Vete a tu casa

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Lucas 5:24 “A ti te digo: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Y al instante se levantó delante de ellos…y se fue a su casa glorificando a Dios.”

Desde que me convertí al Señor hace unos cuarentidos años tuve en mi corazón dedicarme a la consejería familiar porque en mi propia congregación allá en Guatemala había conocido un sin fin de hogares en problemas. Así fue cómo nació el Ministerio REMA (Restauraciòn Matrimonial) que en compañía de mi esposa y otros hermanos nos dedicamos a dar consejería en un sótano del templo en donde nos congregábamos.

¿Qué había provocado tanto desorden familiar? ¿Cual era la causa de que hubiera tantas separaciones, divorcios, violencia familiar, mujeres e hijos desamparados por hombres que en la iglesia cantaban, servían en el diaconado y muchos eran predicadores? Me di cuenta que la iglesia no estaba cumpliendo el mandato de Jesús. Sì, estaban haciendo discípulos, sí, estaban llenando de evangélicos el gran templo que habían construido, sí, tenían misiones en varias partes del mundo, sí, había buena Palabra y mucha enseñanza… pero todo era para vivir en el cielo y nada para vivir en la tierra.  De manera que los hogares se quedaban sin el ingrediente indispensable para crecer bien y en el orden que la Palabra de Dios nos ordena.

Hoy, años después, sigo observando el mismo fenómeno: Hombres sirviendo en un ministerio o en un departamento de servicio en su congregación pero nada de ministrar en sus casas. Por servir en el templo dejan sin servir a su familia. Y precisamente eso fue lo que mandó Jesús cuando anduvo por esta tierra.

Leyendo detenidamente los evangelios encuentro que Jesús a muchos hombres que le buscaron para ser sanados, liberados y restaurados en sus cuerpos, no los envió a predicar ni a ganar almas ni a servir en su ministerio o sinagoga. Ni siquiera les dijo que se fueran al templo excepto uno o dos casos en que los envió a los sacerdotes. ¿A dónde los envió entonces? A sus casas. Eso nos cuenta Lucas: “A ti te digo: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” ¿Por qué a su casa y no al templo? Sencillo: porque todos esos hombres eran despreciados a causa de su enfermedad. Eran desechados de sus hogares por causa de la lepra, manchas en la piel, cojos, ceguedad, mutilados y muchos defectos más. Eran una carga para su familia. Eran inútiles para funcionar como hombres de hogar. No tenían esperanzas de ser amados y de amar. Eran los parias de Israel que a causa de su dolencia la religión los habla segregado echándolos a las orillas de los caminos limosneando y muchos de ellos delinquiendo para poder comer.

Todo lo que tocaban quedaba contaminado con sus enfermedades. Existía la creencia que su enfermedad era causada por algún pecado (¿recuerdan al ciego de nacimiento?), en consecuencia no eran aptos para entrar a sus casas para no contaminar su ambiente. ¿Los sacerdotes? ¡Ni hablar! ellos no se iban a contaminar con esos desechos humanos porque los haría “impuros” para seguir sirviendo a su Dios.

Pero apareció el Hijo del Hombre, para deshacer las obras del Diablo. Y Jesús cambio todos los paradigmas. Cambió y puso en orden todas las cosas. Puso los puntos sobre las íes tal como su Padre había ordenado desde la antigüedad. Y mandó a los hombres a donde debían estar: en sus hogares. Dando testimonio de lo que Dios había hecho en sus vidas. Llevando la Buena Nueva a su esposa y mostrar con su nueva conducta lo que Dios es capaz de hacer con un inútil. Jesús no los envió a estudiar teología ni a tomar clases de evangelismo. Los envío a demostrar con sus propias vidas lo que Dios había escrito en sus corazones. Los envío a amar a sus hijos, a prodigarles el cariño que necesitaban, a cuidar y amar a sus esposas, a trabajar para suplir las necesidades de sus hogares, a pagar el recibo de la luz, del agua y del teléfono.

Jesús los envío a sus casas. Vayan y hablen de Dios a su familia, a sus amigos, a sus vecinos, a todos aquellos que los vieron fracasados, mendigando en el licor y los vicios lo que ahora no necesitan. Vayan, mis amigos, a sus casas, tomen su lecho de miseria, de fracaso y de mediocridad y muestren de lo que son capaces de hacer por los demás. Vayan y muéstrense para que los vean y si es necesario, “usen palabras” como dijo el erudito. El culto viene después. Los coritos quedan para después. El diaconado queda para más adelante. La prioridad, mis queridos, es su hogar. Sus hijos necesitan un padre que los dirija, que les enseñe lo que Dios hace con los perdidos. Su esposa necesita un hombre a su lado que la respete, que la dignifique y que le provea el cariño y el amor que merece por el solo hecho de ser su esposa y madre de sus hijos.

¿Qué sucedía cuando estos hombres llegaban a sus hogares y sus familias los veían restaurados y llenos de fe y de vigor? Nuevamente Lucas 5:26  dice: “Y el asombro se apoderó de todos y glorificaban a Dios; y se llenaron de temor, diciendo: Hoy hemos visto cosas extraordinarias” Punto. Sin más comentarios. Sin palabras. “Hoy hemos V I S T O”, (mayúsculas mías). Esa es la clave que la iglesia no ha tomado en cuenta. Muchos hombres predican, dirigen coros, leen la Biblia y sirven en sus ministerios. Pero su ministerio principal está vacío. Y eso a provocado lo que escribí más arriba: fracasos matrimoniales. No necesito más explicaciones. Las pruebas lo confirman. ¿O no, queridos lectores? ¿Y qué dicen ustedes, amados pastores?

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