“Pedro”

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Mateo 26:33 “Entonces Pedro, respondiendo, le dijo: Aunque todos se aparten por causa de ti, yo nunca me apartaré. Jesús le dijo: En verdad te digo que esta misma noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Pedro le dijo*: Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré”

El patio del pretorio está lleno de gentes rudas, blasfemas y sanguinarias. Pedro ha entrado a sentarse para calentarse del frío que llena el ambiente, pero no para calentar el frío que lleva en el alma. Su maestro está atado a un poste sufriendo el suplicio romano. Látigos, escupitajos e insultos hieren su inocente corazón.

Pedro le había prometido ir con Él hasta la misma muerte. Y ahora está presenciando con sus propios ojos lo que precede a la muerte romana. Si esto es el preámbulo -piensa-, ¿cómo será el final? En su corazón hay un maremagnum de sentimientos. Todo está confuso en su mente. No es nada fácil ver lo que están haciendo a su amado Señor. Sus ojos se cruzan por momentos y Pedro siente un abismo terrible entre él y su mentor.

No, no puede ir con él como le había prometido.  No se siente con las fuerzas necesarias de poner su espalda para recibir los látigos que desgarran la carne. No se siente con fuerzas para recibir escupidas en su rostro. No se siente con valor como para soportar el ultraje. No puede cumplir su promesa. Su fe flaquea. Sus palabras se hacen añicos. Su fidelidad tambalea.

Y lo niega. Y el gallo canta. Y su alma huye. Cae en un estado de depresión tan grande que se quiere olvidar de todo. Su cobardía lo condena. El dolor inmenso de haber negado a su Maestro lo hunde en la desesperación. Sale corriendo a esconder su vergüenza. A llorar su desventura y su tristeza. Desea no haber conocido a Jesús que fue tanto amor, ternura y cuidado para él. Pedro el impulsivo. El que habla antes de pensar. El que no cumple sus promesas. Pedro el que dijo una cosa e hizo otra.

Pedro somos usted y yo.

Pedro va hablando con él mismo. No se explica cómo pudo ser capaz de negar que conocía a Aquel que lo amo con tanta ternura y delicadeza. El coloquio del alma inocente en el silencio de un bosque pronto a separarse tal vez para siempre, es como acordes de un himno misterioso, que solo pueden remedar los ángeles, como estrofas incoherentes, voces truncas de un idioma divino, de un canto melodioso, que no se vuelve a escuchar jamás. En aquel silencio que todo lo envolvía, solo se escuchó por algún tiempo el ruido confuso de sus dolores, murmullos y gemidos, y suplicas de perdón. Pedro va llorando su tristeza, su traición y la agonía de su alma no tiene límites. Piensa que ha sido un traidor, un mentiroso y un negador de su amado Señor. Piensa que ya no tiene remedio. Que no dio la talla para ser lo que Él dijo que era: un pescador de hombres. No sirve para eso. Lo mejor es abandonar todo y volver a ser lo que era antes.

Y regresa a sus redes. “Voy a pescar” les dijo a sus amigos. El silencio de sus almas doloridas y sintiéndose abandonados y solos, le siguieron. Quizá fueron por última vez al lugar en donde horas antes Pedro había querido defender a su maestro y le había cortado la oreja al siervo del Sumo Sacerdote. Pero Jesús, en vez de darle las gracias lo había sanado. No servía ya ni para usar su espada. “Guarda tu espada, Pedro”, le había dicho.

Y aquellos bosques queridos, que habían sido la cuna de su amor, los testigos de sus aventuras de fe,  los testigos de su felicidad, cada uno de aquellos árboles  era un recuerdo querido, cuando bajo su sombra protectora había fabricado su espíritu soñador sus mejores castillos de ilusión y había usado la lira en los primeros ensayos de sus cantos, allí dejaba su amor, jirones de su virtud y recuerdos de su infancia ahora solo llevaba en cambio, un puñado de recuerdos, símbolos de tanta pasión, tanta felicidad y tanto gozo

Pedro se siente como usted y como yo, todo un fracaso. Cuando negamos a nuestro Señor diciendo que no le conocemos, que no somos de su pueblo, que no le pertenecemos, que no tenemos nada que ver con Él. Cuando el vicio toca la puerta de nuestro corazón. Cuando el deseo insano nos alcanza, cuando la aventura fácil y peligrosa se acerca a nosotros, cuando la mentira y el engaño nos rodea y nos vence, es entonces cuando negamos a nuestro Salvador. Cuando el deseo por la mujer ajena nos lleva como bueyes al matadero negamos al Señor. Cuando el dinero nos atrapa y nos vuelve codiciosos negamos a nuestro Amigo Fiel.

Pedro ignora algo que solo María sabe: “Dile a mis discípulos, y a Pedro que pronto nos veremos” fue la orden. Dile a Pedro que sé por lo que está pasando. Que sé lo que lo está hundiendo en la desesperación. Que conozco lo que le sucede. Que aun así lo amo. Ah, y que lo que le prometí de convertirlo en pescador de hombres sigue en pie. Dile que me espere.

¿No es maravilloso nuestro Jesús?

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