Ser Cristiano

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Hebreos 10:39 “Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma”

Bueno, por mucho tiempo he querido compartir mi experiencia cristiana todo este tiempo que he estado a los pies del Señor. No he sido perfecto. He tenido mis propias faltas y debilidades las que han sido tratadas con el Amor restaurador del Espíritu Santo y que aún no termina de trabajar conmigo. De otra manera ya no estuviera en este mundo.

Crecí en un hogar de militares. Soy oficial de tercera generación.  En mi niñez crecí en la Base Militar de Poptùn, Petèn en donde mi padre adoptivo prestaba su servicio militar, así que fui formado en la disciplina castrense que enseña que no hay nada que no se pueda hacer. Uno de los elementos más importantes que me enseñaron fue la obediencia a mis superiores. Cuidado rompía una orden que venía de arriba porque el castigo no se hacía esperar. Uno de los mandamientos más importantes que me enseñaron fue: Las órdenes se cumplen, no se discuten. Y eso quedó grabado en mi interior.

No sabía que años después iba a llegar al encuentro de mi Señor Jesús quien, según la Palabra y para aquellos que conocemos ese lenguaje, tiene el grado de Capitán de los Ejércitos de Dios. Ese fue el grado con que se le presentó a Josué: Josué 5:14 “No,” respondió; “más bien yo vengo ahora como capitán del ejército del Señor.” (NBLH).  Cuando encontré esta cita fueron removidos todos mis cimientos evangélicos y algo dentro de mí despertó a una convicción que cuarentidos años después aún sigue vigente: No puedo dejar de obedecer lo que ordene mi Capitán. Andando, rodando o volando… pero obedezca.

De manera que cuando empecé a estudiar la Palabra con mis lecturas diarias, todo lo que encontré en la Biblia fue lenguaje castrense. Me di cuenta que el Señor usaba para mi propia formación ese tipo de idioma porque es el que yo entiendo a la fecha. Lo que Él diga tiene que ser lo correcto por la sencilla razón que es mi Superior. Además de ser Dios, es mi Capitán y Él tiene la razón en todo. Me guste o no. Lo entienda o no.

Pero también tengo otra ventaja para poder ser un seguidor incondicional: Cuando estuve en el “Infierno” no el verdadero ni el de Dante sino en el Cuartel en donde se forman los Kaibiles allá en Melchor de Mencos, en la frontera entre Guatemala y Belice sacando el curso de sobrevivencia en la selva, me incrustaron otro lema que ha quedado imborrable en mis recuerdos y que hasta el día de hoy me obliga a mantenerme en el Camino: “Si avanzo, sígueme. Si me detengo, aprémiame, si retrocedo mátame. ¡Kaibil!”. Dios usa cualquier elemento que exista para tratar con cada uno de nosotros. Él sabe qué necesitamos conocer para convencernos que no hay otra manera de ser verdaderos cristianos. Cristianos que no vuelvan atrás. Cristianos que no se salgan de la ruta no solo por convicción pero también por el alto respeto a las órdenes recibidas.

Y ese es el problema que hoy veo en muchos hombres que les cuesta mantener la obediencia a la Palabra del Señor. La falta de disciplina, la falta de convicción, la falta de identidad de quienes son en Cristo les hace errar constantemente el sendero. Y todos sabemos que pecar significa errar el blanco. Aún hay muchos pastores que no se sujetan debidamente a las ordenanzas del Señor porque no tuvieron la dicha de crecer en ambientes de enseñanza a la obediencia suprema.

Un verdadero soldado no toma sus propias decisiones. Solo espera órdenes y las cumple. Porque sabe que tiene un superior sobre él que es quién ordena. El superior es responsable de saber lo que pide. De eso se trata la sobrevivencia. De obedecer. Pero cuantos siervos del Señor no consultan lo que deben hacer sino que se convierten en señores de lo que no es suyo. Tengo la bendición de haber sido formado en esa escuela y es por eso que cuando veo a pastores haciendo cosas en la Iglesia que no están en el Libro, me cuesta creer que son obedientes a las instrucciones del Dios a quien dicen servir.

En los documentos militares, al final de una orden, el Comandante, antes de poner su firma pone algo que es infaltable: “Léase y cúmplase”. ¿Qué tal si el Señor hubiera puesto esa frase al final del Apocalipsis?

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