AGAR Y SU HIJO

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Gènesis 21:10 “y dijo a Abraham: Echa fuera a esta sierva y a su hijo…”

Bueno, todos conocemos la historia conflictiva de Agar y Sara. Cada una tiene un hijo del patriarca Abram. No voy a entrar en detalles porque es de todos conocidos este episodio en la vida de esta familia.

El caso es que después de varios años de que el anciano Abram disfruta de la bendición de tener un hijo con la sierva Agar, pero ahora resulta que ha nacido el hijo de Sara, Isaac, y la presencia de Ismael y la mamá es molesta para la señora de la casa.

Y sucede lo inevitable: “Abram, las dos mujeres no cabemos en esta misma casa. Tampoco los dos niños. Sí, estoy consciente  en que yo fui (Sara) quien te pidió que tuvieras un hijo con la muchacha, pero ahora me doy cuenta que fue un error. Sácala a ella y su hijo. Me estoy volviendo loca al ver cómo fastidia a mi pequeño. Tienes que hacer algo. Sácala y que Dios te ayude”.

Duro, ¿no les parece? A estas alturas de la historia y de los años, es lógico que Abram esté ilusionado con su primer hijo. Aunque está consciente que Agar no es la esposa de su juventud, también es cierto que ella les ha acompañado por varios años desde que salieron de Egipto. Y a esto, hay que agregarle que es la madre de su querido Ismael.

Buen dilema familiar. Como los que el Señor atiende para resolverlos con su Sabiduría Infinita. Solo Él sabe cómo tratar estos asuntos. Y Abram acude a Él precisamente. Lo que no esperaba fue la respuesta de Dios: “Haz lo que dice Sara. Echa a la mujer con su hijo”.

Primero: Fuera machismo. Tú no eres infalible, Abram querido. Cometes errores que solo tu esposa es capaz de ver. Tú no tienes la sabiduría inefable como para no necesitar consejo de tu esposa. Obedécela. Para eso la puse a tu lado, para que te ayude en tus decisiones que marcarán el paso de tu matrimonio. Escucha lo que te dice.

Segundo: Saca a esa mujer y a su hijo de tu casa. En tu hogar no pueden haber dos mujeres. No pueden haber dos amas de casa. Solo una. Tu hija es muy importante, es cierto, pero ella no es la señora de la casa. Tu mamá es importante, es muy cierto y debes honrarla, pero ella no es la señora de tu casa. Ella no tiene nada que opinar con respecto a tu amueblado de sala, no tiene nada que hacer en la cocina de tu esposa ni en tu dormitorio. Esas áreas son exclusivas de tu esposa. No te descuides. Tu hijo es tu orgullo, no hay duda, pero él no es el jefe de la casa. El jefe eres tú, apreciable Abram. Así que si esas cosas están robando la paz de tu hogar, sácalas de tu corazón y de tu esfera de autoridad.

Tercero: Saca a esa mujer y a su hijo es una advertencia para todos nosotros los “hombres” de fútbol. Saca ese programa de televisión que está dañando la pureza de tu hogar. Saca ese vocabulario soez y vulgar que utilizas en tu casa porque estas dañando la educación de tus hijos. Saca esas revistas que tienes debajo de tu colchón porque estas contaminando tu casa. Saca esas tarjetas de crédito con las que has caído en una espiral de deudas.

Echar fuera a esta sierva y a su hijo significa echar fuera de tu corazón esas costumbres que traes del mundo y que ahora en Cristo ya no te funcionan. Esos hábitos que heredaste de tu papito lindo y que ahora son un estorbo en tu relación matrimonial. Esas costumbres sexuales pervertidas que aprendiste en la escuela o universidad y que solo sirven para alejarte de la Presencia de Dios. Es echar fuera esa fea necesidad de vivir en adulterio y fornicación.

Echar fuera a la sierva y su hijo quiere decir sacar de tu vida esas enseñanzas espurias que te enseñaron en el instituto teológico y que no son la voluntad de Dios para tu vida. Echar fuera a la sierva y su hijo significa que ya no sigas enseñando que el hombre “es la raza superior” porque eso suena a nazismo puro y es ofensivo para las mujeres de tu casa y de tu congregación. Echar fuera a Agar y su hijo es echar fuera de tu vida esos vicios escondidos que te avergüenzan, que te roban la paz, que no te dejan dormir tranquilo y que te hacen ser hipócrita ante los demás.

Agar y su hijo no tienen nada que ver en tu casa, en tu vida y en tu ministerio, querido Abram. Upss, perdón, quise decir amigos.

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