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viernes, septiembre 18, 2020

Atados al poste

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Marcos 11:2 “encontraréis un pollino atado en el cual nadie se ha montado todavía desatadlo y traedlo.Y si alguien os dice: «¿Por qué hacéis eso?» decid: «El Señor lo necesita”

El orgullo humano no tiene límites. Es un producto del pecado dentro del hombre. Es la herencia que nos ha quedado de aquel que tuvo la osadía de ser orgulloso en el Reino que èl deseaba fuera suyo. Pero no le salió bien y por eso fue expulsado y enviado junto con sus seguidores a un lugar hecho para èl y sus acompañantes.

Los pastores y lìderes evangélicos tenemos la tendencia a creernos la última gota de agua en el desierto para nuestros hermanos que nos hacen el favor de reconocer nuestro ministerio y llamado del Señor. Hemos llegado a creer que somos nosotros los que tenemos el talento y las virtudes de llenar los templos de personas que quieren escuchar lo que decimos o aconsejamos. Es el colmo del orgullo. Hemos tomado una Gloria que no nos pertenece. Y de allí viene el fracaso ministerial de muchos siervos que se creyeron señores. De muchos mayordomos que se creyeron dueños. Craso error.

Los pastores y lìderes nunca debemos creer que tenemos la capacidad suficiente en nosotros mismos para hacer lo que hacemos si no fuera porque a Alguien superior se le ocurrió un dìa cualquiera buscarnos y llamarnos a su servicio. Es allí en donde radica el problema de algunos que quieren imitar lo que el otro hace. Quieren su megatemplo porque se comparan con el otro a quien el Dueño se lo ha dado. Estudian e investigan materias humanistas para hacer cumplir sus deseos que no son malos en sí, pero sí dañinos para los Planes que el Señor tiene para cada uno. Si yo no tengo un megatemplo no soy bendecido, según ellos. Porque miden la bendición de Dios por el número de sillas y miembros que reúnen cada domingo. Nada tenemos que no se nos haya dado, dice la Escritura. Lo leemos, lo predicamos pero no lo vivimos. Hemos llegado a creer que los talentos son nuestros per sé. Y el Señor nos dice a todos: nunca olvides de donde te saqué. Ese es el quid de la cuestión.

Aparentemente yo vivía tranquilo allà en Guatemala. Según mi perspectiva, iba a la iglesia, asistía a mis cultos y llenaba mis obligaciones con ritos, costumbres y hasta cierto punto, con una dosis de espiritualidad. Leia la Biblia todos los dìas, oraba de madrugada y en todo y por todo me encomendaba a la Gracia del Señor. Trabajaba de sol a sol y mi esposa me ayudaba con mis hijos y con el manejo de la finanzas.

Así que según yo, todo mi programa de vida se estaba realizando a las mil maravillas. Había problemas, es cierto, pero eran solubles. Los de cada dìa y cada noche. Nada de qué extrañarse. En mi trabajo era respetado y hasta cierto punto, admirado por mis frutos en las ventas. Siempre le daba la Gloria al Señor por supuesto. Mis jefes estaban contentos con mi rendimiento laboral. Era el éxito hecho realidad.

Pero, sin darme cuenta, estaba atado. Atado a una rutina que no rompía nada ni nadie. Mi agenda era mi señora en realidad. Mi trabajo era mi amo. Y me tenía atado a un poste de esclavitud y zozobra. No me daba el lujo de faltar a mis labores por nada. El lazo con que me ataba a la rutina del mundo estaba bien sujeto al poste de mi esclavitud.

Un bendito dìa, el Señor envió a uno de sus siervos a desatarme. Me invito a venir a este hermoso paìs El Salvador. A partir de esa visita todo cambió. Un universo nuevo se abrió a mis ojos. Alguien a quien en realidad no conocía bien, había puesto sobre mi vida y mi corazón un manto de Gloria para posarse sobre mí. Cuando mis jefes me preguntaron por qué dejaba el poste, no hubo otra respuesta que darles: El Señor me necesita. Todavía escucho los aplausos y los vítores de la gente, pero entiendo que no es a mí a quien aplauden. Es al que va sobre mí.

Usted quizá fue desatado o desatada de un poste también. USA, Perú, Argentina o cualquier otro lugar donde se encuentre, tenga por seguro que, como yo, tuvimos la dicha de haber sido desatados de un poste que nos mantenía inmóviles, ociosos, improductivos porque el verdadero Amo un dìa nos mandó a desatar y se posó con toda su Gloria sobre nuestras vidas. Pero no lo olvidemos: los ¡Hosanna! no son para nosotros. Son para Èl.

No olvidemos que solamente somos sus factótum, sus siervos en quien Èl ha puesto cierto grado de responsabilidad para cumplir su Voluntad y por lo tanto, debemos reconocer que no somos màs de lo que Èl ha dicho que somos. Todo por su Gracia y Misericordia.

SOLI DEO GLORIA

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