El placer de la reconciliación.

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JULY DE SOSA

Las palabras “lo siento” y “discúlpame” suenan bellas y confortables cuando de estar en paz con alguien se trata. Recientemente Dios me recordó el valor de la reconciliación y lo importante que es practicar ese ministerio que de Dios hemos recibido todos aquellos que aceptamos la reconciliación que Jesús nos dio con Dios padre. Una persona muy especial para mí  me sorprendió al decirme “necesito pedirle perdón, porque he sentido envidia de usted” “y ya no quiero seguir sintiéndola más” No podría con palabras escritas, expresar lo que sentí al escucharla, pero tampoco puedo dejar de elogiar la admiración que me causo su valentía al declararme su sentimiento cara a cara. Considero que alguien que tienen el valor de dejar de lado su orgullo por buscar la paz en su interior, es digno de elogiar e imitar. Inmediatamente le di la disculpa que pidió nos abrazamos y mi corazón rebosaba de felicidad al saber que alguien que sentía algo en contra de mí, lo declaro y “nos liberó” respecto a esto la palabra enseña…En cuanto de vosotros dependa estad en paz con todos los hombres. Esa sensación de gozo me hizo recordar la ¡increíble! Realidad que, aun dentro del mismo cuerpo de Cristo, existe con afrenta, envidia, falta de perdón, rivalidad, y muchos sentimientos semejantes a estos. Aun y cuando se conoce el sabio consejo escrito en Gálatas 6:10… Hagamos bien a todos según tengamos oportunidad de hacerlo, y especialmente a los de la familia en la fe.

Ciertamente Dios nos creó con sentimientos, precisamente para que fuéramos sensibles, unos con otros. Eso es lo que hace posible que practiquemos “el ministerio de la reconciliación” primero con Dios y luego con el prójimo que al igual que nosotros, fueron creados a semejanza de Dios. Esto último trae a mi memoria dos preguntas explícitas ¿Cómo puede alguien decir que ama a Dios, que nunca ha visto? Y aborrece a su hermano que si ha visto (1 Juan 4:20) o ¿Cómo puedes tu orar enojado con tu hermano? Sí traes tu ofrenda y allí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda frente al altar, ve y reconcíliate primero con tu hermano, y entonces vuelve y ofrece tu ofrenda (Mateo 5:23)

Ciertamente estar “reconciliados” con nosotros mismos, con los demás, y con Dios. Es el mayor placer, a disfrutar. Muchos, sin embargo, se privan de ese placer por restarle importancia al hecho de vivir en paz, en su interior, y desbordarla a todo su exterior; aferrados a la falta de perdón en sus corazones. Creyendo dentro de si, que la vida es larga y que en algún momento se cansaran de su enojo interior y buscaran la tranquilidad que necesitan, muchos con tal pensamiento durmieron llevándose a la tierra, el perdón que no suplicaron o negaron. Ignorando el consejo escrito en Eclesiastés 9:10. Todo lo que tu mano halle para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque no hay actividad ni propósito, ni conocimiento, ni sabiduría, en la tumba, adonde vas.

Reconozco que existen personas con las que no podremos cultivar una amistad por diferentes motivos, sin embargo, debemos perdonar sus ofensas y procurar una relación cordial con ellas; siempre guardando la paz en nuestro interior.

Todos los que este día contamos con el regalo de la vida, busquemos estar en paz y reconciliados con nosotros mismos, con nuestro prójimo, y con Dios.

¡Feliz semana!

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