Rut, un poema de amor

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Rut 3:4 “Y sucederá que cuando él se acueste, notarás el lugar donde se acuesta; irás, descubrirás sus pies y te acostarás; entonces él te dirá lo que debes hacer.

Y ella le respondió: Todo lo que me dices, haré”

Esto es ambrosía…

Palpitaciones misteriosas llenaban los arbustos y vibraban en el éter transparente, sobre los pétalos mustios, en las grandes avenidas silenciosas, donde jirones de bruma pálida se enredaban a juncos húmedos, cerca de las aguas dormidas que parecían soñar en la penumbra.

En los rosales, envueltos en las gasas del crepúsculo, había rumores extraños, y las rosas embalsamaban el aire tibio, con su aliento penetrante y sutil.  Los nardos saturaban el ambiente de una esencia turbadora, como el alma de vírgenes místicas, estremecidas de pasión extraña.

Geranios rojos, como gotas de sangre, fucsias pálidas, como celajes de otoño, violetas de un azul cambiante, como de turquesas húmedas, miosotis melancólicos exhalaban un perfume discreto, enervador de la gran calma del campamento.

En el silencio de la tarde temblaban las estrellas y, allá lejos, la gran voz, el rugido desesperado  del amor se oía tras el monte gigantesco que protege el valle adormecido. En ese crepúsculo de milagro, en la apoteosis de una noche hermosa, la viuda meditaba…

¿Era correcto lo que pensaba hacer? ¿Era la santidad de la vida lo que la impulsaba a obedecer a su anciana maestra o era su deseo interno de amar y ser amada? ¿Estaba persiguiendo su quimera de amor o estaba obedeciendo una Voz que desde el infinito azul del cielo le llegaba a su alma sedienta de cariño? ¿O sencillamente era su pasión desordenada? No quería equivocarse. Un error podría poner fin a su vida de búsqueda de la Voluntad Divina. Quería ser parte del pueblo del Dios que Noemí le había hablado tanto tiempo pero el precio a pagar era demasiado alto. Divagaba entre dos pensamientos: obedecer las instrucciones o negarse a seguir adelante. Obedecer podría ponerla en el Camino del Dios de Israel. Desobedecer significaba seguir siendo la idolatra de Moab.

Y, después de mucha meditación, tomó la decisión que le ordenaba su corazón: Sigilosamente levantó la sábana que cubría el cuerpo del hombre que la iba a redimir. Se cobijó a sus pies y se abandonó a la Voluntad de Aquel que la había enamorado con una sola mirada de sus ojos bellos y relucientes. Esa mirada que había traspasado su alma sedienta. Que la había hecho sentir viva. Que la había hecho vibrar como nunca de emoción adormecedora.

Y Rut, la moabita, se convirtió en una matriarca de Israel. De su vientre salieron reyes y príncipes que iban a gobernar al pueblo al que estaba siendo injertada. Entregó su vida para dar vida. Entregó su alma al Hombre que le había ofrecido vida abundante. Que le había ofrecido no solo agua y pan, pero también su protección. También su cuidado. También su linaje. Y su bendición.

Si esta mujer creyó en esperanza contra esperanza: ¿Qué de nosotros que no estamos ante un Booz sino ante el mismo Creador de la vida? ¿Qué de nosotros que no estamos abandonados a una disyuntiva como Ruth sino que hemos sido testigos de la Cruz de nuestro Redentor? ¿Por qué dudamos entonces de cobijarnos bajo el manto de su misericordia? ¿Por qué le abandonamos cuando las pasiones de la carne nos alejan de Él?

Esta mujer nos da una lección de vida: No importa el precio. No importa lo que haya que abandonar. Como el patriarca Abraham, dejar todo con tal de seguir los pasos del que nos llama con un solo propósito: bendecirnos. Hacernos fructíferos. Quitar nuestra esterilidad y llevarnos a un nivel de vida como nunca antes la habíamos conocido. Nosotros también debemos cobijarnos bajo ese Manto de Amor, de Misericordia y clamar con Rut: Cobíjame, pariente mío.

Rut sabía que no era merecedora de pertenecer al linaje real de un pueblo. Era pagana. Sin embargo se jugó el todo por el todo y hoy forma parte de la genealogía de la vida del Rey de reyes. ¿No es maravilloso como Dios ordena los caminos del hombre? ¡Y aun así dudamos!


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