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miércoles, agosto 12, 2020

Somos diferentes (Parte III)

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Hay tantas diferencias entre el hombre y la mujer que podríamos escribir un libro sobre ellas, pero hoy quiero hacer un par de preguntas. ¿En dónde y cuándo se perdió la feminidad y la hombría en las mujeres y los hombres? ¿Quién tuvo la culpa? ¿La escuela? ¿La iglesia? ¿El gobierno?

Los padres.

En mis tiempos, mi mamá conocía a los padres de mis amigos. Mis amigos eran los hijos de doña Conchita, de doña Martita y viceversa. Ella sabía donde vivían ellos. Conocían su moral y sus costumbres. Me prohibía juntarme con ciertos niños que me podían impulsar a hacer cosas malas. Me daban permiso para salir a jugar fuera de la casa solamente frente a ella y nunca, nunca me dieron permiso para ir a dormir a la casa de uno de ellos. Sus mamás igual.

Los que peinamos canas crecimos bajo el cuidado de nuestras madres. Hasta que vino la liberación femenina y las mujeres perdieron su feminidad. Perdieron su maternidad puramente dicha. Ya no fueron madres, solo sustentadoras. Salieron a la calle y absorbieron la cultura feminista de sus oficinas, fábricas y trabajos. Ya no usaron vestidos de flores ni de colores con un precioso cinto a la cintura. Asistieron a la Universidad y se encontraron con una cultura que no supieron manejar. La cultura las manejó a ellas. Y sus hijos fueron puestos bajo el cuidado del kindergarten.  Sus madres fueron mujeres que no los dieron a luz. Ellas escucharon sus primeras palabras y disfrutaron sus primeros pasos. Los niños se despersonalizaron de su entorno familiar y ya no supieron quiénes eran sus verdaderos padres y qué costumbres adoptar. Allí se formó la primera generación de las “madres” de hoy en día.

Los padres abandonaron su oficio de maestro, tutor, compañero de juegos de sus varones y dejaron de ser modelos para ellos. Sus hijos necesitaban imitar a alguien y lo primero que vieron fue a una mujer que los limpiaba, los acunaba y los mimaba. Se volvieron como ellas y se destapó el homosexualismo. Esos varones perdieron su identidad e imitaron lo que vieron doce horas al día. Es la generación de “hombres” de hoy. Se depilan, muchos son amanerados o afeminados porque no hubo un verdadero hombre que los modelara. Se perdió la masculinidad y eso ha provocado un caos de identidad que hoy sufrimos los pastores que tratamos de enseñar que el hombre debe ser hombre a la imagen de Dios y la mujer debe ser mujer a la idea de Dios. Que fue hecha para ayudar al hombre a convertirse en lo que Dios desea que él sea. Todo eso se perdió cuando se perdieron los valores cristianos en el hogar. Así de sencillo. Y Dios no está contento con eso, quizá esta pandemia es un aviso del Señor para hacer volver el corazón de los padres a los hijos y el corazón de los hijos a los padres.

Las mujeres, con todo respeto, necesitan hacer un examen interno de su rol que han jugado hasta antes de marzo en la vida de sus hijos. A quienes les ha entregado el privilegio de criarlos, de darles forma e instruirlos para que su futuro sea provisorio y libre de conflictos de personalidad en lo posible. Ustedes, madres, necesitan reflexionar qué han hecho de sus hijos, si han suplido su necesidad de cariño, cariño que solo ustedes pueden dar al hijo y que nadie más logra hacerlo porque solo ustedes los tuvieron en sus vientres por nueve meses y los dieron a luz con dolor. Necesitan analizar con seriedad qué papel han jugado en sus vidas internas, si realmente han sabido cumplir con la función que el Creador les asignó en la formación de los valores infantiles y juveniles de sus hijos varones para que desde ya aprendan a respetar a la mujer y ser verdaderos hombres dignos de tal nombre.

Los padres, por separado, necesitan examinar sus actuaciones personales con sus hijas para que aprendan a ser femeninas en toda la extensión de la palabra, a tener sus cosas de niña, a hablar, actuar y vestirse como niñas para que cuando salgan a la sociedad, no busquen en otras fuentes la razón de sus sentimientos internos. Ustedes, papás, deben enseñarle a su niña que el amor debe llegar y no buscarlo. Que ella, como mujercita merece el mejor trato posible para que nunca vaya a ser golpeada ni abusada por algún ignorante de que su hijita no es un vaso de barro en donde cualquiera puede escupir sus miserias. Enseñarle que la mujer es un vaso frágil que necesita ser protegida, cuidada y consentida como tal y no al contrario. Que todo su cuerpecito ha sido hecho por Dios para dar ternura, para dar cuidado y ser necesaria en la vida y la formación del ser humano. Que así como desde niña puede cuidar sus muñecas, cuando sea madre así deberá cuidar a sus propios hijos.

¿Cuál es la razón entonces de la violencia contra la mujer? Que ella cree que el hombre que la golpea la ama porque esa es su manera de demostrarle su amor.  Quizá porque desde niña le enseñaron el adagio popular: “Quien te ama te aporrea”. No papá. No sea ingrato. Compórtese como un verdadero padre de sus hijos de ambos sexos.  Dios le pedirá cuentas de su paternidad.

SOLI DEO GLORIA

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