a otros. Penina nos enseña que se puede tener lo que otros anhelan y aun así vivir vacías.
Se puede aparentar seguridad y por dentro estar compitiendo. Se puede hablar desde la herida y no desde el amor.
Muchas mujeres viven así sin notarlo. Aman, pero no se sienten amadas. Dan, pero no reciben reconocimiento. Y ese vacío se transforma en palabras que duelen, en actitudes que apagan, en comparaciones que roban la identidad.
Dios no justifica la burla ni la provocación. La Escritura deja claro que el sufrimiento causado por la comparación no agrada al corazón de Dios. Pero tampoco cancela a quien hiere desde su propio dolor.
Esta reflexión no es para señalar, sino para sanar. Antes de hablar, necesitamos mirar el corazón. Antes de comparar, necesitamos reconocer la herida. Antes de provocar, necesitamos permitir que Dios restaure lo que nos duele por dentro.
La comparación nunca edifica. Siempre divide, desgasta y roba la paz. En cambio, cuando una mujer sana, aprende a celebrar lo que Dios hace en otros sin sentir que pierde valor.
Mujer, si hoy te has visto comparando, criticando o provocando, no te condenes. Detente.
Escucha tu corazón y entrégale a Dios la herida que aún sangra. Dios no te llama a competir, te llama sanar. No a compararte, sino a caminar segura en lo que Él ya depositó en ti.
La sanidad rompe la comparación y devuelve la identidad.
Tomando Mi Nación Mujer
Emma de Cuéllar